LAS ESCRITURAS DISTINGUEN CUATRO ASPECTOS DE LA JUSTICIA.

A. DIOS ES JUSTO

Esta justicia de Dios es invariable e inmutable (Ro. 3:25, 26). Él es infinitamente justo en su propio Ser e infinitamente justo en todos sus caminos. Dios es justo en su Ser. Es imposible que Él se desvíe de su propia justicia, ni siquiera como por una <<sombra de variación>> (Stg. 1:17). Él no puede mirar el pecado con el más mínimo grado de tolerancia. Por consiguiente, puesto que todos los hombres son pecadores, tanto por naturaleza como por práctica, el juicio divino ha venido sobre todos ellos para condenación. La aceptación de esta verdad es vital para llegar a un correcto entendimiento del evangelio de la gracia divina.
Dios es justo en sus caminos. Debe también reconocerse que Dios es incapaz de considerar con ligereza o con ánimo superficial el pecado, o de perdonarlo en un acto de laxitud o debilidad moral. El triunfo del evangelio no radica en que Dios haya tratado con lenidad o blandura el pecado; sino más bien en el hecho de que todos los juicios que la infinita justicia tenía necesariamente que imponer sobre el culpable, el Cordero de Dios los sufrió en nuestro lugar, y que este plan que procede de la mente del mismo Dios es, de acuerdo a las normas de su justicia, suficiente para la salvación de todo el que cree en Él. Por medio de este plan Dios puede satisfacer su amor salvando al pecador sin menoscabo de su justicia inmutable; y el pecador, que en sí mismo está sin ninguna esperanza, puede verse libre de toda condenación (Jn. 3:18; 5:24; Ro. 8:1; 1 Co. 11:32).
No es raro que los hombres conceptúen a Dios como un Ser justo; pero donde fallan a menudo es en reconocer que cuando Él efectúa la salvación del hombre pecador, la justicia de Dios no es ni puede ser atenuada.

B. LA AUTOJUSTICIA DEL HOMBRE

En completa armonía con la revelación de que Dios es justo tenemos la correspondiente declaración de que ante la mirada de Dios la justicia del hombre (Ro. 10:3) es como <<trapo de inmundicia>> (Is. 64:6). Aunque el estado pecaminoso del hombre se revela constantemente a través de las Escrituras, no hay descripción más completa y final que la que se encuentra en Romanos 3:9-18; y debe notarse que, como en el caso de otras evaluaciones bíblicas del pecado, tenemos aquí una descripción del pecado como Dios lo ve.
Los hombres han establecido normas para la familia, la sociedad y el estado; pero ellas no son parte de la base sobre la cual él ha de ser juzgado delante de Dios. En su relación con Dios los hombres no son sabios comparándose consigo mismos (2 Co. 10:12). Porque no están perdidos solamente aquellos que la sociedad condena, sino los que están condenados por la inalterable justicia de Dios (Ro. 3:23). Por lo tanto, no hay esperanza alguna fuera de la gracia divina; porque nadie puede entrar en la gloria del cielo si no es aceptado por Dios como lo es Cristo. Para esta necesidad del hombre Dios ha hecho una provisión abundante.

C. LA JUSTICIA IMPUTADA DE DIOS

Como se ha recalcado en las discusiones previas en cuanto a la doctrina de la imputación, la importante revelación de la imputación de la justicia de Dios (Ro. 3:22) es esencial que la comprendamos tanto sobre los principios sobre los cuales Dios condena al pecador como sobre los principios sobre los cuales Dios salva al cristiano.
Aunque la doctrina es difícil de entender, es importante comprenderla como uno de los mayores aspectos de la revelación de Dios.
1. El hecho de la imputación es subrayado en la imputación del pecado de Adán a la raza humana con el efecto de que todos los hombres son considerados pecadores por Dios (Ro. 5:12-21). Esto se desarrolla más aún en el hecho de que el pecado del hombre fue imputado a Cristo cuando Él se ofreció coma ofrenda por el pecado del mundo (2 Co. 5:14, 21; He. 2:9; 1 Jn. 2:2). Así también la justicia de Dios es imputada a todos los que creen, para que ellos puedan permanecer delante de Dios en toda la perfección de Cristo. Por causa de esta provisión se puede decir de todos los que son salvos en Cristo que ellos son hechos justicia de Dios en Él (1 Co. 1:30; 2 Co. 5:21). Siendo que esta justicia es de Dios y no del hombre y que, según lo afirma la Escritura, ella existe aparte de toda obra u observancia de algún precepto legal (Ro. 3:21), es obvio que esta justicia imputada no es algo que el hombre pueda efectuar. Siendo la justicia de Dios, ella no puede ser aumentada por la piedad de aquel a quien le es imputada, ni tampoco disminuir por causa de su maldad.
2. Los resultados de la imputación se ven en que la justicia de Dios es imputada al creyente sobre la base de que el creyente está en Cristo por medio del bautismo del Espíritu. A través de esa unión vital con Cristo por el Espíritu el creyente queda unido a Cristo como un miembro de su cuerpo (1 Co. 12:13), y como un pámpano a la Vid verdadera (Jn. 15:1, 5). Por causa de la realidad de esta unión Dios ve al creyente como una parte viviente de su propio Hijo. Por lo tanto, Él ama al creyente como ama a su propio Hijo (Ef. 1:6; 1 P. 2:5), y considera que él es lo que su propio Hijo es: la justicia de Dios (Ro. 3:22; 1 Co. 1:30; 2 Co. 5:21). Cristo es la justicia de Dios; por consiguiente, aquellos que son salvos son hechos justicia de Dios por estar en Él (2 Co. 5:21). Ellos están completos en Él (Co. 2:10) y perfeccionados en Él para siempre (He. 10:10, 14).
3. En las Escrituras se nos dan muchas ilustraciones de la imputación. Dios proveyó túnicas de pieles para Adán y Eva y para obtenerlas fue necesario el derramar sangre (Gn. 3:21). A Abraham le fue imputada justicia por haber creído a Dios (Gn. 15:6; Ro. 4:9-22; Stg. 2:23), y como los sacerdotes del tiempo antiguo se vestían de justicia (Sal. 132:9), así el creyente es cubierto con el manto de la justicia de Dios y será con esa vestidura que estará en la gloria (Ap. 19:8). La actitud del apóstol Pablo hacia Flemón es una ilustración tanto del mérito como del demérito imputado. Refiriéndose al esclavo Onésimo, dice el apóstol: <<Así que, si me tienes por compañero, recíbele como a mí mismo (imputación de mérito). Y si en algo te dañó, o te debe, ponlo a mi cuenta (la imputación de demérito)>> (Flm. 17, 18; cf. también Job 29:14; Is. 11:5; 59:17; 61:10).
4. La imputación afecta la posición y no el estado. Existe, por lo tanto, una justicia de Dios, que nada tiene que ver con las obras humanas, que está en y sobre aquel que cree (Ro. 3:22). Esta es la posición eterna de todos los que son salvos. En su vida diaria, o estado, ellos se hallan muy lejos de ser perfectos, y es en este aspecto de su relación con Dios que deben <<crecer en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo>> (2 P. 3:18).
5. La justicia imputada es la base de la justificación. De acuerdo a su uso en el Nuevo Testamento, las palabras <<justicia>> y <<justificar>> vienen de la misma raíz. Dios declara justificado para siempre a aquel que Él ve en Cristo. Este es un decreto equitativo, ya que la persona justificada está vestida de la justicia de Dios. La justificación no es una ficción o un estado emotivo; sino más bien una consideración inmutable en la mente de Dios. Al igual que la justicia imputada, la justificación es por fe (Ro. 5:1), por medio de la gracia (Tit. 3:4-7), y se hace posible a través de la muerte y resurrección de Cristo (Ro. 3:24; 4:25). Es permanente e inmutable, pues descansa solamente en los méritos del eterno Hijo de Dios.
La justificación es más que el perdón, porque el perdón es la cancelación de la deuda del pecado, mientras que la justificación es la imputación de justicia. El perdón es negativo (supresión de la condenación), en tanto que la justificación es positiva (otorgamiento del mérito y posición de Cristo).
Al escribir de una justificación por medio de obras, Santiago se refería a la posición del creyente delante de los hombres (Stg. 2:14-26); Pablo, escribiendo de la justificación por la fe (Ro. 5:1), tenía en mente la posición del creyente delante de Dios. Abraham fue justificado delante de los hombres demostrando su fe por medio de sus obras (Stg. 2:21); asimismo, él fue justificado por fe delante de Dios por la justicia que le fue imputada (Stg. 2:23).

D. LA JUSTICIA IMPARTIDA POR EL ESPIRITU

Lleno del Espíritu, el hijo de Dios producirá las obras de justicia (Ro. 8:4) del «fruto del Espíritu» (Ga. 5:22-23) y manifestará los dones para el servicio que le han sido dados pon el Espíritu (1 Co. 12:7). Se establece claramente que estos resultados se deben a la obra que el Espíritu realiza en y a través del creyente. Se hace referencia, por tanto, a un modo de vida que en un sentido es producido por el creyente; mejor dicho, es un modo de vida producido a través de él por el Espíritu. Para aquellos que <<no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu>>, la justicia de la ley, la cual en este caso significa nada menos que la realización de toda la voluntad de Dios para el creyente, se cumple en ellos.
Esto nunca podría ser cumplido por ellos. Cuando es realizada por el Espíritu, ella no es otra cosa sino la vida que es la justicia impartida por Dios.
PREGUNTAS
1. Con relación a la justicia, ¿qué diferencia hay entre Dios y el hombre?
2. ¿Cuáles son los cuatro aspectos de la justicia revelados en las Escrituras?
3. ¿En qué sentidos Dios es completamente justo?
4. ¿Hasta qué punto llega el hombre en su auto justicia y por qué ésta es insuficiente?
5. ¿Por qué es necesaria para el hombre la justicia imputada de Dios?
6. ¿Cuáles son los resultados de la imputación de justicia en el hombre?
7. Proporcionar algunas ilustraciones bíblicas de la imputación.
8. ¿De qué manera afecta la imputación la posición y el estado ante Dios?
9. ¿Cómo se relaciona la justicia imputada con la justificación?
10. Contrastar la justificación y el perdón.
11. ¿Cuál es la diferencia entre la justificación por las obras y la justificación por la fe?
12. ¿Hasta qué punto se extiende la justicia impartida por el Espíritu?

