(1)
A.
La distancia entre Dios y la criatura es tan grande que aun cuando las
criaturas racionales le deben obediencia como su Creador, éstas nunca podrían
haber logrado la recompensa de la vida a no ser por alguna condescendencia
voluntaria por parte de Dios, que a él le ha placido expresar en forma de
pacto: Job 35:7,8; Sal 113:5,6; Is.
40:13-16; Lc. 17:5-10; Hch. 17:24,25.
EL PACTO DE OBRAS
Algunos
han cuestionado si es apropiado hablar del pacto de obras que Dios tenía con
Adán y Eva en el huerto del Edén. En realidad la palabra pacto no aparece en
las narrativas de Génesis. Sin embargo, las partes esenciales del pacto están
presentes:
Una
definición clara de las partes involucradas, una serie de disposiciones
legalmente vinculantes que estipulan las condiciones de las relaciones, la
promesa de bendiciones por la obediencia y la condición para obtener esas
bendiciones.
Además,
Oseas 6:7, al referirse a los pecados de Israel, dice: «Son como Adán: han
quebrantado el pacto»! Este pasaje ve a Adán viviendo en una relación de pacto
que había quebrantado en el huerto del Edén. Además, en Romanos 5: 12-21 Pablo
ve a Adán y a Cristo como cabezas de las personas que representan, algo que es
completamente coherente con la idea de que Adán era parte de un pacto antes de
la Caída.
En el
huerto del Edén, parece que está bastante claro que había una serie de
estipulaciones que vinculaban legalmente y definían las relaciones entre Dios y
el hombre. Las dos partes aparecen con claridad cuando Dios habla con Adán y le
da mandamientos. Los requerimientos de sus relaciones aparecen bien definidos
con los mandamientos que Dios les da a Adán y Eva (Gn 1: 28-30; 2: 15) y en el
mandamiento directo a Adán: «Puedes comer de todos los árboles del jardín, pero
del árbol del conocimiento del bien y del mal no deberás comer. El día que de
él comas, ciertamente morirás» (Gn 2: 16-17).
En
esta declaración a Adán acerca del árbol del conocimiento del bien y del mal
hay una promesa de castigo de la desobediencia: la muerte, que debemos entender
de una forma amplia en el sentido de muerte física, espiritual y muerte eterna
y separación de Dios.' En esta promesa de castigo por la desobediencia hay
implícita una promesa de bendición por la obediencia. Esta bendición
consistiría en no recibir la muerte, y la implicación es que la bendición sería
lo opuesto a la «muerte».
Involucraría
vida física sin fin y vida espiritual en términos de una relación con Dios que
continuaría para siempre. La presencia del «árbol de la vida en medio del
jardín» (Gn 2: 9) también era una promesa de vida eterna con Dios si Adán y Eva
satisfacían las condiciones de aquel pacto de relación mediante una completa
obediencia a Dios hasta que este decidiera que el tiempo de prueba había
terminado.
Después
de la Caída, Dios echó a Adán y Eva del huerto, en parte para que no «extienda
su mano y también tome del fruto del árbol de la vida, y lo coma y viva para
siempre» (Gn 3: 22).
Otra
evidencia de que las relaciones de pacto con Dios incluía una promesa de vida
eterna si Adán y Eva hubieran obedecido perfectamente es el hecho de que aun en
el Nuevo Testamento Pablo habla como si la perfecta obediencia, si fuera
posible, conduciría a la vida. Habla de que «el mismo mandamiento que debía
haberme dado vida me llevó a la muerte» (Ro 7: 10, literalmente, «mandamiento
que era para vida») y. con el fin de demostrar que la ley no se basa en la fe,
cita Lv 18:5 que dice lo siguiente acerca de las estipulaciones de la ley:
«Quien practique estas cosas vivirá por ellas» (Gá 3: 12; Ro 10: 5).
Otros
pactos en las Escrituras tienen generalmente una «señal» asociada con ellos
(como la circuncisión, el bautismo y la Cena del Señor). Ninguna «señal» para
el pacto de obras se designa claramente en Génesis como tal, pero si tuviéramos
que mencionar una, sería probablemente el árbol de la vida en el medio del
huerto.
Si
participaban de ese árbol, Adán y Eva habrían participado de la promesa de vida
eterna que Dios daría. El fruto en sí no tenía propiedades mágicas, pero sería
una señal mediante la cual Dios garantizaba externamente la realidad interna
que ocurriría.
