A. DIOS ES JUSTO
Esta
justicia de Dios es invariable e inmutable (Ro. 3:25, 26). Él es infinitamente
justo en su propio Ser e infinitamente justo en todos sus caminos. Dios es
justo en su Ser. Es imposible que Él se desvíe de su propia justicia, ni siquiera
como por una <<sombra de variación>> (Stg. 1:17). Él no puede mirar
el pecado con el más mínimo grado de tolerancia. Por consiguiente, puesto que
todos los hombres son pecadores, tanto por naturaleza como por práctica, el
juicio divino ha venido sobre todos ellos para condenación. La aceptación de
esta verdad es vital para llegar a un correcto entendimiento del evangelio de
la gracia divina.
Dios es
justo en sus caminos. Debe también reconocerse que Dios es incapaz de considerar
con ligereza o con ánimo superficial el pecado, o de perdonarlo en un acto de
laxitud o debilidad moral. El triunfo del evangelio no radica en que Dios haya tratado
con lenidad o blandura el pecado; sino más bien en el hecho de que todos los juicios
que la infinita justicia tenía necesariamente que imponer sobre el culpable, el
Cordero de Dios los sufrió en nuestro lugar, y que este plan que procede de la
mente del mismo Dios es, de acuerdo a las normas de su justicia, suficiente
para la salvación de todo el que cree en Él. Por medio de este plan Dios puede
satisfacer su amor salvando al pecador sin menoscabo de su justicia inmutable;
y el pecador, que en sí mismo está sin ninguna esperanza, puede verse libre de
toda condenación (Jn. 3:18; 5:24; Ro. 8:1; 1 Co. 11:32).
No es
raro que los hombres conceptúen a Dios como un Ser justo; pero donde fallan a menudo
es en reconocer que cuando Él efectúa la salvación del hombre pecador, la justicia
de Dios no es ni puede ser atenuada.
B. LA AUTOJUSTICIA DEL
HOMBRE
En
completa armonía con la revelación de que Dios es justo tenemos la
correspondiente declaración de que ante la mirada de Dios la justicia del
hombre (Ro. 10:3) es como <<trapo de inmundicia>> (Is. 64:6).
Aunque el estado pecaminoso del hombre se revela constantemente a través de las
Escrituras, no hay descripción más completa y final que la que se encuentra en
Romanos 3:9-18; y debe notarse que, como en el caso de otras evaluaciones
bíblicas del pecado, tenemos aquí una descripción del pecado como Dios lo ve.
Los
hombres han establecido normas para la familia, la sociedad y el estado; pero
ellas no son parte de la base sobre la cual él ha de ser juzgado delante de
Dios. En su relación con Dios los hombres no son sabios comparándose consigo
mismos (2 Co. 10:12). Porque no están perdidos solamente aquellos que la
sociedad condena, sino los que están condenados por la inalterable justicia de
Dios (Ro. 3:23). Por lo tanto, no hay esperanza alguna fuera de la gracia
divina; porque nadie puede entrar en la gloria del cielo si no es aceptado por
Dios como lo es Cristo. Para esta necesidad del hombre Dios ha hecho una
provisión abundante.
C. LA JUSTICIA IMPUTADA DE
DIOS
Como se
ha recalcado en las discusiones previas en cuanto a la doctrina de la imputación,
la importante revelación de la imputación de la justicia de Dios (Ro. 3:22) es
esencial que la comprendamos tanto sobre los principios sobre los cuales Dios condena
al pecador como sobre los principios sobre los cuales Dios salva al cristiano.
Aunque
la doctrina es difícil de entender, es importante comprenderla como uno de los mayores
aspectos de la revelación de Dios.
1. El
hecho de la imputación es subrayado en la imputación del pecado de Adán a la raza
humana con el efecto de que todos los hombres son considerados pecadores por Dios
(Ro. 5:12-21). Esto se desarrolla más aún en el hecho de que el pecado del
hombre fue imputado a Cristo cuando Él se ofreció coma ofrenda por el pecado
del mundo (2 Co. 5:14, 21; He. 2:9; 1 Jn. 2:2). Así también la justicia de Dios
es imputada a todos los que creen, para que ellos puedan permanecer delante de
Dios en toda la perfección de Cristo. Por causa de esta provisión se puede
decir de todos los que son salvos en Cristo que ellos son hechos justicia de
Dios en Él (1 Co. 1:30; 2 Co. 5:21). Siendo que esta justicia es de Dios y no
del hombre y que, según lo afirma la Escritura, ella existe aparte de toda obra
u observancia de algún precepto legal (Ro. 3:21), es obvio que esta justicia
imputada no es algo que el hombre pueda efectuar. Siendo la justicia de Dios, ella
no puede ser aumentada por la piedad de aquel a quien le es imputada, ni tampoco
disminuir por causa de su maldad.
2. Los
resultados de la imputación se ven en que la justicia de Dios es imputada al creyente
sobre la base de que el creyente está en Cristo por medio del bautismo del Espíritu.
A través de esa unión vital con Cristo por el Espíritu el creyente queda unido
a Cristo como un miembro de su cuerpo (1 Co. 12:13), y como un pámpano a la Vid
verdadera (Jn. 15:1, 5). Por causa de la realidad de esta unión Dios ve al
creyente como una parte viviente de su propio Hijo. Por lo tanto, Él ama al
creyente como ama a su propio Hijo (Ef. 1:6; 1 P. 2:5), y considera que él es
lo que su propio Hijo es: la justicia de Dios (Ro. 3:22; 1 Co. 1:30; 2 Co.
5:21). Cristo es la justicia de Dios; por consiguiente, aquellos que son salvos
son hechos justicia de Dios por estar en Él (2 Co. 5:21). Ellos están completos
en Él (Co. 2:10) y perfeccionados en Él para siempre (He. 10:10, 14).
3. En las
Escrituras se nos dan muchas ilustraciones de la imputación. Dios proveyó túnicas
de pieles para Adán y Eva y para obtenerlas fue necesario el derramar sangre (Gn.