SANTIFICACIÓN

A. LA IMPORTANCIA DE UNA INTERPRETACIÓN CORRECTA

La doctrina de la santificación adolece de malos entendidos a pesar del hecho de que la Biblia provee de una revelación extensa acerca de este importante tema.
A la luz de la historia de la doctrina es importante observar tres leyes de interpretación.
1. El entendimiento correcto de la doctrina de la santificación depende de todo lo que la Escritura contenga con relación a este tema. La presentación escritural de esta doctrina es mucho más extensiva de lo que parece a aquel que únicamente lee el texto español; pues la misma palabra original, griega o hebrea, que se traduce «santificar», en sus diferentes formas, se traduce también «santo», ya sea en forma de sustantivo o de adjetivo. Por lo tanto, si vamos a contemplar esta doctrina de las Escrituras en todo su alcance, tenemos que examinar no solo los pasajes donde aparece la palabra «santificar», sino también aquellos donde se emplea la palabra «santo» en sus distintas formas. Levítico 21:8 ilustra la similitud de significado entre las palabras «santo» y «santificar» según el uso de la Biblia. Hablando de los sacerdotes, Dios dice: «Le santificarás, por tanto, pues el pan de tu Dios ofrece; santo será para ti, porque santo soy yo Jehová que os santifico.» La misma palabra original, usada cuatro veces en este texto, se traduce en tres formas diferentes: «santificarás», «santifico» y «santo».
2. La doctrina de la santificación no puede interpretarse por la experiencia. Solamente uno de los tres aspectos de la santificación se relaciona con los problemas de la experiencia humana en la vida diana. Por lo tanto, la enseñanza de la Palabra de Dios no debe sustituirse por un análisis de alguna experiencia personal. Aun en el caso de que la santificación estuviese limitada a la esfera de la experiencia humana, no habría experiencia que pudiera presentarse en forma indiscutible como ejemplo perfecto, ni habría una explicación humana de esa experiencia que fuera capaz de describir en su plenitud esa divina realidad. Es la función de la Biblia interpretar la experiencia, antes que ésta pretenda interpretar la Biblia. Toda experiencia que viene por obra de Dios debe estar de acuerdo a las Escrituras.
3. La doctrina de la santificación debe encuadrarse en el contexto de la doctrina bíblica. El dar un énfasis desproporcionado a cierta doctrina, o el hábito de buscar toda la verdad siguiendo solamente una línea de enseñanza bíblica, conduce a serios errores. La doctrina de la santificación, al igual que cualquier otra doctrina de las Escrituras, representa y define un campo exacto dentro del propósito de Dios, y puesto que ella tiende a fines bien determinados, sufre tanto cuando es exagerada como cuando es presentada en forma incompleta.

B. EL SIGNIFICADO DE LAS PALABRAS QUE SE RELACIONAN CON LA SANTICACIÓN

1. «Santificar», en sus varias formas, es usada 106 veces en el Antiguo Testamento v 31 veces en el Nuevo Testamento y significa «poner aparte», o el estado de separación. Tiene que ver con posición y relación. La base de la clasificación es que la persona o cosa ha sido puesta aparte, o separada de los demás en posición y relación delante de Dios, de lo que no es santo. Este es el significado general de la palabra.
2. «Santo», en sus varias formas, es usado alrededor de 400 veces en el Antiguo Testamento y 12 veces en el Nuevo Testamento, con relación a los creyentes y dando a entender el estado de separación o ser puesto aparte, o ser separado de aquello que no es santo. Cristo fue «santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores». Por consiguiente, Él estaba santificado.
Pero hay también algunas cosas que las palabras «santo» y «santificar», en su uso bíblico, no implican.
a) No implican necesariamente Ia impecabilidad, pues leemos de «gente santa>>, «sacerdotes santos>>, «profetas santos>>, «apóstoles santos>>, «hombres santos>>, «mujeres santas>>, hermanos santos>>, «monte santo» y <templo santo>>. Ninguno de ellos estaba sin pecado delante de Dios. Eran santos de acuerdo a alguna norma que constituya la base de su separación de otros. Aun los cristianos de Corinto, quienes estaban cometiendo una gran falta, fueron llamados santos. Muchas cosas inanimadas fueron santificadas, y éstas no podían estar relacionadas con el problema del pecado.
b) La palabra «santo» no implica necesariamente finalidad. Todas las personas que mencionamos en el punto anterior fueron llamadas repetidamente a unos niveles más altos de santidad. Ellas fueron apartadas una y otra vez. Las personas o cosas llegaban a ser santas cuando eran apartadas para un propósito santo. Así fueron ellas santificadas.
3. «Santo» se usa con relación a Israel cerca de cincuenta veces y con relación a los creyentes alrededor de sesenta y dos veces; se aplica solo a personas y tiene que ver con su posición ante Dios. En este caso, la palabra no se asocia con la clase de vida de los creyentes. Ellos son santos porque han sido particularmente separados en el plan y propósito de Dios. Son santos porque han sido santificados.
En varias epístolas (Ro. 1:7; 1 Co. 1:2) los creyentes son identificados como aquellos que son «llamados a ser santos». Esto es muy engañoso; las palabras «llamados a ser» deberían omitirse. Los cristianos son santos mediante el llamado de Dios. Los pasajes antes citados no están anticipando un tiempo cuando los hijos de Dios llegarán a ser santos. Ellos ya están santificados, apartados y, por consiguiente, ya son santos.
La santidad no es algo progresivo. Cada persona nacida de nuevo es tan santa en el instante de su salvación como lo será en el tiempo futuro y en la eternidad. La iglesia, la cual es el cuerpo de Cristo ha sido llamada a apartarse, a formar un pueblo separado; ellos son los santos de esta dispensación. De acuerdo al uso de estas palabras, todos ellos están santificados. Todos ellos son santos. Debido a que ignoran la posición que tienen en Cristo, muchos cristianos no creen que ellos son santos. Entre los títulos que el Espíritu da a los hijos de Dios, solo hay uno que se usa más que el de santos. Los creyentes son llamados «hermanos» 184 veces, «santos» 62 veces y «cristianos» solamente 3 veces.

C. LOS MEDIOS DE SANTIFICACIÓN

1. Por causa de su infinita santidad Dios mismo —Padre, Hijo y Espíritu—es eternamente santificado. Él está puesto aparte y separado de todo pecado. Él es santo. El Espíritu es llamado Espíritu Santo. Él es santificado (Lv. 21:8; Jn. 17:19).
2. Dios “Padre, Hijo y Espíritu” santifica a otras personas.
A) El Padre santifica (1 Ts. 5:23).
B) El Hijo santifica (Ef. 5:26; He. 2:11; 9:12, 14; 13:12).
C) El Espíritu santifica (Ro. 15:16; 2 Ts. 2:13).
D) Dios el Padre santificó al Hijo (Jn. 10:36).
E) Dios santifico a los sacerdotes y al pueblo de Israel (Ex. 29:44; 31:13).
F) La voluntad de Dios es nuestra santificación (1 Ts. 4:3).
G) Nuestra santificación de parte de Dios se efectúa: por medio de nuestra unión con Cristo (1 Co. 1:2, 30); por la Palabra de Dios (Jn. 17:17; cf. 1 Ti. 4:5); por la sangre de Cristo (He. 9:13; 13:12); por el cuerpo de Cristo (He. 10:10); por el Espíritu (1 P. 1:2); por nuestra propia elección (He. 12:14; 2 Ti. 2:21, 22); por la fe (Hch. 26:18).
3. Dios santifica días, lugares y cosas (Gn. 2:3; Ex. 29:43).
4. El hombre puede santificar a Dios. Esto puede hacerlo al poner a Dios aparte en el pensamiento como un Ser santo. Santificado sea tu nombre> (Mt. 6:9). Sino santificad a Dios el Señor en vuestros corazones (1 P. 3:15).
5. El hombre puede santificarse a sí mismo. Muchas veces Dios llamó a los israelitas a que se santificaran a sí mismos. Él nos exhorta: «Sed santos porque yo soy santo.» También: «Así que, si alguno se limpia de estas cosas [vasos de deshonra e iniquidad], será instrumento para honra, santificado, útil al Señor» (2 Ti. 2:21). La auto santificación se puede realizar solamente por los medios divinamente provistos. Los cristianos son exhortados a presentar sus cuerpos como un sacrificio vivo, santo y agradable a Dios (Ro. 12:1). Se les exhorta a salir de en medio de los hombres y apartarse de ellos (2 Co. 6:17). Teniendo estas promesas, ellos deben limpiarse «de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios> (2 Co. 7:1). «Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne» (Ga. 5:16).
6. El hombre puede santificar a personas y cosas. «Porque el marido incrédulo es santificado en la mujer, y la mujer incrédula en el marido; pues de otra manera vuestros hijos serian inmundos, mientras que ahora son santos (santificados» (1 Co. 7:14). Moisés santificó al pueblo (Ex. 19:14). «Y santificaron la casa de Jehová» (2 Cr. 29:17).
7. Una cosa puede santificar a otra. «Porque ¿Cuál es mayor, el oro, o el templo que santifica al oro?» «¿Cuál es mayor, la ofrenda, o el altar que santifica la ofrenda?» (Mt. 23:17, 19).
En esta limitada consideración de las Escrituras sobre el tema de la santificación y la santidad se hace evidente que el significado de la palabra es separar con un propósito santo. Lo que es puesto aparte no siempre es purificado. A veces, lo que es separado puede participar del carácter de santidad, y en otras ocasiones esto es imposible, como cuando se trata de cosas inanimadas. Sin embargo, una cosa que en sí misma no puede ser santa ni tampoco no santa, es tan santificada cuando Dios la separa como lo es una persona cuyo carácter moral puede ser transformado. También es evidente que, cuando estas cualidades morales existen, la limpieza y purificación son requeridas, aunque no siempre (1 Co.7:14).