¿Por
qué es importante decir que las relaciones entre Dios y el hombre en el huerto
eran relaciones de pacto? El hacerlo así nos recuerda el hecho que estas
relaciones, incluyendo los mandamientos de obediencia y promesas de bendición
por la obediencia, no era algo que sucedía automáticamente en las relaciones
entre el Creador y la criatura..
Por
ejemplo, Dios no hizo ninguna clase de pacto con los animales que creó.'
Tampoco la naturaleza del hombre tal como Dios la creó demandaba que él tuviera
algún tipo de compañerismo con el hombre ni que Dios hiciera alguna promesa que
tuviera que ver con sus relaciones con el hombre o que le diera al hombre
alguna dirección clara en lo concerniente a 10 que él haría.
Todo
esto era una expresión del amor paternal de Dios por el hombre y la mujer que
él había creado. Además, cuando especificamos estas relaciones como «pacto»,
podemos ver el claro paralelismo entre esta y las siguientes relaciones de
pacto que Dios tuvo con su pueblo. Si todos los elementos de un pacto están
presentes (estipulaciones claras de las partes involucradas, declaración de las
condiciones del pacto y promesa de bendiciones o castigo por la desobediencia),
no parece que haya razón por la que no debamos referimos a estas como un pacto,
porque eso era lo que en verdad eran.
Aunque
el pacto que había antes de la Caída ha sido expresado mediante varios términos
(tales como el pacto adánico o el pacto de la naturaleza), la designación más útil
parece ser la de «pacto de obras», puesto que la participación en las
bendiciones del pacto dependía claramente de la obediencia u «obras» de parte
de Adán y Eva.
Como
en todos los pactos que Dios hace con el hombre, no hay aquí negociaciones
sobre las disposiciones. Dios impone soberanamente el pacto sobre Adán y Eva, y
ellos no tienen ninguna posibilidad de cambiar los detalles. Lo único que
pueden hacer es aceptarlo o rechazarlo.
¿Está
todavía en vigor el pacto de obras? En varios sentidos importantes lo está.
En
primer lugar, Pablo implica que la obediencia perfecta a las leyes de Dios, si
fuera posible, llevaría a la vida (vea Ro 7: 10; 10: 5; Gá 3: 12). Debiéramos
también notar que el castigo en este pacto todavía está en vigor, «porque la
paga del pecado es muerte» (Ro 6: 23).
Esto
implica que el pacto de obras todavía está en vigor para todo ser humano aparte
de Cristo, aunque ningún ser humano pecador puede cumplir con sus
estipulaciones y conseguir sus bendiciones. Por último debiéramos notar que
Cristo obedeció perfectamente el pacto de obras por nosotros porque él no
cometió ningún pecado (1ª P 2: 22), sino que obedeció a Dios en todo a nuestro
favor (Ro 5:18-19).
Por
otro lado, en varios sentidos, el pacto de obras no permanece en vigor:
(1) Ya no
tenemos que lidiar con el mandamiento específico de no comer del árbol del
conocimiento del bien y del mal.
(2) Dado
que todos tenemos una naturaleza pecaminosa (tanto los cristianos como los que
no son cristianos), no estamos en condiciones de cumplir con las disposiciones
del pacto de obras por nosotros mismos y recibir sus beneficios, pues al
aplicarse directamente a las personas solo recibimos castigos.
(3) Para
los cristianos, Cristo ha cumplido satisfactoriamente las estipulaciones de
este pacto de una vez y para siempre, y nosotros obtenemos sus beneficios no
mediante una obediencia real de nuestra parte, sino confiando en los méritos de
la obra de Cristo.
En
realidad, para los cristianos hoy pensar que estamos obligados a tratar de
ganar el favor de Dios mediante la obediencia sería apartarse de la esperanza
de la salvación. «Todos los que viven por las obras que demanda la ley, están
bajo maldición es evidente que por la ley nadie es justificado delante de Dios»
(Gá 3: 10-11).
Los
cristianos han quedado liberados del pacto de las obras por razón de la obra de
Cristo y han sido incluidos en el nuevo pacto, el pacto de la gracia (vea
abajo).
(2)
A.
Además, habiéndose el hombre acarreado la maldición de la ley por su Caída,
agradó al Señor hacer un pacto de gracia:
Gn. 3:15; Sal 110:4 (con He 7:18-22; 10:12-18); Ef. 2:12 (con Ro. 4:13-17 y Gá.