3:21). A Abraham le fue imputada justicia por haber creído a Dios (Gn. 15:6;
Ro. 4:9-22; Stg. 2:23), y como los sacerdotes del tiempo antiguo se vestían de
justicia (Sal. 132:9), así el creyente es cubierto con el manto de la justicia
de Dios y será con esa vestidura que estará en la gloria (Ap. 19:8). La actitud
del apóstol Pablo hacia Flemón es una ilustración tanto del mérito como del demérito
imputado. Refiriéndose al esclavo Onésimo, dice el apóstol: <<Así que, si
me tienes por compañero, recíbele como a mí mismo (imputación de mérito). Y si
en algo te dañó, o te debe, ponlo a mi cuenta (la imputación de
demérito)>> (Flm. 17, 18; cf. también Job 29:14; Is. 11:5; 59:17; 61:10).
4. La
imputación afecta la posición y no el estado. Existe, por lo tanto, una
justicia de Dios, que nada tiene que ver con las obras humanas, que está en y
sobre aquel que cree (Ro. 3:22). Esta es la posición eterna de todos los que
son salvos. En su vida diaria, o estado, ellos se hallan muy lejos de ser
perfectos, y es en este aspecto de su relación con Dios que deben
<<crecer en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador
Jesucristo>> (2 P. 3:18).
5. La
justicia imputada es la base de la justificación. De acuerdo a su uso en el
Nuevo Testamento, las palabras <<justicia>> y
<<justificar>> vienen de la misma raíz. Dios declara justificado
para siempre a aquel que Él ve en Cristo. Este es un decreto equitativo, ya que
la persona justificada está vestida de la justicia de Dios. La justificación no
es una ficción o un estado emotivo; sino más bien una consideración inmutable
en la mente de Dios. Al igual que la justicia imputada, la justificación es por
fe (Ro. 5:1), por medio de la gracia (Tit. 3:4-7), y se hace posible a través
de la muerte y resurrección de Cristo (Ro. 3:24; 4:25). Es permanente e
inmutable, pues descansa solamente en los méritos del eterno Hijo de Dios.
La
justificación es más que el perdón, porque el perdón es la cancelación de la
deuda del pecado, mientras que la justificación es la imputación de justicia.
El perdón es negativo (supresión de la condenación), en tanto que la
justificación es positiva (otorgamiento del mérito y posición de Cristo).
Al
escribir de una justificación por medio de obras, Santiago se refería a la
posición del creyente delante de los hombres (Stg. 2:14-26); Pablo, escribiendo
de la justificación por la fe (Ro. 5:1), tenía en mente la posición del
creyente delante de Dios. Abraham fue justificado delante de los hombres
demostrando su fe por medio de sus obras (Stg. 2:21); asimismo, él fue
justificado por fe delante de Dios por la justicia que le fue imputada (Stg.
2:23).
D. LA JUSTICIA IMPARTIDA
POR EL ESPIRITU
Lleno
del Espíritu, el hijo de Dios producirá las obras de justicia (Ro. 8:4) del
«fruto del Espíritu» (Ga. 5:22-23) y manifestará los dones para el servicio que
le han sido dados pon el Espíritu (1 Co. 12:7). Se establece claramente que
estos resultados se deben a la obra que el Espíritu realiza en y a través del
creyente. Se hace referencia, por tanto, a un modo de vida que en un sentido es
producido por el creyente; mejor dicho, es un modo de vida producido a través
de él por el Espíritu. Para aquellos que <<no andan conforme a la carne,
sino conforme al Espíritu>>, la justicia de la ley, la cual en este caso
significa nada menos que la realización de toda la voluntad de Dios para el creyente,
se cumple en ellos.
Esto
nunca podría ser cumplido por ellos. Cuando es realizada por el Espíritu, ella
no es otra cosa sino la vida que es la justicia impartida por Dios.
PREGUNTAS
1. Con
relación a la justicia, ¿qué diferencia hay entre Dios y el hombre?
2.
¿Cuáles son los cuatro aspectos de la justicia revelados en las Escrituras?
3. ¿En
qué sentidos Dios es completamente justo?
4. ¿Hasta
qué punto llega el hombre en su auto justicia y por qué ésta es insuficiente?
5. ¿Por
qué es necesaria para el hombre la justicia imputada de Dios?
6.
¿Cuáles son los resultados de la imputación de justicia en el hombre?
7.
Proporcionar algunas ilustraciones bíblicas de la imputación.
8. ¿De
qué manera afecta la imputación la posición y el estado ante Dios?
9. ¿Cómo
se relaciona la justicia imputada con la justificación?
10.
Contrastar la justificación y el perdón.
11. ¿Cuál
es la diferencia entre la justificación por las obras y la justificación por la
fe?
12. ¿Hasta
qué punto se extiende la justicia impartida por el Espíritu?
SANTIFICACIÓN
A. LA IMPORTANCIA DE UNA
INTERPRETACIÓN CORRECTA
La
doctrina de la santificación adolece de malos entendidos a pesar del hecho de
que la Biblia provee de una revelación extensa acerca de este importante tema.
A la
luz de la historia de la doctrina es importante observar tres leyes de
interpretación.
1. El entendimiento correcto de
la doctrina de la santificación depende de todo lo que la Escritura contenga
con relación a este tema. La presentación escritural de esta doctrina es mucho
más extensiva de lo que parece a aquel que únicamente lee el texto español;
pues la misma palabra original, griega o hebrea, que se traduce «santificar», en
sus diferentes formas, se traduce también «santo», ya sea en forma de
sustantivo o de adjetivo. Por lo tanto, si vamos a contemplar esta doctrina de
las Escrituras en todo su alcance, tenemos que examinar no solo los pasajes
donde aparece la palabra «santificar», sino también aquellos donde se emplea la
palabra «santo» en sus distintas formas. Levítico 21:8 ilustra la similitud de
significado entre las palabras «santo» y «santificar» según el uso de la
Biblia. Hablando de los sacerdotes, Dios dice: «Le santificarás, por tanto,
pues el pan de tu Dios ofrece; santo será para ti, porque santo soy yo Jehová
que os santifico.» La misma palabra original, usada cuatro veces en este texto,
se traduce en tres formas diferentes: «santificarás», «santifico» y «santo».