D. LOS TRES ASPECTOS PRINCIPALES DE LA SANTIFICACIÓN

Aunque el Antiguo Testamento contiene una extensa revelación de la doctrina de la santificación, especialmente relacionada con la ley de Moisés e Israel, el Nuevo Testamento proporciona una clara visión de los principales aspectos de la santificación.
El Nuevo Testamento considera tres divisiones de la doctrina:
1) santificación posicional,
2) santificación experimental,
3) santificación final.
1. La santificación posicional es una santificación y una santidad que se efectúa por Dios a través del cuerpo y la sangre derramada de nuestro Señor Jesucristo. Los creyentes han sido redimidos y purificados en su preciosa sangre; se nos han perdonado todos nuestros pecados y hemos llegado a ser justos por medio de nuestra identificación con Él; justificados y purificados. Ellos son los hijos de Dios. Y todo esto indica una separación y clasificación profunda y eterna, por medio de la gracia salvadora de Cristo. Esta basada sobre los hechos de una posición que son una verdad para cada cristiano. De ahí que se dice que cada cristiano esta posicionalmente santificado y es un santo delante de Dios. Esta posición no tiene otra relación con la vida diana del creyente que la de poder inspirarle a vivir santamente. De acuerdo a las Escrituras, la posición del cristiano en Cristo es el incentivo más poderoso para una vida de santidad.
Las grandes epístolas doctrinales observan este orden. Declaran primero las maravillas de la gracia salvadora, y entonces concluyen con una exhortación a los creyentes para que vivan de acuerdo a la nueva posición que Dios les ha concedido (cf. Ro. 12:1; Ef. 4:1; Col. 3:1). No hemos sido aceptos en nuestros propios méritos; somos aceptados en el Amado. No somos justos en nosotros mismos: Él ha sido hecho nuestra justicia. No somos redimidos en nosotros mismos, sino que Cristo ha venido a ser nuestra redención. No somos santificados posicionalmente por la clase de vida que diariamente estamos viviendo; sino que Él nos ha sido hecho nuestra santificación. La santificación posicional es tan perfecta como Él es perfecto. Del mismo modo como Él ha sido puesto aparte, nosotros, los que estamos en Él, hemos sido puestos aparte.
La santificación posicional es tan completa para el más débil como para el más fuerte de los santos. Depende solamente de su unión y posición en Cristo. Todos los creyentes son considerados como « dos santos». Y también como «los santificados» (nótese Hch. 20:32; 1 Co. 1:2; 6:11; He. 10:10, 14; Jud. 1). La prueba de que, a pesar de su imperfección, los creyentes están santificados y son, como consecuencia, santos, se encuentra en 1 Corintios. Los cristianos de Corinto vivían una vida no santa (1 Co. 5:1- 2; 6:1-8), y, sin embargo, dos veces se dice que ellos habían sido santificados (1 Co.1:2; 6:11).
Por su posición, entonces, los cristianos son correctamente llamados «los santos hermanos», y «santos». Ellos han sido «santificados por la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una sola vez (He. 10:10), y son «nuevos hombres» creados «conforme a Dios en justicia y en santidad de verdad» (Ef. 4:24). La santificación posicional y la santidad posicional son santificación y santidad «verdaderas». En su posición en Cristo, el cristiano es justo y acepto delante de Dios para siempre. Comparado con esto, ningún otro aspecto de esta verdad puede tener igual importancia. Sin embargo, no debe concluirse que una persona es santa o santificada solo porque se diga que está en una posición santa o de santificación.
Aunque todos los creyentes están posicionalmente santificados, no hay referencias en las Escrituras a su vida diaria. El aspecto de la santificación y la santidad de la vida diaria se encuentra en un conjunto muy diferente de porciones de la Escritura que pueden asociarse bajo el tema de la santificación experimental.
2. La santificación experimental es el segundo aspecto de la doctrina en el Nuevo Testamento y tiene que ver con la santificación como una experiencia para el creyente. Así como la santificación posicional está absolutamente desligada de la vida diaria, así la santificación experimental está absolutamente desligada de la posición en Cristo. La santificación experimental puede depender: a) del grado de rendición del creyente a Dios, b) del grado de separación del pecado, c) del grado del crecimiento espiritual.
A) La santificación experimental es el resultado de la rendición a Dios. La completa dedicación de nosotros mismos a Dios es nuestro culto racional: «Así que, hermanos, os ruego pon las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio viva, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional» (Ro. 12:1). Hacienda esto, el cristiano es puesto aparte pan su propia elección. Esta es una voluntaria separación para Dios y es un aspecto importante de la santificación experimental. «Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación» (Ro. 6:22).
Lo mismo que en el caso de la justificación y del perdón, la santificación no se puede experimentar como sentimiento o emoción. Una persona puede disfrutar de paz y tener plenitud de gozo por creer que él está puesto aparte para Dios. Así también, par el hecho de rendirse a Dios, se hace posible una nueva plenitud del Espíritu, que produce bendiciones antes no conocidas. Esto puede suceder gradual a súbitamente. Peno en todo caso no es la santificación lo que se experimenta; es la bendición del Espíritu realizada a través de la santificación o de una separación para Dios.
B) La santificación experimental es el resultado de la liberación del pecado. La Biblia toma en cuenta los pecados de los cristianos de una manera completa. No enseña solamente que los que no tienen pecado son salvos; pon el contrario, existe una exacta consideración de ellos y una abundante provisión pana los pecados de los santos.
Esta provisión puede ser preventiva y curativa.
Hay tres provisiones divinas para la prevención del pecado en el cristiano:
1) La Palabra de Dios con sus claras instrucciones (Sal. 119:11);
2) el ministerio actual de intercesión que Cristo realiza desde el cielo (Ro. 8:34; He. 7:25; cf. Lc. 22:31-32; Jn. 17:1-26); y;
3) el poder capacitador del Espíritu que mona en el creyente (Ga. 5:16; Ro. 8:4).
Sin embargo, si el cristiano cae en pecado, hay un remedio provisto por Dios, y es el oficio de abogado defensor que Cristo realiza desde el cielo en virtud de su muerte expiatoria. Solamente por este medio pueden ser guardados con seguridad los imperfectos creyentes.
Es imperativo que Dios prevenga el pecado en el caso de cada hijo suyo, por cuanto mientras el creyente esté en el cuerpo, conservará su naturaleza caída y será vulnerable al pecado (Ro. 7:21; 2 Co. 4:7; 1 Jn. 1:8). Las Escrituras no prometen la erradicación de esta naturaleza; en cambio, promete una victoria permanente, momento a momento, por el poder del Espíritu (Ga. 5:16-23). Esta victoria será realizada cuando se la reclame por fe y se cumplan las condiciones necesarias para una vida llena del Espíritu.
Jamás se dice que la naturaleza pecaminosa misma haya muerto. Fue crucificada, muerta y sepultada con Cristo; pero puesto que esto sucedió hace dos mil años y aún la vemos en acción, la expresión se refiere a un juicio divino contra la naturaleza pecaminosa que fue ejecutado en Cristo cuando Él «murió al pecado». No existe una enseñanza bíblica en el sentido de que algunos cristianos han muerto al pecado y otros no. Los pasajes incluyen a todos los que son salvos (Ga. 5:24; Cal. 3:3). En la muerte de Cristo todos los creyentes han muerto al pecado; pero no todos los creyentes han tomado posesión de las riquezas provistas en aquella muerte. No se nos pide que muramos experimentalmente, o que pongamos en práctica su muerte; se nos pide que nos «consideremos» muertos al pecado. Esta es responsabilidad humana (Ro. 6:1-14).
Toda victoria sobre el pecado es en sí misma una separación hacia Dios y, por lo tanto, es una santificación. Esa victoria debiera ir en aumento a medida que el creyente se va dando cuenta de su incapacidad y comienza a maravillarse en el poder divino.
c) La experiencia de la santificación está relacionada con el crecimiento cristiano. A los cristianos les falta madurez en la sabiduría, el conocimiento, la experiencia y la gracia. Se les dice que deben crecer en todas estas cosas, y ese crecimiento debe ser manifiesto. Deben crecer 􀀀en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo» (2 P. 3:18). Al contemplan la gloria del Señor como en un espejo, «somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, coma par el Espíritu del Señor» (2 Co. 3:18). Esta transformación tendrá el efecto de ponerlos cada vez más lejos del pecado. En ese sentido serán más santificados.
El cristiano puede ser «irreprensible», aunque no se puede decir que no tiene faltas. El niño que con mucho trabajo hace sus primeras letras en un cuaderno es irreprensible en la tarea realizada, pero su trabajo no es perfecto. Podemos caminar en la medida completa de nuestro entendimiento actual; sin embargo, sabemos que no vivimos a la altura de la mayor luz y experiencia que tendremos mañana. Hay perfección dentro de la imperfección. Nosotros, siendo tan imperfectos, tan faltos de madurez, tan dadas al pecada, podemos «permanecen en Él»
3. Santificación definitiva es aquel aspecto relacionado con nuestra perfección final, y la poseeremos en La gloria. Por su gracia y par su poder transformador, Él nos habrá transformada de tal modo “espíritu, alma y cuerpo2 que seremos coma él es, seremos «conformados a su imagen» Entonces nos hará entrar «perfectos»en la presencia de su gloria. Su esposa estará libre de toda «mancha y arruga» Par lo tanto, es propia que nos «abstengamos de toda apariencia de mal. Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo» (1 Ts. 5:22-23).
PREGUNTAS
1. ¿Por qué es necesario tener una comprensión correcta de la doctrina de la santificación?
2. ¿Cuál es el sentido básico de la santificación en las Escrituras y qué palabras se usan para expresarla?
3. ¿Cuáles son los peligros de interpretar la doctrina de la santificación por la experiencia?
4. ¿Cómo se puede relacionar adecuadamente la doctrina de la santificación con otras doctrinas bíblicas?
5. ¿Hasta qué punto se menciona en la Biblia la santificación en sus diversas formas?
6. ¿Implica la santificación una perfección total en relación al pecado, a una decisión de llegar a la santidad?
7. ¿Hasta qué punto está relacionada la santificación con la calidad de nuestra vida cotidiana?
8. ¿Por qué la santidad no está sujeta a progresos?
9. ¿En qué sentido se dice que Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo santifican a las personas?
10. ¿En qué sentido santifica Dios los días, lugares y cosas?
11. ¿En qué sentido puede un hombre santificar a Dios?
12. ¿En qué sentido puede un hombre santificarse a si misma?
13. ¿.Es posible que un hombre santifique personas y cosas?
14. ¿Cómo puede una cosa santificar a otra cosa?
15. ¿Cómo se relaciona la santificación a la purificación de un objeto, en sus diversos usos?
16. ¿Cuáles son los tres aspectos importantes de la santificación?
17. ¿Cómo se efectúa la santificación posicional?
18. ¿Cuál es la relación entre santificación posicional y vida santa en las epístolas doctrinales?
19. ¿Hasta qué punto está la santificación posicional inmediatamente completa para cada hijo de Dios?
20. ¿Cuál es la diferencia entre santificación experimental y santificación posicional?
21. ¿De qué factores depende la santificación experimental?
22. ¿Qué relación han entre la rendición a Dios y la santificación experimental?
23. ¿Qué relación hay entre la santificación experimental y las emociones?
24. ¿Cuál es la relación entre la santificación experimental y la liberación del pecado?
25. ¿Cuales son las tres provisiones de Dios para que el cristiano pueda prevenir el pecado?
26. Hacer un contraste entre el método divino pana la liberación del pecado con el método sugerido de la erradicación de la naturaleza pecaminosa del hombre.
27. ¿Es verdadero afirmar que algunos cristianos han muerto al pecado y otras no?
28. ¿Que significa el mandamiento de que nos «consideremos» muertos al pecado?
29. ¿En qué forma está relacionada la santificación experimental con el crecimiento cristiano?
30. ¿Cuál es la diferencia entre afirmar que un cristiano es «irreprensible» y afirmar que es perfecto?
31. Hacer un contraste entre nuestra experiencia actual de santificación y nuestra santificación definitiva en los cielos.
32. Hacer un contraste entre la posición y estado espiritual actual del creyente y su posición y estado en el cielo.

LA SEGURIDAD PRESENTE DE LA SALVACIÓN

A. LA IMPORTANCIA DE LA SEGURIDAD

En la experiencia cristiana, la seguridad de que uno es salvo por la fe en Cristo es esencial para el cumplimiento de todo el programa de crecimiento en la gracia y el conocimiento de Cristo. La seguridad es asunto de experiencia y se relaciona con la confianza personal en la salvación presente. No se debe confundir con la doctrina de la seguridad eterna del creyente, que discutiremos en el próximo capítulo. La seguridad eterna es una cuestión de doctrina, mientras la seguridad presente es un asunto de lo que la persona cree en un momento dado acerca de su salvación personal.
La seguridad presente depende de tres aspectos importantes de la experiencia:
1) comprensión de que la salvación provista en Cristo Jesús es completa;
2) el testimonio confirmatorio de la experiencia cristiana;
3) aceptación por fe de las promesas bíblicas de la salvación.