3:18-22); He 9:15.
B.
En el que gratuitamente ofrece a los pecadores vida y salvación por Jesucristo,
requiriéndoles la fe en él para que puedan ser salvos: Jun. 3:16; Ro. 10:6,9; Gá. 3:11.
C.
Y prometiendo dar su Espíritu Santo a todos aquellos que son ordenados para
vida eterna, a fin de darles disposición y capacidad para creer: Ez. 36:26,27; Jun. 6:44,45.
EL PACTO DE REDENCIÓN
Los
teólogos hablan de otra clase de pacto, un pacto que no es entre Dios y el
hombre, sino entre los miembros de la Trinidad. Es el pacto que llaman el
«pacto de redención». Este es un acuerdo entre el Padre, el Hijo y el Espíritu
Santo, mediante el cual el Hijo está de acuerdo en hacerse hombre, ser nuestro
representante, obedecer las demandas del pacto de obras en nuestro nombre y
pagar el castigo del pecado que nosotros merecíamos.
¿Enseñan
las Escrituras su existencia? Sí, porque habla de un plan y propósito
específico de Dios en el que estuvieron de acuerdo el Padre, el Hijo y el
Espíritu Santo a fin de ganar nuestra redención.
En
cuanto al Padre, este «pacto de redención» incluía un acuerdo de dar al Hijo un
pueblo que él redimiría para ser suyos Gn 17: 2, 6), enviar al Hijo para que
fuera su representante Gn 3: 16; Ro 5: 18-19), preparar un cuerpo para que el
Hijo morara en él como hombre (Col 2: 9; He 10: 5), aceptarle como
representante del pueblo que habría redimido (He 9: 24), y darle a él toda
autoridad en el cielo y en la tierra (Mt
28: 18), incluyendo la autoridad de derramar el poder del Espíritu Santo y
aplicar la redención a su pueblo (Hch 1: 4; 2: 23).
De
parte del Hijo, estuvo de acuerdo en que vendría a este mundo como hombre y
viviría como hombre bajo la ley mosaica (Gá 4: 4; He 2: 14-18), y que se
sometería en perfecta obediencia a todos los mandamientos del Padre (He
10:7-9), se humillaría a sí mismo y se haría obediente hasta la muerte en la
cruz (Fil 2: 8). El Hijo también estuvo de acuerdo en formar a un pueblo para
sí mismo a fin de que ninguno de los que el Padre le iba a dar se perdiera Gn
17: 12).
El
papel del Espíritu Santo en el pacto de redención a veces se pasa por alto en
las reflexiones sobre el tema, pero sin duda era único y esencial. Estuvo de
acuerdo en hacer la voluntad del Padre y llenar y facultar a Cristo para que
llevara a cabo su ministerio en la tierra (Mt 3:16; Lc 4: 1, 14, 18;Jn 3: 34),
y aplicarlos beneficios de la obra redentora de Cristo a los creyentes después
de que Cristo regresara al cielo Gen 14: 16-17,26; Hch 1: 8; 2:17-18, 33).
Refiriéndonos
al acuerdo entre los miembros de la Trinidad como un «pacto», nos recuerda que
fue algo emprendido voluntariamente por Dios, no algo en lo que tuviera que
meterse por razón de su naturaleza. Sin embargo, este pacto es también
diferente de los pactos entre Dios y el hombre porque las partes que participan
lo hacen como iguales, mientras que en los pactos con el hombre, Dios es el
Creador soberano que impone las estipulaciones del pacto por decreto propio.
Por
otro lado, es como los pactos que Dios hizo con el hombre en que contiene los
elementos (especificando las partes, condiciones, y bendiciones prometidas) que
conforman un pacto.
EL PACTO DE GRACIA
ELEMENTOS ESENCIALES.
Cuando
el hombre no obtuvo la bendición ofrecida en el pacto de obras, se hizo
necesario que Dios estableciera otro medio, uno mediante el cual el hombre
pudiera ser salvado. El resto de las Escrituras después del relato de la Caída
en Génesis 3 es la narración de la acción de Dios en la historia para llevar a
cabo el maravilloso plan de redención a fin de que las personas pecadoras
pudieran entrar en compañerismo con él.