2. La doctrina de la
santificación no puede interpretarse por la experiencia. Solamente uno de los
tres aspectos de la santificación se relaciona con los problemas de la experiencia
humana en la vida diana. Por lo tanto, la enseñanza de la Palabra de Dios no
debe sustituirse por un análisis de alguna experiencia personal. Aun en el caso
de que la santificación estuviese limitada a la esfera de la experiencia
humana, no habría experiencia que pudiera presentarse en forma indiscutible
como ejemplo perfecto, ni habría una explicación humana de esa experiencia que
fuera capaz de describir en su plenitud esa divina realidad. Es la función de
la Biblia interpretar la experiencia, antes que ésta pretenda interpretar la
Biblia. Toda experiencia que viene por obra de Dios debe estar de acuerdo a las
Escrituras.
3. La doctrina de la
santificación debe encuadrarse en el contexto de la doctrina bíblica. El dar un
énfasis desproporcionado a cierta doctrina, o el hábito de buscar toda la
verdad siguiendo solamente una línea de enseñanza bíblica, conduce a serios errores.
La doctrina de la santificación, al igual que cualquier otra doctrina de las Escrituras,
representa y define un campo exacto dentro del propósito de Dios, y puesto que
ella tiende a fines bien determinados, sufre tanto cuando es exagerada como cuando
es presentada en forma incompleta.
B. EL SIGNIFICADO DE LAS
PALABRAS QUE SE RELACIONAN CON LA SANTICACIÓN
1.
«Santificar»,
en sus varias formas, es usada 106 veces en el Antiguo Testamento v 31 veces en
el Nuevo Testamento y significa «poner aparte», o el estado de separación. Tiene
que ver con posición y relación. La base de la clasificación es que la persona
o cosa ha sido puesta aparte, o separada de los demás en posición y relación
delante de Dios, de lo que no es santo. Este es el significado general de la
palabra.
2.
«Santo»,
en sus varias formas, es usado alrededor de 400 veces en el Antiguo Testamento
y 12 veces en el Nuevo Testamento, con relación a los creyentes y dando a entender
el estado de separación o ser puesto aparte, o ser separado de aquello que no es
santo. Cristo fue «santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores». Por
consiguiente, Él estaba santificado.
Pero
hay también algunas cosas que las palabras «santo» y «santificar», en su uso
bíblico, no implican.
a)
No
implican necesariamente Ia impecabilidad, pues leemos de «gente santa>>, «sacerdotes
santos>>, «profetas santos>>, «apóstoles santos>>, «hombres
santos>>, «mujeres santas>>, hermanos santos>>, «monte santo»
y <templo santo>>. Ninguno de ellos estaba sin pecado delante de Dios.
Eran santos de acuerdo a alguna norma que constituya la base de su separación
de otros. Aun los cristianos de Corinto, quienes estaban cometiendo una gran
falta, fueron llamados santos. Muchas cosas inanimadas fueron santificadas, y
éstas no podían estar relacionadas con el problema del pecado.
b)
La
palabra «santo» no implica necesariamente finalidad. Todas las personas que mencionamos
en el punto anterior fueron llamadas repetidamente a unos niveles más altos de
santidad. Ellas fueron apartadas una y otra vez. Las personas o cosas llegaban a
ser santas cuando eran apartadas para un propósito santo. Así fueron ellas santificadas.
3.
«Santo»
se usa con relación a Israel cerca de cincuenta veces y con relación a los creyentes
alrededor de sesenta y dos veces; se aplica solo a personas y tiene que ver con
su posición ante Dios. En este caso, la palabra no se asocia con la clase de
vida de los creyentes. Ellos son santos porque han sido particularmente
separados en el plan y propósito de Dios. Son santos porque han sido
santificados.
En
varias epístolas (Ro. 1:7; 1 Co. 1:2) los creyentes son identificados como
aquellos que son «llamados a ser santos». Esto es muy engañoso; las palabras
«llamados a ser» deberían omitirse. Los cristianos son santos mediante el
llamado de Dios. Los pasajes antes citados no están anticipando un tiempo
cuando los hijos de Dios llegarán a ser santos. Ellos ya están santificados,
apartados y, por consiguiente, ya son santos.
La
santidad no es algo progresivo. Cada persona nacida de nuevo es tan santa en el
instante de su salvación como lo será en el tiempo futuro y en la eternidad. La
iglesia, la cual es el cuerpo de Cristo ha sido llamada a apartarse, a formar
un pueblo separado; ellos son los santos de esta dispensación. De acuerdo al
uso de estas palabras, todos ellos están santificados. Todos ellos son santos.
Debido a que ignoran la posición que tienen en Cristo, muchos cristianos no
creen que ellos son santos. Entre los títulos que el Espíritu da a los hijos de
Dios, solo hay uno que se usa más que el de santos. Los creyentes son llamados
«hermanos» 184 veces, «santos» 62 veces y «cristianos» solamente 3 veces.
C. LOS MEDIOS DE
SANTIFICACIÓN
1. Por causa de su infinita santidad
Dios mismo —Padre, Hijo y Espíritu—es eternamente santificado. Él está puesto
aparte y separado de todo pecado. Él es santo. El Espíritu es llamado Espíritu
Santo. Él es santificado (Lv. 21:8; Jn. 17:19).
2. Dios “Padre, Hijo y
Espíritu” santifica a otras personas.
A) El Padre santifica (1 Ts.
5:23).
B) El Hijo santifica (Ef. 5:26;
He. 2:11; 9:12, 14; 13:12).
C) El Espíritu santifica (Ro.
15:16; 2 Ts. 2:13).
D) Dios el Padre santificó al
Hijo (Jn. 10:36).
E) Dios santifico a los
sacerdotes y al pueblo de Israel (Ex. 29:44; 31:13).
F) La voluntad de Dios es
nuestra santificación (1 Ts. 4:3).