B. COMPRENSIÓN DE LA NATURALEZA DE LA SALVACIÓN

Para tener una verdadera seguridad de salvación es esencial tener una clara comprensión de lo que Cristo obtuvo por medio de su muerte en la cruz. La salvación no es una obra del hombre para agradar a Dios, sino una obra de Dios en favor del hombre. Depende completamente de la gracia divina, sin tener en consideración ningún mérito humano. La persona que comprende que Cristo murió en su favor y proveyó una salvación completa que se ofrece a cualquiera que cree sinceramente en Cristo, puede tener la seguridad de su salvación en cuanto cumple la condición de confiar en Cristo como Salvador. En muchos casos la falta de seguridad se debe a una comprensión incompleta de la naturaleza de la salvación. Una vez que se ha comprendido que la salvación es un obsequio que no puede obtenerse por esfuerzos humanos, que no puede merecerse y que está disponible como un don de Dios para todo aquel que la reciba por fe, se ha echado una base adecuada para la seguridad de la salvación, y la cuestión se resuelve por si sola en la respuesta a la pregunta de si uno ha creído realmente en Cristo. Esta pregunta puede ser respondida por las confirmaciones que se encuentran en la experiencia cristiana de una persona que ha recibido la salvación.
Entre las diversas realizaciones divinas que en conjunto constituyen la salvación de un alma, la Biblia da un énfasis supremo a la recepción de una nueva vida de parte de Dios. Más de 85 pasajes del Nuevo Testamento confirman este rasgo de la gracia salvadora. La consideración de estos pasajes deja ver el hecho de que esta vida impartida es don de Dios para todo aquel que cree en Cristo (Jn. 10:28; Ro. 6:23); es de Cristo (Jn. 14:6); es Cristo que mora en el creyente en el sentido de que la vida eterna es inseparable de El (Col. 1:27; 1 Jn. 5:11, 12) y, por lo tanto, es eterna como El es eterno.

C. TESTIMONIO CONFIRMATORIO DE LA EXPERIENCIA CRISTIANA

Basado en el hecho de que Cristo mora en él, el creyente debe probarse a sí mismo si está en fe (2 Co. 13:5); porque es razonable esperar que el corazón en que Cristo mora, en condiciones normales, esté consciente de su maravillosa presencia. Sin embargo, el cristiano no es dejado a merced de sus sentimientos e imaginaciones equívocos en cuanto a la forma precisa en que se manifestará Cristo en su vida interior, y esto queda claramente definido en las Escrituras. Esta revelación particular tiene un propósito doble para el cristiano que está sujeto a la Palabra de Dios: lo protege contra la suposición de que el emocionalismo carnal es de Dios— creencia que ha encontrado muchos seguidores en la actualidad— y establece una norma de realidad espiritual, para alcanzar la cual deben esforzarse constantemente los cristianos.
Es obvio que una persona inconversa, aunque sea fiel en su conformidad exterior a la práctica religiosa, jamás manifestará la vida que es Cristo. De igual manera, el cristiano carnal es anormal en el sentido de que no tiene modo de probar por la experiencia que tiene la salvación. Aunque la vida eterna en sí es ilimitada, toda experiencia cristiana normal es limitada por lo carnal (1 Co. 3:1-4).
El cristiano carnal está tan perfectamente salvado como el cristiano espiritual, porque ninguna experiencia, mérito o servicio forman parte de la base de la salvación. Aunque aún sea un bebé, está en Cristo (1 Co. 3:1). Su obligación hacia Dios no es ejercer la fe salvadora, sino someterse al propósito y voluntad de Dios. Es de importancia fundamental comprender que una experiencia cristiana normal solo pueden tenerla quienes están llenos del Espíritu.
La nueva vida en Cristo que viene como resultado de ser salvo por la fe produce ciertas manifestaciones importantes.
1. El conocimiento de que Dios es nuestro Padre Celestial es una de las preciosas experiencias que pertenecen a quien ha puesto su confianza en Cristo. En Mateo 11:27 se declara que ninguno conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo lo quiera revelar. Una cosa es saber algo acerca de Dios, experiencia posible en una persona no regenerada, pero es algo muy distinto conocer a Dios, lo que solo puede ser realizado en la medida que el Hijo lo revele, y <esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien has enviado> (Jn. 17:3). La comunión con el Padre y con el Hijo es algo conocido solamente por quienes «andan en luz» (1 Jn. 1:7). Por lo tanto, una experiencia cristiana normal incluye una apreciación personal de la paternidad de Dios.
2. Una realidad nueva en la oración es otra experiencia confirmatoria que conduce a la seguridad presente. La oración asume un lugar muy importante en la experiencia del cristiano espiritual. Se convierte gradualmente en su recurso más vital. Por medio de la acción interior del Espíritu que mora en él, el creyente ofrece alabanzas y acciones de gracias (Ef. 5:18-19), y par obra del Espíritu es capacitado para orar en conformidad con la voluntad de Dios (Ro. 8:26-27; Jud. 20). Además, es razonable creer que, puesto que el ministerio de Cristo en la tierra y en el cielo ha sido y es en gran parte un ministerio de oración, la persona en la cual El mora será guiada a la oración en forma normal.
3. Una nueva capacidad para comprender las Escrituras es otra importante experiencia relacionada con la salvación. Según la promesa de Cristo, el hijo de Dios entenderá por obra del Espíritu las cosas de Cristo, las cosas del Padre y las cosas venideras (Jn. 16:12-15). En el camino de Emaús, Cristo abrió las Escrituras a los que lo oían (Lc. 24:32) y abrió los corazones de ellos a las Escrituras al mismo tiempo0 (Lc. 24:45). Semejante experiencia, a pesar de ser tan maravillosa, no es solamente para ciertos cristianos que gozan de un favor especial de Dios; es la experiencia normal de todos los que están a cuentas con Dios (1 Jn. 2:27), puesto que es una manifestación natural de Cristo que mora en el creyente.
4. Un nuevo sentido de la pecaminosidad del pecado es una experiencia normal de la persona que es salva. Así corno el agua quita todo lo que es ajeno e inmundo (Ez. 36:25; Jn. 3:5; Tit. 3:5, 6; 1 P. 3:21; 1 Jn. 5:6-8), la Palabra de Dios desplaza todas las concepciones humanas e implanta los ideales de Dios (Sal. 119:11), y por la acción de la Palabra de Dios aplicada por el Espíritu, la manera divina de estimar el pecado desplaza la estimación humana. Es imposible que Cristo, que no tuvo pecado y sudó gotas de sangre al ser ofrecido como ofrenda por el pecado, no produzca una nueva percepción de la naturaleza corrompida del pecado en la persona en la cual mora, cuando tiene libertad para manifestar su presencia.
5. Se recibe un nuevo amor por los inconversos. El hecho de que Cristo murió por todos los hombres (2 Co. 5:14- 15, 19) es la base que permite a Pablo decir: «De aquí en adelante a nadie conocemos según la carne» (2 Co. 5:16). Dejando a un lado todas las distinciones terrenales, él consideraba a los hombres, a través de sus ojos espirituales, como almas por las cuales Cristo murió. Por la misma razón, Pablo no cesaba de orar por los perdidos (Ro. 10:1) y de esforzarse por alcanzarlos (Ro. 15:20), y por amor a ellos estaba dispuesto a «anatema, separado de Cristo» (Ro. 9:1-3). Esta compasión divina debiera ser experimentada por cada creyente lleno del Espíritu, como resultado de la presencia divina en su corazón (Ro. 5:5; Ga. 5:22).
6. Se experimenta también un nuevo amor por los salvados. En 1 Juan 3:14 se presenta el amor por los hermanos como una prueba absoluta de la salvación personal. Esto es razonable, ya que por la obra regeneradora del Espíritu Santo el creyente es introducido a un nuevo parentesco con la casa y familia de Dios. Solo en ella existe la paternidad verdadera de Dios y la verdadera hermandad entre los hombres. El hecho de que la misma presencia divina esté en el interior de dos individuos los relaciona en una forma vital y les otorga un lazo correspondiente de devoción. El amor de un cristiano por otro es, de este modo, la insignia del verdadero discipulado (Jn. 13:34-35), y este afecto es la experiencia normal de todos los que son nacidos de Dios.
7. Una base suprema para la seguridad de la salvación es la manifestación del carácter de Cristo en el creyente. Las experiencias subjetivas resultantes debidas a la Presencia divina no estorbada en el corazón se señalan con nueve palabras: «Amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza, (Ga. 5:22- 23), y cada palabra representa un mar de realidad en el plano del carácter ilimitado de Dios. Esta es la vida que Cristo vivió (Jn. 13:34; 14:27; 15:11), es la vida de semejanza con Cristo (Fil. 2:5-7) y es la vida que es Cristo (Fil. 1:21). Debido a que estas gracias son producidas par el Espíritu que mora en cada creyente, esta experiencia ha sido provista para todos.
8. Las experiencias combinadas de la vida cristiana producen una conciencia de salvación por fe en Cristo. La fe salvadora en Cristo es una experiencia bien clara. El apóstol Pablo decía acerca de Si: «Yo sé a quién he creído» (2 Ti. 1:12). La confianza personal en el Salvador es un acto tan definido de la voluntad y una actitud tan clara de la mente, que difícilmente podría uno engañarse al respecto. Pero Dios tiene el propósito de que el cristiano normal esté seguro en su propio corazón de que ha sido aceptado por Dios. El cristiano espiritual recibe el testimonio del Espíritu de que es hijo de Dios (Ro. 8:16). En forma similar, habiendo aceptado a Cristo, el creyente no tendrá más conciencia de condenación a causa del pecado (Jn. 3:18; 5:24; Ro. 8:1; He. 10:2). Esto no implica que el cristiano no estará consciente del pecado que comete; se trata más bien de que está consciente de haber sido aceptado eternamente por Dios por media de la obra de Cristo (Ef. 1:6; Col. 2:13), que es la porción de todo aquel que cree.
Al concluir la enumeración de los elementos esenciales de una verdadera experiencia cristiana, debemos dejar claramente establecido que en todo ello queda excluido el emocionalismo puramente carnal, y que la experiencia del creyente será normal solamente cuando anda en la luz (1 Jn. 1:7).