Una
vez más, Dios claramente define las disposiciones del pacto que especificarían
las relaciones entre él y los que serían redimidos. En estas especificaciones
encontramos algunas variaciones en detalle a lo largo del Antiguo y Nuevo
Testamentos, pero los elementos esenciales de un pacto están todos allí, y la
naturaleza de esos elementos esenciales permanece igual a lo largo del Antiguo
y del Nuevo Testamentos.
Las
partes en este pacto de gracia son Dios y el pueblo que él redimiría. Pero en
este caso Cristo cumple con un papel especial como «mediador» (He 8: 6; 9: 15;
12: 24) en el cual cumple por nosotros las condiciones del pacto y de ese modo
nos reconcilia con Dios. (No había mediador entre Dios y el hombre en el pacto
de obras.)
La
condición (o requerimiento) de la participación en el pacto es tener fe en la
obra de redención de Cristo (Ro 1: 17; et al.). Este requerimiento de fe en la
obra redentora del Mesías era también la condición para obtener las bendiciones
del pacto del Antiguo Testamento, como Pablo lo demuestra claramente por medio
de los ejemplos de Abraham y David (Ro 4:1-15). Ellos, como otros creyentes del
Antiguo Testamento, alcanzaron salvación mirando hacia el futuro a la obra del
Mesías que iba a venir y depositando su fe en él:
Pero
si bien la condición para empezar en el pacto de gracia es solo y siempre la fe
en la obra de Cristo, la condición para continuar en el pacto se entiende que
es la obediencia a los mandamientos de Dios. Aunque esta obediencia no sirve en
el Antiguo Testamento ni en el Nuevo Testamento para ganar méritos con Dios, si
nuestra fe en Cristo es genuina, producirá obediencia (vea Stg 2: 17), y la
obediencia a Cristo en el Nuevo Testamento se considera una evidencia necesaria
de que somos verdaderos creyentes y miembros del nuevo pacto (vea 1Jn 2:4-6).
La
promesa de bendiciones en el pacto era una promesa de vida eterna con Dios.
Esa
promesa aparece repetida con frecuencia a lo largo del Antiguo y del Nuevo
Testamentos. Dios prometió que él sería su Dios y ellos serían su pueblo.
«Estableceré mi pacto contigo y con tu descendencia, como pacto perpetuo, por
todas las generaciones. Yo seré tu Dios, y el Dios de tus descendientes» (Gn
17: 7). «Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo» (Jer 31: 33). «Ellos serán
mi pueblo, y yo seré su Dios. Haré con ellos un pacto eterno» (Jer 32: 38-40;
Ez 34: 30-31; 36: 28; 37: 26-27).
Ese
tema aparece también en el Nuevo Testamento: «Yo seré su Dios, y ellos serán mi
pueblo» (2ª Co 6: 16; d. un tema similar en los vv. 17-18; también 1ª P 2:
9-10). Al hablar del nuevo pacto, el autor de Hebreos cita Jeremías 31: «Yo
seré su Dios, y ellos serán mi pueblo» (He 8: 10). Esta bendición encuentra su
cumplimiento en la iglesia, que es el pueblo de Dios, pero encuentra su mejor
cumplimiento en el nuevo cielo y la nueva tierra, como lo ve Juan en su visión
de la era venidera: «Oí una potente voz que provenía del trono y decía:
"¡Aquí, entre los seres humanos, está la morada de Dios! Él acampará en
medio de ellos, y ellos serán su pueblo; Dios mismo estará con ellos y será su
Dios» (Ap 21: 3).
La
señal de este pacto (el símbolo físico exterior de inclusión en el pacto) varía
entre el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento. En el Antiguo Testamento la
señal exterior de comienzo de las relaciones de pacto era la circuncisión. La
señal de continuación en las relaciones de pacto era la continua observancia de
todas las fiestas y leyes ceremoniales que Dios le dio al pueblo en varios
momentos de su historia. En el nuevo pacto la señal de comienzo de las
relaciones de pacto es el bautismo, mientras que la señal de la continuación de
las relaciones es la participación en la Cena del Señor.
A este
pacto se le conoce como «pacto de gracia» porque está completamente basado en
la «gracia» de Dios o el favor inmerecido hacia aquellos a quienes redime.
(3)
A.
Este pacto se revela en el evangelio; en primer lugar, a Adán en la promesa de
salvación a través de la simiente de la mujer, y luego mediante pasos
adicionales hasta completarse su plena revelación en el Nuevo Testamento: Gn. 3:15; Ro. 16:25-27; Ef. 3:5; Tit. 1:2;
He 1:1,2.