G) Nuestra santificación de
parte de Dios se efectúa: por medio de nuestra unión con Cristo (1 Co. 1:2,
30); por la Palabra de Dios (Jn. 17:17; cf. 1 Ti. 4:5); por la sangre de Cristo
(He. 9:13; 13:12); por el cuerpo de Cristo (He. 10:10); por el Espíritu (1 P.
1:2); por nuestra propia elección (He. 12:14; 2 Ti. 2:21, 22); por la fe (Hch.
26:18).
3. Dios santifica días, lugares
y cosas (Gn. 2:3; Ex. 29:43).
4. El hombre puede santificar a
Dios. Esto puede hacerlo al poner a Dios aparte en el pensamiento como un Ser
santo. Santificado sea tu nombre> (Mt. 6:9). Sino santificad a Dios el Señor
en vuestros corazones (1 P. 3:15).
5. El hombre puede santificarse
a sí mismo. Muchas veces Dios llamó a los israelitas a que se santificaran a sí
mismos. Él nos exhorta: «Sed santos porque yo soy santo.» También: «Así que, si
alguno se limpia de estas cosas [vasos de deshonra e iniquidad], será
instrumento para honra, santificado, útil al Señor» (2 Ti. 2:21). La auto santificación
se puede realizar solamente por los medios divinamente provistos. Los cristianos
son exhortados a presentar sus cuerpos como un sacrificio vivo, santo y agradable
a Dios (Ro. 12:1). Se les exhorta a salir de en medio de los hombres y apartarse
de ellos (2 Co. 6:17). Teniendo estas promesas, ellos deben limpiarse «de toda
contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de
Dios> (2 Co. 7:1). «Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los
deseos de la carne» (Ga. 5:16).
6. El hombre puede santificar a
personas y cosas. «Porque el marido incrédulo es santificado en la mujer, y la
mujer incrédula en el marido; pues de otra manera vuestros hijos serian
inmundos, mientras que ahora son santos (santificados» (1 Co. 7:14). Moisés
santificó al pueblo (Ex. 19:14). «Y santificaron la casa de Jehová» (2 Cr. 29:17).
7. Una cosa puede santificar a
otra. «Porque ¿Cuál es mayor, el oro, o el templo que santifica al oro?» «¿Cuál
es mayor, la ofrenda, o el altar que santifica la ofrenda?» (Mt. 23:17, 19).
En esta
limitada consideración de las Escrituras sobre el tema de la santificación y la
santidad se hace evidente que el significado de la palabra es separar con un
propósito santo. Lo que es puesto aparte no siempre es purificado. A veces, lo
que es separado puede participar del carácter de santidad, y en otras ocasiones
esto es imposible, como cuando se trata de cosas inanimadas. Sin embargo, una
cosa que en sí misma no puede ser santa ni tampoco no santa, es tan santificada
cuando Dios la separa como lo es una persona cuyo carácter moral puede ser
transformado. También es evidente que, cuando estas cualidades morales existen,
la limpieza y purificación son requeridas, aunque no siempre (1 Co.7:14).
D. LOS TRES ASPECTOS
PRINCIPALES DE LA SANTIFICACIÓN
Aunque
el Antiguo Testamento contiene una extensa revelación de la doctrina de la santificación,
especialmente relacionada con la ley de Moisés e Israel, el Nuevo Testamento
proporciona una clara visión de los principales aspectos de la santificación.
El
Nuevo Testamento considera tres divisiones de la doctrina:
1) santificación posicional,
2) santificación experimental,
3) santificación final.
1. La santificación posicional
es una santificación y una santidad que se efectúa por Dios a través del cuerpo
y la sangre derramada de nuestro Señor Jesucristo. Los creyentes han sido
redimidos y purificados en su preciosa sangre; se nos han perdonado todos
nuestros pecados y hemos llegado a ser justos por medio de nuestra identificación
con Él; justificados y purificados. Ellos son los hijos de Dios. Y todo esto indica
una separación y clasificación profunda y eterna, por medio de la gracia salvadora
de Cristo. Esta basada sobre los hechos de una posición que son una verdad para
cada cristiano. De ahí que se dice que cada cristiano esta posicionalmente santificado
y es un santo delante de Dios. Esta posición no tiene otra relación con la vida
diana del creyente que la de poder inspirarle a vivir santamente. De acuerdo a
las Escrituras, la posición del cristiano en Cristo es el incentivo más
poderoso para una vida de santidad.
Las grandes epístolas doctrinales observan este
orden. Declaran primero las maravillas de la gracia salvadora, y entonces
concluyen con una exhortación a los creyentes para que vivan de acuerdo a la
nueva posición que Dios les ha concedido (cf. Ro. 12:1; Ef. 4:1; Col. 3:1). No
hemos sido aceptos en nuestros propios méritos; somos aceptados en el Amado. No
somos justos en nosotros mismos: Él ha sido hecho nuestra justicia. No somos
redimidos en nosotros mismos, sino que Cristo ha venido a ser nuestra redención.
No somos santificados posicionalmente por la clase de vida que diariamente estamos
viviendo; sino que Él nos ha sido hecho nuestra santificación. La santificación
posicional es tan perfecta como Él es perfecto. Del mismo modo como Él ha sido
puesto aparte, nosotros, los que estamos en Él, hemos sido puestos aparte.
La santificación posicional es tan completa para el
más débil como para el más fuerte de los santos. Depende solamente de su unión
y posición en Cristo. Todos los creyentes son considerados como « dos santos».
Y también como «los santificados» (nótese Hch. 20:32; 1 Co. 1:2; 6:11; He.
10:10, 14; Jud. 1). La prueba de que, a pesar de su imperfección, los creyentes
están santificados y son, como consecuencia, santos, se encuentra en 1
Corintios. Los cristianos de Corinto vivían una vida no santa (1 Co. 5:1- 2;
6:1-8), y, sin embargo, dos veces se dice que ellos habían sido santificados (1
Co.1:2; 6:11).
Por su posición, entonces, los cristianos son
correctamente llamados «los santos hermanos», y «santos». Ellos han sido
«santificados por la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una sola vez (He.