D. ACEPTACIÓN DE LA VERACIDAD DE LAS PROMESAS DE LA BIBLIA

1. La confianza en la veracidad de la Biblia y en el cumplimiento cierto de sus promesas de salvación es esencial para tener la seguridad de la salvación. Por sobre toda experiencia y aparte de cualquier experiencia que el cristiano pueda tener  experiencia que a menudo es muy indefinida a causa de la carnalidad, se ha dado la evidencia permanente de la infalible Palabra de Dios. El apóstol Juan se dirige a los creyentes en los siguientes términos:«Estas cosas as he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna» (1 Jn. 5:13). Por medio de este pasaje se da seguridad a todo creyente, carnal o espiritual por igual, para que sepan que tienen vida eterna. Esta seguridad se hace descansar, no en experiencias cambiantes, sino sobre las cosas que están escritas en la inmutable Palabra de Dios (Sal. 119:89, 160; Mt. 5:18; 24:35; 1 P. 1:23, 25). Las promesas escritas de Dios son como un título de dominio (Jn. 3:16, 36; 5:24; 6:37; Hch. 16:31; Ro. 1:16; 3:22, 26; 10: 13), y así exigen confianza. Estas promesas de salvación forman el pacto incondicional de Dios baja la gracia, sin exigencia de méritos humanos, sin necesidad de experiencias humanas que prueben su verdad. Estas poderosas realidades deben ser consideradas como cumplidas sobre la única base de la veracidad de Dios.
2. Dudar si uno realmente ha puesto su fe en Cristo y las promesas de Dios es destructivo de la fe cristiana. Hay multitudes que no tienen ninguna certeza de haber hecho una transacción personal con Cristo acerca de su salvación. Aunque no es esencial que uno sepa el día y la hora de su decisión, es imperativo que sepa que ahora está confiando en Cristo sin referencia al tiempo en que comenzó a confiar. El apóstol Pablo afirma que está «seguro que [Dios] es poderoso para guardar mí deposito», esto es, lo que él había entregado a Dios para que se lo guardara (2 Ti. 1:12). Obviamente, la cura para la incertidumbre acerca de si se ha recibido a Cristo es recibir a Cristo ahora, teniendo en cuenta que ningún mérito personal ni obra religiosa tiene valor: sólo Cristo puede salvar. La persona que no está segura de haberse entregado a Dios pan fe para recibir la salvación que solo Dios puede dan, puede remediar esta falta dando un paso definitivo de fe. Este es un acto de la voluntad, aunque podría estar acompañado de la emoción y exige necesariamente la comprensión de la doctrina de la salvación. A muchos ha ayudado el decir en oración:«Señor, si nunca he puesto mi confianza en ti antes, ahora lo hago.» No se puede experimentar una verdadera seguridad de salvación si no hay un acto específico de recibir por fe a Cristo como Salvador.
3. Dudar de la fidelidad de Dios es también fatal para cualquier experiencia verdadera de seguridad. Algunos no están seguros de su salvación porque no están seguros de que Dios los haya recibido y salvado. Este estado mental normalmente es provocado par la búsqueda de un cambio en los sentimientos en lugar de ponen la mirada en la fidelidad de Cristo. Los sentimientos y las experiencias tienen su lugar, pero, coma se dijo antes, la evidencia definitiva de la salvación personal es la veracidad de Dios. La que El ha dicho, hará, y no es piadoso ni digno de elogio el que una persona desconfíe de su salvación después de haberse entregado en forma definida a Cristo.
4. La seguridad de salvación, consecuente-mente, depende de la comprensión de la naturaleza de la salvación completa de Dios para quienes ponen su con fianza en Cristo. En parte, puede hallarse una confirmación en la experiencia cristiana, y normalmente hay un cambio de vida en la persona que ha confiada en Cristo coma su Salvador. Es esencial que comprenda que la seguridad de salvación depende de la certeza de las promesas de Dios y de la seguridad de que el individuo se ha entregado a Cristo pon fe confiando en que El cumplirá estas promesas. La persona que se ha entregado de este modo puede descansan en que la fidelidad de Dios, que no puede mentir, cumplirá su promesa de salvar al creyente par su divino poder y gracia.
PREGUNTAS
1. ¿Cómo puede usted distinguir la doctrina de la seguridad presente de la doctrina de la seguridad eterna?
2. ¿Por qué es importante la seguridad de la salvación?
3. ¿Cómo se relaciona la seguridad de la salvación con el significada de la muerte de Cristo?
4. ¿En qué forma se relaciona la seguridad con el conocimiento de que la salvación es un dan?
5. ¿En qué forma se relaciona la seguridad con el conocimiento de que la salvación es por gracia solamente?
6. ¿Es razonable suponer que un cristiano sabrá que es salvo?
7. ¿Hasta qué punto estará sujeto a la pérdida de su seguridad de salvación un cristiano carnal?
8. ¿En qué forma se relaciona la seguridad con el conocimiento de que Dios es nuestro Padre Celestial?
9. ¿En qué sentido constituye la realidad de la oración una experiencia confirmatoria de la salvación?
10. Relacionan la capacidad de entender las Escrituras con la seguridad de la salvación.
11. ¿En qué sentido se relaciona la percepción de la pecaminosidad del pecado con la seguridad de la salvación?
12. ¿En qué forma constituye una base para la seguridad la salvación el amar par los perdidos?
13. ¿Por qué da seguridad de salvación el amor por otro cristiano?
14. Relacionan el fruto del Espíritu con la seguridad de salvación.
15. ¿En qué forma ayuda a la seguridad de la salvación el poner la fe en Cristo en un acto definido?
16. ¿En qué forma se relaciona la aceptación de las promesas de salvación en la Biblia con la seguridad de salvación?
17. ¿Es necesario saber el momento exacto en que el creyente confió en Cristo?
18. ¿Es importante saber que ahora uno confía en Cristo coma su Salvador?
19. ¿Qué debe hacen una persona si no tiene la seguridad de la salvación?
20. ¿Qué relación hay entre la seguridad de la salvación y la fidelidad de Dios?

LA SEGURIDAD ETERNA DE LA SALVACIÓN

Aunque la mayoría de los creyentes en Cristo acepta la doctrina de que pueden tener la seguridad de su salvación en determinado momento en su experiencia, muchas veces se hace la pregunta: « ¿Puede perderse una persona que ha sido salva?» Puesto que el temor de perder la salvación podría afectar seriamente la paz mental de un creyente, y por cuanto su futuro es tan vital, esta pregunta constituye un aspecto importantísimo de la doctrina de la salvación.
La afirmación de que una persona salvada puede perderse nuevamente está basada sobre ciertos pasajes bíblicos que parecen ofrecer dudas acerca de la continuidad de la salvación. En la historia de la iglesia ha habido sistemas opuestos de interpretación conocidos como Calvinismo, en apoyo de la seguridad eterna, y Arminianismo, en oposición a la seguridad eterna (cada uno denominado según el nombre de su apologista más célebre, Juan Calvino y Jacobo Arminio).

A. PUNTO DE VISTA ARMINIANO DE LA SEGURIDAD.

Los que sustentan el punto de vista Arminiano dan una lista de unos ochenta y cinco pasajes que sustentan la seguridad condicional. Entre éstos los más importantes son: Mt. 5:13; 6:23; 7:16-19; 13:1-8; 18:23-35; 24:4-5, 11- 13, 23-26; 25:1-13;Lc. 8:11-15; 11:24-28; 12:42-46; Jn. 6:66-71; 8:31, 32, 51; 13:8;15:1-6; Hch. 5:32; 11:21-23; 13:43; 14:21-22; Ro. 6:11-23; 8:12-17; 11:20-22; 14:15-23; 1 Co. 9:23-27; 10:1-21; 11:29-32; 15:1-2;2 Co. 1:24; 11:2-4; 12:21-13:5; Ga. 2:12-16; 3:4-4:1; 5:1-4;6:7-9; Col. 1:21-23; 2:4-8, 18-19; 1 Ts. 3:5; 1 Ti. 1:3-7, 18- 20; 2:11-15; 4:1-16; 5:5-15; 6:9- 12, 17-21; 2 Ti. 2:11-18, 22-26; 3:13-15; He. 2:1-3; 3:6-19; 4:1-16; 5:8-9; 6:4-20; 10:19-39; 11:13-16; 12:1-17, 25-29; 13:7-17; Stg. 1:12-26; 2:14-26; 4:4-10; 5:19-20; 1 P. 5:9, 13; 2 P. 1:5-11; 2:1- 22; 3:16-17; 1 Jn. 1:5 - 3:11; 5:4-16; 2 Jn. 6-9; Jud. 5-12, 20-21; Ap. 2:7, 10-11, 17-26; 3:4-5, 8-22; 12:11; 17:14; 21:7-8; 22:18-19.
El estudio de estos pasajes requiere la consideración de una cierta cantidad de preguntas.
1. Probablemente la cuestión más importante que enfrenta el intérprete de la Biblia tocante a este tema es la de poder saber quién es un creyente verdadero. Muchos de los que se oponen a la doctrina de la seguridad eterna lo hacen sobre la base de que es posible que una persona tenga una fe intelectual sin haber llegado realmente a la salvación. Los que se adhieren a la doctrina de la seguridad eterna están de acuerdo en que una persona puede tener una conversión superficial, o sufrir un cambio de vida solamente exterior, de pasos externos como aceptar a Cristo, unirse a la iglesia o bautizarse, y aun llegue a experimentar un cierto cambio en su patrón de vida, pero sin que haya alcanzado la salvación en Cristo. Aunque es imposible establecer normas acerca de como distinguir a una persona salvada de una no salva, obviamente no hay dudas al respecto en la mente de Dios.
El creyente individual debe asegurarse en primer lugar de que ha recibido realmente a Cristo como su Salvador. En esto es de ayuda comprender que recibir a Cristo es un acto de la voluntad que puede necesitar algún conocimiento del camino de salvación y podría, hasta cierto punto, tener una expresión emocional, pero la cuestión fundamental es ésta: « ¿He recibido realmente a Jesucristo como mi Salvador personal?» Mientras no se haya enfrentado honestamente esta pregunta no puede haber, por supuesto, una base para la seguridad eterna, ni una verdadera seguridad presente de la salvación. Muchos que niegan la seguridad eterna solo quieren decir que la fe superficial no es suficiente para salvar. Los que sostienen la seguridad eterna están de acuerdo con este punto. La forma correcta de plantear el problema es si una persona que actualmente es salvo y que ha recibido la vida eterna puede perder lo que Dios ha hecho al salvarlo del pecado.
2. Muchos de los pasajes citados por los que se oponen a la seguridad eterna se refieren a las obras humanas o la evidencia de la salvación. El que es verdaderamente salvo debiera manifestar su nueva vida en Cristo por medio de su carácter y sus obras. Sin embargo, puede ser engañoso juzgar a una persona por las obras. Hay quienes no son cristianos y pueden conformarse relativamente a la moralidad de la vida cristiana, mientras hay cristianos genuinos que pueden caer, a veces, en la carnalidad y el pecado en un grado tal que no se les puede distinguir de los inconversos. Todos están de acuerdo en que la sola reforma moral mencionada en Lucas 11:24-26 no es una salvación genuina, y el regreso al estado de vida anterior no es perder la salvación.
Varios pasajes presentan el importante hecho de que la profesión cristiana es justificada por sus frutos. Bajo condiciones normales, la salvación que es de Dios se probará por los frutos que produce (Jn. 8:31; 15:6; 1 Co. 15:1-2; He. 3:6-14; Stg. 2:14-26; 2 P. 1:10; 1 Jn. 3:10). Sin embargo, no todos los cristianos en todos los tiempos manifiestan los frutos de la salvación. En consecuencia, los pasajes que tratan las obras como evidencias de la salvación no afectan necesariamente la doctrina de la seguridad eterna del creyente, ya que la pregunta decisiva es si Dios mismo considera que una persona es salva.
3. Muchos pasajes citados para apoyar la inseguridad de los creyentes son advertencias contra una creencia superficial en Cristo. En el Nuevo Testamento se advierte a los judíos que, puesto que los sacrificios han cesado, deben volverse a Cristo o perderse (He. 10:26). De igual manera, los judíos no salvados, al igual que los gentiles, reciben la advertencia de no «caer» de la obra iluminadora y regeneradora del Espíritu (He. 6:4-9). Se advierte a los judíos no espirituales que ellos no serán recibidos en el reino venidero (Mt. 25:1-13). Se advierte a los gentiles, grupo opuesto a Israel como grupo, del peligro de perder por su incredulidad el lugar de bendición que tienen en la era actual (Ro. 11:21).
4. Algunos pasajes hablan de recompensas y no de la salvación. Una persona que es salva y que está segura en Cristo puede perder su recompensa (1 Co. 3:15; Col. 1:21- 23) y recibir una reprobación en cuanto al servicio a Cristo (1 Co.9:27).
5. Un cristiano genuino también puede perder su comunión con Dios a causa del pecado (1 Jn. 1:6) y ser privado de alguno de los beneficios presentes del creyente, tales como el de tener el fruto del Espíritu (Ga. 5:22-23) y el de disfrutar de la satisfacción de un servicio cristiano efectivo.
6. A causa de su descarrío, un creyente verdadero puede ser castigado o disciplinado así como un niño es disciplinado por su padre (Jn. 15:2; 1 Co. 11:29-32; 1 Jn. 5:16), y podría llegar al punto de quitarle la vida física. Sin embargo, este castigo no es evidencia de falta de salvación, antes al contrario, es evidencia de que es hijo de Dios que está siendo tratado como tal por su Padre Celestial.
7. Según las Escrituras, también es posible que un creyente esté «caído de la gracia» (Ga. 5:1-4). Debidamente interpretado, esto no se refiere a que un cristiano pierda la salvación, sino a la caída de una situación de gracia en la vida y la pérdida de la verdadera libertad que tiene en Cristo por haber regresado a la esclavitud del legalismo. Esta caída es de un nivel de vida, no de la obra de la salvación.
8. Muchas de las dificultades tienen relación con pasajes tomados fuera de su contexto, especialmente en pasajes que se relacionan con otra dispensación. El Antiguo Testamento no da una clara visión de la seguridad eterna, aunque puede suponerse sobre la base de la enseñanza del Nuevo Testamento que un santo del Antiguo Testamento que era verdaderamente nacido de nuevo estaba tan seguro como un creyente de la era actual. Sin embargo, los pasajes que se refieren a una dispensación pasada o futura deben ser interpretados en su contexto, tal como Ezequiel 33:7-8, y pasajes de gran importancia como Deuteronomio 28, que tratan de las bendiciones y maldiciones que vendrán a Israel por Ia obediencia o desobediencia de la ley. Otros pasajes se refieren a maestros falsos y no regenerados de los últimos días (1 Ti. 4:1-2; 2 P. 2:1-22; Jud. 17-19), que son personas que aunque han hecho una profesión de ser cristianos, jamás han llegado a tener la salvación.
9. Un cierto número de pasajes presentados en apoyo de la inseguridad han sido sencillamente mal interpretados, como Mateo 24:13: «El que persevere hasta el fin, éste será salvo.» Esto se refiere no a la salvación de la culpa y el poder del pecado, sino a la liberación de los enemigos y de la persecución. Este versículo se refiere a los que sobreviven de la tribulación y son rescatados por Jesucristo en su segunda venida. La Escritura enseña claramente que muchos creyentes verdaderos morirán como mártires antes de la venida de Cristo y no permanecerán, o sobrevivirán hasta que Cristo vuelva (Ap. 7:14). Este pasaje ilustra cómo puede dársele aplicaciones equivocadas a un versículo en relación con la cuestión de la seguridad e inseguridad.
10. La respuesta final a la cuestión de la seguridad o inseguridad del creyente está en la respuesta a la pregunta «¿quién realiza la obra de salvación?». El concepto de que el creyente una vez salvado es siempre salvo está basado sobre el principio de que la salvación es obra de Dios y no descansa en mérito alguno del creyente y no se conserva por ningún esfuerzo del creyente. Si el hombre fuera el autor de la salvación, ésta sería insegura. Pero siendo la obra de Dios, es segura.
La sólida base bíblica para creer que una persona salvada es siempre salva está apoyada por lo menos por doce argumentos importantes. Cuatro se refieren a la obra del Padre, cuatro a la del Hijo y cuatro a la del Espíritu Santo.