B.
Y tiene su fundamento en aquella transacción federal y eterna que hubo entre el
Padre y el Hijo acerca de la redención de los escogidos: Sal 110:4; Ef. 1:3-11; 2 Ti. 1:9.
C.
Y es únicamente a través de la gracia de este pacto como todos los
descendientes del Adán caído que son salvados obtienen vida y bendita
inmortalidad, siendo el hombre ahora totalmente incapaz de ser aceptado por
Dios bajo aquellas condiciones en las que estuvo Adán en su estado de
inocencia: Jun. 8:56; Ro. 4:1-25; Gá. 3:18-22; He 11:6, 13, 39,40.
VARIAS FORMAS DEL PACTO.
Aunque
los elementos esenciales del pacto de gracia son los mismos a lo largo de la
historia del pueblo de Dios, las disposiciones específicas del pacto varían de
vez en cuando. En el tiempo de Adán y Eva, había solo una insinuación escueta
de la posibilidad de tener relaciones con Dios que encontramos en la promesa
acerca de la simiente de la mujer en Génesis 3: 15 y en la anterior y amorosa
provisión de Dios de ropas para Adán y Eva (Gn 3: 21).
El
pacto que Dios hizo con Noé después del diluvio (Gn 9: 8-17) no era un pacto
que prometiera todas las bendiciones de la vida eterna y la comunión con Dios,
sino solo uno en el que Dios prometía a toda la humanidad y al reino animal que
la tierra no volvería a ser destruida por un diluvio.
En
este sentido el pacto con Noé, aunque ciertamente depende de la gracia de Dios
o del favor inmerecido, parece ser bastante diferente en cuanto a las partes
involucradas (Dios y toda la humanidad, no solo los redimidos), la condición
mencionada (no se requiere ni fe ni obediencia de parte del hombre), y la
bendición que se promete (que la tierra no sería destruida de nuevo por el
diluvio es sin duda una promesa diferente de la de vida eterna). La señal del
pacto (el arco iris) es también diferente en que no requiere una participación
activa o voluntaria de parte del hombre.
Pero
empezando con el pacto con Abraham (Gn 15: 1-21; 17: 1-27), los elementos
esenciales del pacto de gracia están todos presentes. En realidad, Pablo puede
decir que «la Escritura ... anunció de antemano el evangelio a Abraham» (Gá 3:
8).
Además,
Lucas nos dice que Zacarías, el padre de Juan el Bautista, profetizó que la
llegada de Juan el Bautista, para preparar el camino del Cristo era el comienzo
de la actividad de Dios para cumplir las antiguas promesas a Abraham (para
mostrar misericordia a nuestros padres al acordarse de su santo pacto. Así lo
juró a Abraham nuestro padre), Lc 1:72-73).
De
modo que las promesas del pacto con Abraham permanecían en vigor aun cuando
habían quedado cumplidas en Cristo (vea Ro 4: 1-25; Gá.3: 6-18, 29; He 2:16;
6:13-20).
¿Qué
es entonces el «antiguo pacto» en contraste con el «nuevo pacto» en Cristo? No
es el todo del Antiguo Testamento, porque el pacto con Abraham y David nunca
son llamados «antiguos» en el Nuevo Testamento. Más bien, solo al pacto bajo
Moisés, el pacto que se hizo en el Monte Sinaí (Éx 19-24) se le llama el
«antiguo pacto» (2 Ca 3: 14; cf. He 8:6, 13), que iba a ser sustituido por el
«lluevo pacto» en Cristo (Lc 22: 20; 1ª Co 11: 25; 2ª Co 3:6; He 8: 8,13; 9:
15; 12: 24).
El
pacto mosaico era la aplicación de detalladas leyes escritas puestas en vigor
por un tiempo para restringir los pecados de las personas y para ser una guía
que nos llevara a Cristo. Pablo dice: «Entonces, ¿cuál era el propósito de la
ley? Fue añadida por causa de las transgresiones hasta que viniera la
descendencia a la cual se hizo la promesa» (Gá 3: 19), «así que la ley vino a
ser nuestro guía encargado de conducirnos a Cristo» (Gá 3: 24).