10:10), y son «nuevos hombres» creados «conforme a Dios en justicia y en
santidad de verdad» (Ef. 4:24). La santificación posicional y la santidad
posicional son santificación y santidad «verdaderas». En su posición en Cristo,
el cristiano es justo y acepto delante de Dios para siempre. Comparado con
esto, ningún otro aspecto de esta verdad puede tener igual importancia. Sin
embargo, no debe concluirse que una persona es santa o santificada solo porque
se diga que está en una posición santa o de santificación.
Aunque todos los creyentes están posicionalmente
santificados, no hay referencias en las Escrituras a su vida diaria. El aspecto
de la santificación y la santidad de la vida diaria se encuentra en un conjunto
muy diferente de porciones de la Escritura que pueden asociarse bajo el tema de
la santificación experimental.
2. La santificación
experimental es el segundo aspecto de la doctrina en el Nuevo Testamento y
tiene que ver con la santificación como una experiencia para el creyente. Así
como la santificación posicional está absolutamente desligada de la vida diaria,
así la santificación experimental está absolutamente desligada de la posición
en Cristo. La santificación experimental puede depender: a) del grado de
rendición del creyente a Dios, b) del grado de separación del pecado, c) del
grado del crecimiento espiritual.
A) La
santificación experimental es el resultado de la rendición a Dios. La completa dedicación
de nosotros mismos a Dios es nuestro culto racional: «Así que, hermanos, os ruego
pon las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio
viva, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional» (Ro. 12:1).
Hacienda esto, el cristiano es puesto aparte pan su propia elección. Esta es
una voluntaria separación para Dios y es un aspecto importante de la
santificación experimental. «Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y
hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación» (Ro. 6:22).
Lo mismo que en el caso de la justificación y del
perdón, la santificación no se puede experimentar como sentimiento o emoción.
Una persona puede disfrutar de paz y tener plenitud de gozo por creer que él
está puesto aparte para Dios. Así también, par el hecho de rendirse a Dios, se
hace posible una nueva plenitud del Espíritu, que produce bendiciones antes no
conocidas. Esto puede suceder gradual a súbitamente. Peno en todo caso no es la
santificación lo que se experimenta; es la bendición del Espíritu realizada a
través de la santificación o de una separación para Dios.
B) La
santificación experimental es el resultado de la liberación del pecado. La
Biblia toma en cuenta los pecados de los cristianos de una manera completa. No
enseña solamente que los que no tienen pecado son salvos; pon el contrario,
existe una exacta consideración de ellos y una abundante provisión pana los
pecados de los santos.
Esta provisión puede ser preventiva y curativa.
Hay tres provisiones divinas para la prevención del
pecado en el cristiano:
1) La
Palabra de Dios con sus claras instrucciones (Sal. 119:11);
2) el
ministerio actual de intercesión que Cristo realiza desde el cielo (Ro. 8:34;
He. 7:25; cf. Lc. 22:31-32; Jn. 17:1-26); y;
3) el
poder capacitador del Espíritu que mona en el creyente (Ga. 5:16; Ro. 8:4).
Sin embargo, si el cristiano cae en pecado, hay un
remedio provisto por Dios, y es el oficio de abogado defensor que Cristo
realiza desde el cielo en virtud de su muerte expiatoria. Solamente por este
medio pueden ser guardados con seguridad los imperfectos creyentes.
Es imperativo que Dios prevenga el pecado en el caso
de cada hijo suyo, por cuanto mientras el creyente esté en el cuerpo, conservará
su naturaleza caída y será vulnerable al pecado (Ro. 7:21; 2 Co. 4:7; 1 Jn.
1:8). Las Escrituras no prometen la erradicación de esta naturaleza; en cambio,
promete una victoria permanente, momento a momento, por el poder del Espíritu
(Ga. 5:16-23). Esta victoria será realizada cuando se la reclame por fe y se
cumplan las condiciones necesarias para una vida llena del Espíritu.
Jamás se dice que la naturaleza pecaminosa misma
haya muerto. Fue crucificada, muerta y sepultada con Cristo; pero puesto que
esto sucedió hace dos mil años y aún la vemos en acción, la expresión se
refiere a un juicio divino contra la naturaleza pecaminosa que fue ejecutado en
Cristo cuando Él «murió al pecado». No existe una enseñanza bíblica en el
sentido de que algunos cristianos han muerto al pecado y otros no. Los pasajes
incluyen a todos los que son salvos (Ga. 5:24; Cal. 3:3). En la muerte de Cristo
todos los creyentes han muerto al pecado; pero no todos los creyentes han tomado
posesión de las riquezas provistas en aquella muerte. No se nos pide que muramos
experimentalmente, o que pongamos en práctica su muerte; se nos pide que nos
«consideremos» muertos al pecado. Esta es responsabilidad humana (Ro. 6:1-14).
Toda victoria sobre el pecado es en sí misma una
separación hacia Dios y, por lo tanto, es una santificación. Esa victoria
debiera ir en aumento a medida que el creyente se va dando cuenta de su
incapacidad y comienza a maravillarse en el poder divino.
c) La experiencia de la
santificación está relacionada con el crecimiento cristiano. A los cristianos
les falta madurez en la sabiduría, el conocimiento, la experiencia y la gracia.
Se les dice que deben crecer en todas estas cosas, y ese crecimiento debe ser manifiesto.
Deben crecer en la gracia y el
conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo» (2 P. 3:18). Al contemplan
la gloria del Señor como en un espejo, «somos transformados de gloria en gloria
en la misma imagen, coma par el Espíritu del Señor» (2 Co. 3:18). Esta
transformación tendrá el efecto de ponerlos cada vez más lejos del pecado. En
ese sentido serán más santificados.