B. LA OBRA DEL PADRE EN LA SALVACIÓN

1. La Escritura revela la soberana promesa de Dios, que es incondicional y promete salvación eterna a todo aquel que cree en Cristo (Jn. 3:16; 5:24; 6:37). Obviamente Dios puede cumplir lo que promete, y su voluntad inmutable se revela en Ro. 8:29- 30.
2. El poder infinito de Dios puede salvar y guardar eternamente (Jn. 10:29; Ro. 4:21; 8:31, 38-39; 14:4; Ef. 1: 19- 21; 3: 20; Fil. 3:21; 2 Ti. 1: 12; He. 7: 25; Jud. 24). Es claro que Dios no solamente tiene fidelidad para el cumplimiento de sus promesas, sino el poder de realizar todo lo que se propone hacer. Las Escrituras revelan que Él quiere la salvación de los que creen en Cristo.
3. El amor infinito de Dios no solamente explica el propósito eterno de Dios, sino que asegura que su propósito se cumplirá (Jn. 3:16; Ro. 5:7-10; Ef. 1:4). En Romanos 5:8-11 se dice que el amor de Dios por los salvados es mayor que su amor por los no salvos, y esto asegura su seguridad eterna. El argumento es sencillo: si amó tanto a los hombres que dio a su Hijo y lo entregó a la muerte por ellos cuando eran «pecadores» y «enemigos», los amará mucho más cuando por su gracia redentora sean justificados delante de sus ojos y sean reconciliados con Él. El sobreabundante amor de Dios por los que ha redimido a un costo infinito es suficiente garantía de que no permitirá jamás que sean arrebatados de su mano sin que todos los recursos de su poder infinito se hayan agotado (Jn. 10: 28-29); y, por descontado, el infinito poder de Dios jamás puede agotarse. La promesa del Padre, el infinito poder del Padre y el amor infinito del Padre hacen imposible que una persona que se haya entregado a Dios el Padre por la fe en Jesucristo pierda la salvación que Dios opero en su vida.
4. La justicia de Dios también garantiza la seguridad eterna de quienes han con fiado en Cristo porque las demandas de la justicia divina han sido completamente satisfechas por la muerte de Cristo, porque El murió por los pecados de todo el mundo (1 Jn. 2:2). Al perdonar el pecado y prometer la salvación eterna, Dios esta actuando sobre una base perfectamente justa.
Al salvar al pecador, Dios no lo hace sobre la base de la lenidad y es perfectamente justo al perdonar no solamente a los del Antiguo Testamento que vivieron antes de la cruz de Cristo, sino a todos los que vivan después de la cruz de Cristo (Ro. 3:25-26). Consecuentemente, no se puede dudar de la seguridad eterna del creyente sin poner en tela de juicio la justicia de Dios. Así tenemos que se combinan su fidelidad a sus promesas, su poder infinito, su amor infinito y su justicia infinita, para dar al creyente la absoluta seguridad de su salvación.

C. LA OBRA DEL HIJO

1. La muerte vicaria de Jesucristo en la cruz es garantía absoluta de la seguridad del creyente. La muerte de Cristo es la respuesta suficiente al poder condenatorio del pecado (Ro 8:34). Cuando se alega que el salvado puede perderse nuevamente, generalmente se hace sobre la base de algún posible pecado. Esta suposición necesariamente procede del supuesto de que Cristo no llevo todos los pecados que el creyente cometa, y que Dios, habiendo salvado un alma, puede verse sorprendido y desengañado por un pecado inesperado cometido después de la salvación. Por el contrario, la omnisciencia de Dios es perfecta. El conoce de antemano todo pecado o pensamiento secreto que pueda oscurecer la vida de un hijo suyo, y la sangre expiatoria y suficiente de Cristo fue derramada por aquellos pecados y Dios ha sido propiciado por la sangre (1 Jn. 2:2). Gracias a la sangre, que alcanza para los pecados de los salvados y no salvados, Dios está en libertad de continuar su gracia salvadora hacia los que no tienen méritos. El los guarda para siempre, no por amor a ellos solamente, sino para satisfacer su propio amor y manifestar su propia gracia (Ro. 5:8; Ef. 2:7-10). Toda condenación es quitada para siempre por el hecho de que la salvación y la preservación dependen solamente del sacrificio y los méritos del Hijo de Dios (Jn.3:18; 5:24; Ro. 8:1; 1 Co. 11:31-32).
2. La resurrección de Cristo, cono sello de Dios sobre la muerte de Cristo, garantiza la resurrección y la vida de los creyentes (Jn. 3:16; 10:28; Ef. 2:6). Dos hechos vitales conectados con la resurrección de Cristo hacen que la seguridad eterna del creyente sea cierta. El don de Dios es vida eterna (Ro. 6:23), y esta vida es la vida de Cristo resucitado (Col. 2:12; 3:1). Esta vida es eterna como Cristo es eterno y no se puede disolver ni destruir así como Cristo no puede disolverse ni destruirse. El hijo de Dios también es hecho parte de la nueva creación en la resurrección de Cristo por el bautismo del Espíritu y la recepción de la vida eterna. Como objeto soberano de la obra creativa de Dios, la criatura no puede hacer que el proceso de creación vuelva atrás, y por cuanto está en Cristo como el último Adán, no puede caer, porque Cristo no puede caer. Aunque son evidentes los fracasos en la vida y experiencia cristiana, éstos no afectan la posición del creyente en Cristo que es santo merced a la gracia de Dios y a la muerte y resurrección de Cristo.
3. La obra de Cristo como nuestro abogado en los cielos también garantiza nuestra seguridad eterna (Ro. 8:34; He. 9:24; 1 Jn. 2:1). En su obra de abogado o representante legal del creyente, Cristo invoca la suficiencia de su obra en la cruz como base para la propiciación, o satisfacción de todas las demandas de Dios al pecador, y así efectuar la reconciliación del pecador con Dios por medio de Jesucristo. Dado que la obra de Cristo es perfecta, el creyente verdadero puede descansar en la seguridad de la perfección de la obra de Cristo presentada por El mismo como representante del creyente en el cielo.
4. La obra de Cristo como nuestro intercesor suplementa y confirma su obra como abogado nuestro (Jn. 17:1-26; Ro. 8:34; He. 7:23-25). El ministerio actual de Cristo en la gloria tiene que ver con la seguridad eterna de los que en la tierra son salvos. Cristo, al mismo tiempo, intercede y es nuestro abogado. Como intercesor, tiene en cuenta la debilidad, la ignorancia y la inmadurez del creyente, cosas acerca de las cuales no hay culpa. En este ministerio Cristo no solamente ora por los suyos que están en el mundo y por todas sus necesidades (Lc. 22:31- 32; Jn. 17:9, 15, 20; Ro. 8:34), sino que, sobre la base de su propia suficiencia en su sacerdocio inmutable, garantiza que serán conservados salvos para siempre (Jn. 14:19; Ro. 5:10; He. 7:25).
Tomada como un todo, la obra de Cristo en su muerte, resurrección, abogacía e intercesión proporciona una seguridad absoluta para quien está de este modo representado por Cristo en la cruz y en el cielo. Si la salvación es una obra de Dios para el hombre y no una obra del hombre para Dios, su resultado es cierto y seguro y se cumplirá la promesa de Juan 5:24 de que el creyente no <<vendrá a condenación’.