No
debiéramos suponer que no hubo gracia para las personas desde Moisés hasta
Cristo, porque la promesa de salvación por la fe que Dios había hecho a Abraham
permanecía en vigor: Ahora bien.
Las
Promesas Se Le Hicieron A Abraham Ya Su Descendencia. La Ley, Que Vino
Cuatrocientos Treinta Años Después, No Anula El Pacto Que Dios Había Ratificado
Previamente; De Haber Sido Así, Quedaría Sin Efecto La Promesa. Si La Herencia
Se Basa En La Ley, Ya No Se Basa En La Promesa; Pero Dios Se La Concedió
Gratuitamente A Abraham Mediante Una Promesa (Gá 3: 16-18).
Además,
aunque el sistema de sacrificios del pacto mosaico no quitaba en realidad el
pecado (He 10: 1-4), sí prefiguraba que Cristo, el perfecto sumo sacerdote que
era también el sacrificio perfecto, cargaría con nuestros pecados (He 9:
11-28). Sin embargo, el pacto mosaico por sí mismo, con todas sus leyes
detalladas, no podía salvar a las personas.
No es
que las leyes fueran en sí malas, porque las había dado un Dios santo, pero
carecían de poder para dar a las personas una vida nueva, y las personas no
podían obedecerlas perfectamente: «¿Estará la ley en contra de las promesas de
Dios? ¡De ninguna manera! Si se hubiera promulgado una ley capaz de dar vida,
entonces sí que la justicia se basaría en la ley» (Gá 3: 21).
Pablo
se da cuenta de que el Espíritu Santo que actúa dentro de nosotros puede
capacitamos para obedecer a Dios en una manera que la ley mosaica nunca podría,
porque él dice que Dios «nos ha capacitado para ser servidores de un nuevo
pacto, no el de la letra sino el del Espíritu; porque la letra mata, pero el
Espíritu da vida» (2ª Co 3:6).
El
nuevo pacto en Cristo es, entonces, mucho mejor porque cumple las promesas
hechas en Jeremías 31:31-34, como aparece citado en Hebreos 8: Pero el servicio
sacerdotal que Jesús ha recibido es superior al de ellos, así como el pacto del
cual es mediador es superior al antiguo, puesto que se basa en mejores
promesas. Efectivamente, si ese primer pacto hubiera sido perfecto, no habría
lugar para un segundo pacto.
Pero
Dios, reprochándoles sus defectos, dijo: «Llegará el tiempo -dice el Señor-, en
que haré un nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá.
No
Será Como El Pacto Que Hice Con Sus Antepasados El Día En Que Los Tomé De La
Mano Para Sacarlos De Egipto, Porque Ellos No Permanecieron Fieles A Mi Pacto,
Y Yo Los Abandoné, Dice El Señor.
Por
Tanto, Este Es El Pacto Que Después De Aquellos Días Estableceré Con La Casa De
Israel, Dice El Señor: Pondré Mis Leyes En Su Mente Y Las Escribiré En Su
Corazón. Yo Seré Su Dios, Y Ellos Serán Mi Pueblo.
Ya
Nadie Enseñará A Su Prójimo, Ni Nadie Enseñará A Su Hermano Ni Le Dirá:
"¡Conoce Al Señor!"
Porque
Todos, Desde El Más Pequeño Hasta El Más Grande, Me Conocerán. Yo Les Perdonaré
Sus Iniquidades, Y Nunca Más Me Acordaré De Sus Pecados». Al Llamar «Nuevo» A
Ese Pacto, Ha Declarado Obsoleto Al Anterior; Y Lo Que Se Vuelve Obsoleto Y
Envejece Ya Está Por Desaparecer (He 8: 6-13).
En
este nuevo pacto hay bendiciones muy superiores, porque Jesús el Mesías ha
venido; ha vivido, ha muerto y ha resucitado entre nosotros, y ha expiado de
una vez y para siempre todo nuestros pecados (He 9: 24-28); nos ha revelado a
Dios de una manera más completa Gn 1:14; He 1:1-3); ha derramado el Espíritu
Santo sobre su pueblo con el poder del nuevo pacto (Hch 1:8; 1ª Co 12: 13; 2ª
Co 3: 4-18); ha escrito sus leyes en nuestros corazones (He 8: 10).
Este
nuevo pacto es el «pacto eterno» (He 13:20) en Cristo, por medio del cual
tendremos comunión eterna con Dios, y él será nuestro Dios, y nosotros seremos
su pueblo.