El cristiano puede ser «irreprensible», aunque no se
puede decir que no tiene faltas. El niño que con mucho trabajo hace sus
primeras letras en un cuaderno es irreprensible en la tarea realizada, pero su
trabajo no es perfecto. Podemos caminar en la medida completa de nuestro
entendimiento actual; sin embargo, sabemos que no vivimos a la altura de la
mayor luz y experiencia que tendremos mañana. Hay perfección dentro de la
imperfección. Nosotros, siendo tan imperfectos, tan faltos de madurez, tan
dadas al pecada, podemos «permanecen en Él»
3. Santificación definitiva es
aquel aspecto relacionado con nuestra perfección final, y la poseeremos en La
gloria. Por su gracia y par su poder transformador, Él nos habrá transformada
de tal modo “espíritu, alma y cuerpo2 que seremos coma él es, seremos «conformados
a su imagen» Entonces nos hará entrar «perfectos»en la presencia de su gloria.
Su esposa estará libre de toda «mancha y arruga» Par lo tanto, es propia que
nos «abstengamos de toda apariencia de mal. Y el mismo Dios de paz os
santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea
guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo» (1 Ts.
5:22-23).
PREGUNTAS
1. ¿Por
qué es necesario tener una comprensión correcta de la doctrina de la santificación?
2. ¿Cuál
es el sentido básico de la santificación en las Escrituras y qué palabras se
usan para expresarla?
3.
¿Cuáles son los peligros de interpretar la doctrina de la santificación por la experiencia?
4. ¿Cómo
se puede relacionar adecuadamente la doctrina de la santificación con otras doctrinas
bíblicas?
5. ¿Hasta
qué punto se menciona en la Biblia la santificación en sus diversas formas?
6.
¿Implica la santificación una perfección total en relación al pecado, a una
decisión de llegar a la santidad?
7. ¿Hasta
qué punto está relacionada la santificación con la calidad de nuestra vida cotidiana?
8. ¿Por
qué la santidad no está sujeta a progresos?
9. ¿En
qué sentido se dice que Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo santifican a las personas?
10. ¿En
qué sentido santifica Dios los días, lugares y cosas?
11. ¿En
qué sentido puede un hombre santificar a Dios?
12. ¿En
qué sentido puede un hombre santificarse a si misma?
13. ¿.Es
posible que un hombre santifique personas y cosas?
14. ¿Cómo
puede una cosa santificar a otra cosa?
15. ¿Cómo
se relaciona la santificación a la purificación de un objeto, en sus diversos usos?
16.
¿Cuáles son los tres aspectos importantes de la santificación?
17. ¿Cómo
se efectúa la santificación posicional?
18. ¿Cuál
es la relación entre santificación posicional y vida santa en las epístolas doctrinales?
19. ¿Hasta
qué punto está la santificación posicional inmediatamente completa para cada
hijo de Dios?
20. ¿Cuál
es la diferencia entre santificación experimental y santificación posicional?
21. ¿De
qué factores depende la santificación experimental?
22. ¿Qué
relación han entre la rendición a Dios y la santificación experimental?
23. ¿Qué
relación hay entre la santificación experimental y las emociones?
24. ¿Cuál
es la relación entre la santificación experimental y la liberación del pecado?
25.
¿Cuales son las tres provisiones de Dios para que el cristiano pueda prevenir
el pecado?
26. Hacer
un contraste entre el método divino pana la liberación del pecado con el método
sugerido de la erradicación de la naturaleza pecaminosa del hombre.
27. ¿Es
verdadero afirmar que algunos cristianos han muerto al pecado y otras no?
28. ¿Que
significa el mandamiento de que nos «consideremos» muertos al pecado?
29. ¿En
qué forma está relacionada la santificación experimental con el crecimiento cristiano?
30. ¿Cuál
es la diferencia entre afirmar que un cristiano es «irreprensible» y afirmar que
es perfecto?
31. Hacer
un contraste entre nuestra experiencia actual de santificación y nuestra santificación
definitiva en los cielos.
32. Hacer
un contraste entre la posición y estado espiritual actual del creyente y su posición
y estado en el cielo.
LA SEGURIDAD PRESENTE DE LA
SALVACIÓN
A. LA IMPORTANCIA DE LA
SEGURIDAD
En la
experiencia cristiana, la seguridad de que uno es salvo por la fe en Cristo es esencial
para el cumplimiento de todo el programa de crecimiento en la gracia y el conocimiento
de Cristo. La seguridad es asunto de experiencia y se relaciona con la confianza
personal en la salvación presente. No se debe confundir con la doctrina de la
seguridad eterna del creyente, que discutiremos en el próximo capítulo. La seguridad
eterna es una cuestión de doctrina, mientras la seguridad presente es un asunto
de lo que la persona cree en un momento dado acerca de su salvación personal.
La
seguridad presente depende de tres aspectos importantes de la experiencia:
1) comprensión
de que la salvación provista en Cristo Jesús es completa;
2) el testimonio
confirmatorio de la experiencia cristiana;
3) aceptación
por fe de las promesas bíblicas de la salvación.
B. COMPRENSIÓN DE LA
NATURALEZA DE LA SALVACIÓN
Para
tener una verdadera seguridad de salvación es esencial tener una clara comprensión
de lo que Cristo obtuvo por medio de su muerte en la cruz. La salvación no es
una obra del hombre para agradar a Dios, sino una obra de Dios en favor del hombre.
Depende completamente de la gracia divina, sin tener en consideración ningún
mérito humano. La persona que comprende que Cristo murió en su favor y proveyó
una salvación completa que se ofrece a cualquiera que cree sinceramente en Cristo,
puede tener la seguridad de su salvación en cuanto cumple la condición de confiar
en Cristo como Salvador. En muchos casos la falta de seguridad se debe a una comprensión
incompleta de la naturaleza de la salvación. Una vez que se ha comprendido que
la salvación es un obsequio que no puede obtenerse por esfuerzos humanos, que
no puede merecerse y que está disponible como un don de Dios para todo aquel
que la reciba por fe, se ha echado una base adecuada para la seguridad de la
salvación, y la cuestión se resuelve por si sola en la respuesta a la pregunta
de si uno ha creído realmente en Cristo. Esta pregunta puede ser respondida por
las confirmaciones que se encuentran en la experiencia cristiana de una persona
que ha recibido la salvación.