D. OBRA DEL ESPÍRITU SANTO

1. La obra de regeneración o nuevo nacimiento en que el creyente es hecho participe de la naturaleza divina es un proceso irreversible y obra de Dios (Jn. 1:13; 3:3-6; Tit. 3: 4-6; 1 P. 1:23; 2 P. 1:4; 1 Jn. 3:9). Así como no hay reversión para el proceso de creación, no puede haber reversión para el proceso del nuevo nacimiento. Por cuanto es una obra de Dios y no del hombre, y se realiza completamente sobre el principio de la gracia, no hay una base justa o razón por la que no deba continuar para siempre.
2. La presencia interior del Espíritu en el creyente es una posesión permanente del creyente durante La edad presente (Jn. 7:37-39; Ro. 5:5; 8:9; 1 Co. 2:12; 6:19; 1 Jn. 2:27). En las épocas anteriores a Pentecostés no todos los creyentes poseían el Espíritu en su interior aun cuando estaban seguros de su salvación; sin embargo, en la era actual el hecho de que el cuerpo del creyente, aunque sea pecador y corrupto, es templo de Dios, se constituye en otra evidencia confirmatoria del inmutable propósito de Dios de acabar lo que comenzó al salvar al creyente. Aunque el Espíritu pueda ser contristado por pecados no confesados (Ef. 4:30) y pueda ser apagado en el sentido de ser resistido (1 Ts. 5:19), jamás se insinúa que estos actos causen la pérdida de la salvación en el creyente. Antes bien, ocurre que el mismo hecho de la salvación y de la presencia continua del Espíritu Santo en el corazón se constituye en la base para el llamado a volver a caminar en comunión y conformidad con la voluntad de Dios.
3. La obra del Espíritu en el bautismo, por La cual el creyente es unido a Cristo y al cuerpo de Cristo eternamente, es otra evidencia de la seguridad. Por el ministerio bautismal del Espíritu, el creyente es unido al cuerpo del cual Cristo es la Cabeza (1 Co. 6:17; 12:13; Ga. 3:27) y, por lo tanto, se dice que está en Cristo. Estar en Cristo constituye una unión que es a la vez vital y permanente. En aquella unión las cosas viejas “posición y relaciones que eran base de la condenación” pasaron, y todas las posiciones y relaciones se han hecho nuevas y son de Dios (2 Co. 5:17, 18). Al ser aceptado para siempre en el amado, el hijo de Dios está tan seguro como aquél en quien está, y en quien permanece.
4. La presencia del Espíritu Santo en el creyente se dice que es el sello de Dios que durará hasta el día de la redención, el día de La traslación o resurrección del creyente (2 Co. 1:22; Ef. 1:13-14; 4:30). El sello del Espíritu Santo es obra de Dios y representa la salvación y seguridad de la persona así sellada hasta que Dios complete su propósito de presentar al creyente perfecto en el cielo; por lo tanto, es otra evidencia de que una vez salvado el creyente es siempre salvo.
Tomada como un todo, la seguridad eterna del creyente descansa sobre la naturaleza de la salvación. Es obra de Dios, no. obra de hombres. Descansa en el poder y la fidelidad de Dios, no en la fortaleza y fidelidad del hombre. Si la salvación fuera por obras, o si la salvación fuera una recompensa por la fe como una buena obra, seria comprensible que se pusiera en dudas la seguridad del hombre. Pero, puesto que descansa sobre la gracia, y las promesas de Dios, el creyente puede estar confiado en su seguridad y, con Pablo, estar «persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra la perfeccionará hasta el día de Jesucristo» (Fil. 1:6).
Entonces se puede concluir, de este gran cuerpo de verdad, que el propósito eterno de Dios, que es para preservación de los suyos, no podrá jamás ser derrotado. Con este fin ha previsto cualquier obstáculo posible. El pecado, que podría producir, separación, ha sido llevado por un sustituto que, con el fin de que el creyente sea guardado, invoca la eficacia de su muerte ante el trono de Dios. La voluntad del creyente queda bajo el control divino (Fil. 2:13), y toda prueba o tentación es templada por la infinita gracia y sabiduría de Dios (1 Co. 10:13).
No se puede enfatizar con suficiente fuerza que, aunque en este capítulo se han tratado la salvación y la preservación en la salvación como empresas divinas separadas, como una adaptación a la forma usual de hablar, la Biblia no hace tal distinción. Según las Escrituras, no hay salvación propuesta, ofrecida a emprendida baja la gracia, que no sea infinitamente perfecta y permanezca para siempre.
PREGUNTAS-
1. ¿Por qué es importante para el creyente la cuestión de la seguridad eterna?
2. ¿Cuáles son las posiciones opuestas del calvinismo y el arminianismo en la cuestión de la seguridad eterna?
3. Aproximadamente, ¿cuántos pasajes presentan los arminianos diciendo que enseñan la doctrina de la seguridad condicional?
4. ¿Al estudiar estos pasajes, ¿cuál es la pregunta más importante?
5. ¿En qué están de acuerdo todas las partes en la cuestión de la seguridad?
6. ¿Hay dudas en la mente de Dios acerca de quiénes son salvos?
7. ¿Es cierto que la fe superficial no basta para salvarse?
8. ¿Como evalúa los diversos pasajes citados en oposición a la seguridad eterna y que presentan las obras humanas coma evidencia de la salvación?
9. ¿Deben considerarse las advertencias contra una fe superficial como advertencias contra la posibilidad de perder la salvación?
10. ¿Es posible que un cristiano pierda su recompensa en el cielo y aún sea salvo?
11. ¿Es posible que un cristiano genuino pierda la comunión con Dios y todavía sea salvo?
12. ¿Es posible que un creyente verdadero sea castigado a disciplinado y todavía sea salvo?
13. ¿Como explica usted la expresión «caer de la gracia» en relación con la salvación cristiana?
14. ¿Por qué hay dificultad en pasajes del Antiguo Testamento en la cuestión de la seguridad eterna?
15. ¿Cómo explica usted Mateo 24:13?
16. ¿Por qué la seguridad a inseguridad dependen de la pregunta «¿Quién realiza la obra de salvación?»
17. ¿Cuáles son las cuatro obras del Padre que apoyan la seguridad eterna?
18. ¿Por qué las obras de Dios Padre en la salvación por sí solas garantizan la seguridad eterna?
19. ¿Cuáles son las cuatro obras de Dios el Hijo que apoyan la doctrina de la seguridad eterna?
20. ¿Cómo se relaciona la muerte de Cristo con la seguridad eterna?
21. ¿Cómo se relaciona la resurrección de Cristo con la seguridad eterna?
22. ¿Cómo se relacionan las obras de Cristo coma intercesor y abogado con la seguridad eterna?
23. ¿Cuáles son las cuatro obras del Espíritu Santo en relación con la seguridad eterna?
24. ¿Es el nuevo nacimiento un proceso reversible?
25. ¿Existe el caso de alguien que haya nacido de nuevo más de una vez en las Escrituras?
26. ¿Como se relaciona la presencia interior permanente del Espíritu con la seguridad eterna?
27. ¿Puede perder el Espíritu un creyente de la era actual?
28. ¿Qué se consigue por obra del Espíritu en el bautismo en relación con la seguridad?
29. ¿En qué forma es una promesa de seguridad la promesa del Espíritu como sello hasta el día de la redención?
30. ¿Resumir las razones para que la seguridad eterna descansa sobre la naturaleza de la salvación coma obra de Dios?
31. ¿En qué forma incluye el aspecto de la seguridad del creyente la naturaleza de la salvación?

LA ELECCIÓN DIVINA

A. DEFINICIÓN DE ELECCIÓN

Las Escrituras revelan a Dios como un soberano absoluto que por su propia voluntad quiso crear el universo y dirigir su historia de acuerdo con un plan pre-ordenado. El concepto de un Dios infinito y omnipotente concuerda con el hecho de que El sea soberano y tenga poder para ejecutar su programa en la forma que El lo quiso determinar. Sin embargo, la comprensión de ese plan por parte del hombre presenta innumerables problemas y, en particular, el de cómo puede el hombre obrar libre y responsablemente en un universo programado.
Los sistemas humanos de pensamiento han tenido la tendencia a ir a los dos extremos, uno en que el propósito soberano de Dios se presenta como absoluto, o el otro en que se magnifica la libertad del hombre hasta el punto de que Dios ya no tiene control sobre las cosas. Al tratar de resolver esa dificultad, la única solución es acudir a la revelación divina y tratar de interpretar la experiencia humana sobre la base de lo que la Biblia enseña.
En las Escrituras, el propósito soberano de Dios se extiende a naciones e individuos.
Se hace referencia a Israel como nación elegida (Is. 45:4; 65:9, 22). La palabra «electo» se aplica con frecuencia a individuos que son elegidos para salvación (Mt. 24:22, 24, 31; Mr. 13:20, 22, 27; Lc. 18:7; Ro. 8:33; Col. 3:12; 1 Ti. 5:21; 2 Ti. 2:10; Tit. 1:1; 1 P. 1:2; 5:13; 2 Jn. 1, 13). La misma expresión se usa para referirse a Cristo (Is. 42:1; 1 P. 2:6). Además de la palabra elegido, se menciona el hecho de la elección (Ro. 9:11; 11:5, 7, 28; 1 Ts. 1:4; 2 P. 1:10). El pensamiento de la elección es que la persona o grupo mencionado han sido elegidos para un propósito divino generalmente relacionado con la salvación.
La palabra <<escogido> es sinónimo de la palabra <<elegido>>. Se aplica a Israel (Is. 44:1), a la iglesia (Ef. 1:4; 2 Ts. 2:13; 1 P. 2:9), y también a los apóstoles (Jn. 6:70; 13:18; Hch. 1:2).
Una cantidad de expresiones están relacionadas con el concepto de elección o ser escogido, tales como <destinado>> (1 P. 1:20) y <predestinación>> (Ro. 8:29, 30; Ef. 1:5, 11). El pensamiento es el de determinar de antemano, como en Hechos 4:28, u ordenar de antemano como en Judas 4 y Efesios 2:10. Además, hay una referencia frecuente a este concepto en la Biblia, donde se usa la palabra <decretado> (2 Cr. 25:16), <acordó> (Is. 19:17), <determinado> (Lc. 22:22), <prefijado> (Hch. 17:26). El pensamiento en todas estas expresiones es que la elección de Dios precede al acto y es determinado por su voluntad soberana.
La elección, la pre-ordenación y la predestinación se han hecho según el divino propósito de Dios (Ef. 1:9; 3:11), y en las Escrituras están relacionadas con la presciencia de Dios (Hch. 2:23; Ro. 8:29; 11:2; 1 P. 1:2). Otra palabra relacionada es la palabra <llamar>, como en Romanos 8:30 y muchos otros pasajes (1 Co. 1:9; 7:18, 20, 21, 22, 24; 15:9; Ga-5:13; Ef. 4:1, 4; Col. 3:15; 1 Ti. 6:12; He. 5:4; 9:15; 1 P. 2:21; 3:9; 1 Jn. 3:1). En Jn. 12:32 nuestro Señor se refirió al llamamiento como la acción de atraer los hombres a Dios (cf. con Jn. 6:44). Todos estos pasajes implican que un Dios soberano está llevando a cabo su propósito; en su propósito ciertos hombres han sido escogidos para salvación, y ciertas naciones, especialmente Israel, han sido escogidas para cumplir un propósito divino especial