Entre
las diversas realizaciones divinas que en conjunto constituyen la salvación de un
alma, la Biblia da un énfasis supremo a la recepción de una nueva vida de parte
de Dios. Más de 85 pasajes del Nuevo Testamento confirman este rasgo de la
gracia salvadora. La consideración de estos pasajes deja ver el hecho de que
esta vida impartida es don de Dios para todo aquel que cree en Cristo (Jn.
10:28; Ro. 6:23); es de Cristo (Jn. 14:6); es Cristo que mora en el creyente en
el sentido de que la vida eterna es inseparable de El (Col. 1:27; 1 Jn. 5:11,
12) y, por lo tanto, es eterna como El es eterno.
C. TESTIMONIO CONFIRMATORIO
DE LA EXPERIENCIA CRISTIANA
Basado
en el hecho de que Cristo mora en él, el creyente debe probarse a sí mismo si está
en fe (2 Co. 13:5); porque es razonable esperar que el corazón en que Cristo mora,
en condiciones normales, esté consciente de su maravillosa presencia. Sin embargo,
el cristiano no es dejado a merced de sus sentimientos e imaginaciones equívocos
en cuanto a la forma precisa en que se manifestará Cristo en su vida interior,
y esto queda claramente definido en las Escrituras. Esta revelación particular
tiene un propósito doble para el cristiano que está sujeto a la Palabra de Dios:
lo protege contra la suposición de que el emocionalismo carnal es de Dios— creencia
que ha encontrado muchos seguidores en la actualidad— y establece una norma de
realidad espiritual, para alcanzar la cual deben esforzarse constantemente los
cristianos.
Es
obvio que una persona inconversa, aunque sea fiel en su conformidad exterior a
la práctica religiosa, jamás manifestará la vida que es Cristo. De igual
manera, el cristiano carnal es anormal en el sentido de que no tiene modo de
probar por la experiencia que tiene la salvación. Aunque la vida eterna en sí
es ilimitada, toda experiencia cristiana normal es limitada por lo carnal (1
Co. 3:1-4).
El
cristiano carnal está tan perfectamente salvado como el cristiano espiritual, porque
ninguna experiencia, mérito o servicio forman parte de la base de la salvación.
Aunque aún sea un bebé, está en Cristo (1 Co. 3:1). Su obligación hacia Dios no
es ejercer la fe salvadora, sino someterse al propósito y voluntad de Dios. Es de
importancia fundamental comprender que una experiencia cristiana normal solo pueden
tenerla quienes están llenos del Espíritu.
La
nueva vida en Cristo que viene como resultado de ser salvo por la fe produce ciertas
manifestaciones importantes.
1. El
conocimiento de que Dios es nuestro Padre Celestial es una de las preciosas experiencias
que pertenecen a quien ha puesto su confianza en Cristo. En Mateo 11:27 se
declara que ninguno conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo lo quiera
revelar. Una cosa es saber algo acerca de Dios, experiencia posible en una persona
no regenerada, pero es algo muy distinto conocer a Dios, lo que solo puede ser
realizado en la medida que el Hijo lo revele, y <esta es la vida eterna: que
te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien has
enviado> (Jn. 17:3). La comunión con el Padre y con el Hijo es algo conocido
solamente por quienes «andan en luz» (1 Jn. 1:7). Por lo tanto, una experiencia
cristiana normal incluye una apreciación personal de la paternidad de Dios.
2. Una
realidad nueva en la oración es otra experiencia confirmatoria que conduce a la
seguridad presente. La oración asume un lugar muy importante en la experiencia del
cristiano espiritual. Se convierte gradualmente en su recurso más vital. Por
medio de la acción interior del Espíritu que mora en él, el creyente ofrece
alabanzas y acciones de gracias (Ef. 5:18-19), y par obra del Espíritu es capacitado
para orar en conformidad con la voluntad de Dios (Ro. 8:26-27; Jud. 20).
Además, es razonable creer que, puesto que el ministerio de Cristo en la tierra
y en el cielo ha sido y es en gran parte un ministerio de oración, la persona
en la cual El mora será guiada a la oración en forma normal.
3. Una
nueva capacidad para comprender las Escrituras es otra importante experiencia
relacionada con la salvación. Según la promesa de Cristo, el hijo de Dios entenderá
por obra del Espíritu las cosas de Cristo, las cosas del Padre y las cosas venideras
(Jn. 16:12-15). En el camino de Emaús, Cristo abrió las Escrituras a los que lo
oían (Lc. 24:32) y abrió los corazones de ellos a las Escrituras al mismo
tiempo0 (Lc. 24:45). Semejante experiencia, a pesar de ser tan maravillosa, no
es solamente para ciertos cristianos que gozan de un favor especial de Dios; es
la experiencia normal de todos los que están a cuentas con Dios (1 Jn. 2:27),
puesto que es una manifestación natural de Cristo que mora en el creyente.
4. Un
nuevo sentido de la pecaminosidad del pecado es una experiencia normal de la persona
que es salva. Así corno el agua quita todo lo que es ajeno e inmundo (Ez. 36:25;
Jn. 3:5; Tit. 3:5, 6; 1 P. 3:21; 1 Jn. 5:6-8), la Palabra de Dios desplaza
todas las concepciones humanas e implanta los ideales de Dios (Sal. 119:11), y
por la acción de la Palabra de Dios aplicada por el Espíritu, la manera divina
de estimar el pecado desplaza la estimación humana. Es imposible que Cristo,
que no tuvo pecado y sudó gotas de sangre al ser ofrecido como ofrenda por el
pecado, no produzca una nueva percepción de la naturaleza corrompida del pecado
en la persona en la cual mora, cuando tiene libertad para manifestar su
presencia.