B. EL HECHO DE LA ELECCIÓN DIVINA

Aunque la doctrina de la elección escapa a la comprensión humana, está claramente enseñada en las Escrituras. En virtud de la elección divina, Dios ha escogido a ciertos individuos para salvación y los predestinó para que fuesen conformados según eh carácter de su Hijo Jesucristo (Ro. 16:13; Ef. 1:4-5; 2 Ts. 2:13; 1 P. 1:2). Es claro que la elección tiene su origen en Dios y que esta elección es parte del plan eterno de Dios.
La elección divina no es un acto de Dios en el tiempo, sino una parte de su propósito eterno. Esto aparece en numerosos pasajes tales como Efesios 1:4 que dice: "Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él en amor." Según 2 Timoteo 1:9, nuestra elección es "según el propósito suyo y gracia que nos fue dada en Cristo antes de los tiempos de los siglos".
Por cuanto el plan de Dios es eterno, la elección, como parte esencial del plan, debe ser eterna. Un problema difícil de resolver en la doctrina de la elección es la relación entre la elección y la presciencia. Una forma de interpretación que tiende a suavizar el concepto de elección se levanta sobre la idea de que Dios sabía quiénes iban a recibir a Cristo, y sobre la base de ese conocimiento los eligió para salvación. Sin embargo, este concepto tiene problemas inherentes porque hace que Dios esté sujeto a un plan en el cual Él no es soberano. Aunque la elección y la presciencia son co-extensivas, la presciencia en sí no sería determinativa.
Aunque los teólogos han luchado con estos problemas y no han llegado a conclusiones satisfactorias, una solución posible es comenzar por reconocer que Dios es omnisciente, esto es, que Él tenía conocimiento de todos los planes posibles para el universo. De todos los planes posibles con sus infinitas variantes Dios escogió un plan.
Habiendo escogido un plan y conociéndolo en todos sus detalles, Dios podía conocer anticipadamente quiénes iban a ser salvos o electos y todos los detalles acerca de la salvación de ellos.
Sin embargo, el problema inmediato que se presenta al intérprete es el de la libertad humana. Por la experiencia y según las Escrituras, parece evidente que el hombre tiene decisiones que hacer. ¿Cómo se puede evitar la llegada a un sistema fatalista en que todo está predeterminado y no quedan elecciones morales que realizar? ¿Es la responsabilidad humana una burla, o es real? Estos son los problemas que enfrenta el intérprete de las Escrituras en relación con esta difícil doctrina.
Aunque los teólogos no han podido resolver completamente el problema de la elección divina en relación a las decisiones humanas y a la responsabilidad moral del hombre, la respuesta parece ser que, al elegir un plan Dios, escogió el plan como un todo, no parte por parte. El sabía de antemano, antes de la elección del plan, quién sería salvo y quién no serla salvo en tal plan. Por fe debemos suponer que Dios eligió el mejor plan posible, y que si hubiera habido un plan mejor, éste habría sido puesto en operación porque Dios lo habría elegido. El plan incluía muchas cosas que Dios mismo haría, tales como la creación y el establecimiento de la ley natural incluía lo que Dios soberanamente escogió hacer por sí mismo, tal como el revelarse por medio de profetas e influir sobre los hombres en sus elecciones aun cuando ellos siguen siendo responsables por las elecciones que hacen.
En otras palabras, el plan incluía dar al hombre cierta libertad de elección, y de ello sería responsable. El hecho de que Dios supiera bajo cada plan qué haría cada hombre no significa que Dios forzase al hombre a hacer algo contra su voluntad para luego castigarlo por ello.
En el notable ejemplo de la crucifixión de Cristo, en torno a la cual giraba todo el plan de Dios, Dilato libremente escogió crucificar a Cristo y fue hecho responsable de ello. Judas Iscariote decidió libremente traicionar a Cristo y fue tenido por responsable de ello. Sin embargo, las decisiones de Pilato y de Judas eran parte esencial del programa de Dios y eran cosa cierta antes que ellos las ejecutaran.
En consecuencia, aunque hay problemas de comprensión humana, la mejor solución es aceptar lo que la Biblia enseña, sea que entendamos o no. A veces las mejores traducciones ayudan, como en 1 Pedro 1:1-2, donde dice que los cristianos son <<elegidos según la presciencia de Dios Padre>, lo que hace que la elección esté sujeta al conocimiento anticipado de Dios. Sin embargo, la palabra elegidos>> califica a la palabra <<expatriados>> del versículo 1, y no está enseñando el orden lógico de la elección en relación con la presciencia, sino el hecho de que son co-extensivas.
Alguna ayuda se puede hallar en el hecho de que todo el proceso del propósito divino, elección y presciencia son eternos. Todo lo que el hombre puede hacer es tratar de establecer una relación lógica, pero todas estas cosas han sido verdaderas en la mente de Dios, y Dios no llegó a sus decisiones después de considerar largamente las dificultades de cada plan. En otras palabras, jamás hubo otro plan, y así todos los aspectos del propósito eterno de Dios son igualmente eternos.
Entonces debemos llegar a la conclusión de que la elección y los términos relacionados se enseñan claramente en la Biblia, y que significa que algunos fueron escogidos para salvación y los demás, al no ser elegidos, fueron pasados por alto. La elección es eterna y no es un acto de Dios realizado en el tiempo. En la elección Dios no se ajusta a la presciencia, aunque la elección procede de la omnisciencia divina.
Aunque hay serios problemas en la comprensión humana de esta doctrina, debemos someternos a la revelación divina aun cuando no podamos comprenderla completamente.

C. DEFENSA DE LA DOCTRINA DE LA ELECCIÓN

Aunque algunos teólogos, para resolver el problema, han tratado de dar explicaciones que suprimen la doctrina de la elección, en realidad, al negar lo que la Escritura enseña, los argumentos presentados en contra de la elección divina proceden de malentendidos. A veces se afirma que sostener la elección es afirmar que Dios es arbitrario. Por supuesto, esto surge de la incredulidad. Dios es soberano, pero su soberanía es siempre sabia, santa, buena y llena de amor.
Otra objeción que se presenta con frecuencia es que esta doctrina hace a Dios injusto al no incluir a todos en su propósito de salvación. En este punto, debemos observar que Dios no está obligado a salvar a ninguno y que solo salva a los que quieren creer.
Aunque la obra de Dios en la salvación de un individuo es inescrutable —ya que obviamente hay un acto de gracia cuando una persona cree en Cristo y es salva—, la Biblia claramente ordena al hombre que crea Hech. 16:31). Nadie es salvado contra su voluntad, y nadie deja de creer contra su voluntad.
Una objeción muy común a esta doctrina es que desalienta el esfuerzo misionero de llevar el evangelio a los perdidos y desalienta a los que desean ser salvos. La respuesta es que Dios ha incluido en su plan que el evangelio sea predicado a toda criatura y que Dios desea la salvación de todos (2 P. 3:9). Sin embargo, al establecer un universo moral en que los hombres escojan entre creer o no creer, es inevitable que algunos se pierdan.
Otra objeción es que si algunos son elegidos para salvación y otros son elegidos para que no se salven, éstos no tienen esperanza en su estado de perdición. Las Escrituras claramente enfatizan que algunos son elegidos para salvación, y que los inconversos están destinados a su suerte, no porque los hombres que deseaban ser salvos no pudieron obtener la salvación, sino siempre sobre la base de que los que no se salvan escogieron no ser salvos. La misericordia de Dios se muestra en su paciencia, como en Romanos 9:21-22 y 2 Pedro 3:9. Nadie podrá jamás ponerse delante de Dios y decirle: «Yo quería ser salvo, pero no pude porque no fui elegido.»
Aunque los grandes sabios y los estudiantes de la Biblia en general seguirán luchando con esta difícil doctrina, el hecho de la elección divina está claramente presentado en las Escrituras, y los que son salvos, aunque no estaban enterados de la doctrina cuando aceptaron a Cristo, pueden gloriarse en el hecho de que estaban en el plan de Dios desde la eternidad pasada y que su salvación es una suprema ilustración de la gracia de Dios. Un Dios que es soberano y eterno lógicamente debe tener un programa planeado. Sobre la base de la revelación bíblica, el creyente en Cristo solo puede concluir que el plan de Dios es santo, sabio y bueno, que Dios es un Dios paciente y que está preocupado por el estado perdido de los que rechazan la salvación, para preparar la cual Cristo murió.
PREGUNTAS
1. ¿Por qué es razonable suponer que Dios tiene un plan soberano para el universo?
2. ¿Cuáles son los dos extremos a que ha tendido el pensamiento humano en relación con el propósito soberano de Dios?
3. ¿Cómo se puede demostrar que el propósito soberano de Dios se extiende a individuos y naciones así como a otros grupos?
4. ¿Cuá1es son las diversas palabras usadas para expresar la idea de elección?
5. ¿Cuál es la idea central de todas las expresiones usadas en relación con la elección?
6. ¿Qué es lo que se lleva a cabo por la elección divina?
7. ¿Qué evidencia apoya la idea de que la elección divina fue desde la eternidad pasada?
8. ¿En qué forma se relaciona la elección con la presciencia?
9. ¿Cómo se puede resolver el problema de la relación que hay entre la libertad humana y la elección divina?
10. Explicar cómo se ha incluido en el plan divino la libertad humana.
11. Explicar en qué es la crucifixión de Cristo una ilustración sobresaliente de la libertad humana y del plan de Dios.
12. ¿Por qué debe un individuo aceptar la doctrina de la elección aun si no la entiende?
13. ¿Cómo se pueden responder las objeciones a la elección en que se alega que se hace a Dios arbitrario e injusto?
14. ¿Cómo respondería usted a las objeciones de que la doctrina de la elección se opone a los esfuerzos misioneros?
15. ¿Por qué era necesario en el plan de Dios que algunos fueran perdidos?
16. ¿Da la doctrina de la elección una excusa a los perdidos para no salvarse?

17. ¿Hay evidencia de que el plan de Dios es santo, sabio y bueno y que Dios es paciente y está realmente preocupado por el estado de perdición de los que se niegan a recibir la salvación?