5. Se
recibe un nuevo amor por los inconversos. El hecho de que Cristo murió por todos
los hombres (2 Co. 5:14- 15, 19) es la base que permite a Pablo decir: «De aquí
en adelante a nadie conocemos según la carne» (2 Co. 5:16). Dejando a un lado
todas las distinciones terrenales, él consideraba a los hombres, a través de
sus ojos espirituales, como almas por las cuales Cristo murió. Por la misma
razón, Pablo no cesaba de orar por los perdidos (Ro. 10:1) y de esforzarse por
alcanzarlos (Ro. 15:20), y por amor a ellos estaba dispuesto a «anatema,
separado de Cristo» (Ro. 9:1-3). Esta compasión divina debiera ser
experimentada por cada creyente lleno del Espíritu, como resultado de la
presencia divina en su corazón (Ro. 5:5; Ga. 5:22).
6. Se
experimenta también un nuevo amor por los salvados. En 1 Juan 3:14 se presenta
el amor por los hermanos como una prueba absoluta de la salvación personal.
Esto es razonable, ya que por la obra regeneradora del Espíritu Santo el creyente
es introducido a un nuevo parentesco con la casa y familia de Dios. Solo en ella
existe la paternidad verdadera de Dios y la verdadera hermandad entre los hombres.
El hecho de que la misma presencia divina esté en el interior de dos individuos
los relaciona en una forma vital y les otorga un lazo correspondiente de devoción.
El amor de un cristiano por otro es, de este modo, la insignia del verdadero discipulado
(Jn. 13:34-35), y este afecto es la experiencia normal de todos los que son
nacidos de Dios.
7. Una
base suprema para la seguridad de la salvación es la manifestación del carácter
de Cristo en el creyente. Las experiencias subjetivas resultantes debidas a la
Presencia divina no estorbada en el corazón se señalan con nueve palabras:
«Amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza,
(Ga. 5:22- 23), y cada palabra representa un mar de realidad en el plano del
carácter ilimitado de Dios. Esta es la vida que Cristo vivió (Jn. 13:34; 14:27;
15:11), es la vida de semejanza con Cristo (Fil. 2:5-7) y es la vida que es
Cristo (Fil. 1:21). Debido a que estas gracias son producidas par el Espíritu
que mora en cada creyente, esta experiencia ha sido provista para todos.
8. Las
experiencias combinadas de la vida cristiana producen una conciencia de salvación
por fe en Cristo. La fe salvadora en Cristo es una experiencia bien clara. El apóstol
Pablo decía acerca de Si: «Yo sé a quién he creído» (2 Ti. 1:12). La confianza personal
en el Salvador es un acto tan definido de la voluntad y una actitud tan clara de
la mente, que difícilmente podría uno engañarse al respecto. Pero Dios tiene el
propósito de que el cristiano normal esté seguro en su propio corazón de que ha
sido aceptado por Dios. El cristiano espiritual recibe el testimonio del
Espíritu de que es hijo de Dios (Ro. 8:16). En forma similar, habiendo aceptado
a Cristo, el creyente no tendrá más conciencia de condenación a causa del
pecado (Jn. 3:18; 5:24; Ro. 8:1; He. 10:2). Esto no implica que el cristiano no
estará consciente del pecado que comete; se trata más bien de que está
consciente de haber sido aceptado eternamente por Dios por media de la obra de
Cristo (Ef. 1:6; Col. 2:13), que es la porción de todo aquel que cree.
Al
concluir la enumeración de los elementos esenciales de una verdadera experiencia
cristiana, debemos dejar claramente establecido que en todo ello queda excluido
el emocionalismo puramente carnal, y que la experiencia del creyente será
normal solamente cuando anda en la luz (1 Jn. 1:7).
D. ACEPTACIÓN DE LA
VERACIDAD DE LAS PROMESAS DE LA BIBLIA
1. La
confianza en la veracidad de la Biblia y en el cumplimiento cierto de sus promesas
de salvación es esencial para tener la seguridad de la salvación. Por sobre toda
experiencia y aparte de cualquier experiencia que el cristiano pueda tener experiencia que a menudo es muy indefinida a
causa de la carnalidad, se ha dado la evidencia permanente de la infalible
Palabra de Dios. El apóstol Juan se dirige a los creyentes en los siguientes
términos:«Estas cosas as he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo
de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna» (1 Jn. 5:13). Por medio de
este pasaje se da seguridad a todo creyente, carnal o espiritual por igual,
para que sepan que tienen vida eterna. Esta seguridad se hace descansar, no en
experiencias cambiantes, sino sobre las cosas que están escritas en la
inmutable Palabra de Dios (Sal. 119:89, 160; Mt. 5:18; 24:35; 1 P. 1:23, 25). Las
promesas escritas de Dios son como un título de dominio (Jn. 3:16, 36; 5:24; 6:37;
Hch. 16:31; Ro. 1:16; 3:22, 26; 10: 13), y así exigen confianza. Estas promesas
de salvación forman el pacto incondicional de Dios baja la gracia, sin
exigencia de méritos humanos, sin necesidad de experiencias humanas que prueben
su verdad. Estas poderosas realidades deben ser consideradas como cumplidas
sobre la única base de la veracidad de Dios.
2. Dudar
si uno realmente ha puesto su fe en Cristo y las promesas de Dios es destructivo
de la fe cristiana. Hay multitudes que no tienen ninguna certeza de haber hecho
una transacción personal con Cristo acerca de su salvación. Aunque no es esencial
que uno sepa el día y la hora de su decisión, es imperativo que sepa que ahora
está confiando en Cristo sin referencia al tiempo en que comenzó a confiar. El apóstol
Pablo afirma que está «seguro que [Dios] es poderoso para guardar mí deposito»,
esto es, lo que él había entregado a Dios para que se lo guardara (2 Ti. 1:12).
Obviamente, la cura para la incertidumbre acerca de si se ha recibido a Cristo
es recibir a Cristo ahora, teniendo en cuenta que ningún mérito personal ni
obra religiosa tiene valor: sólo Cristo puede salvar. La persona que no está
segura de haberse entregado a Dios pan fe para recibir la salvación que solo
Dios puede dan, puede remediar esta falta dando un paso definitivo de fe. Este
es un acto de la voluntad, aunque podría estar acompañado de la emoción y exige
necesariamente la comprensión de la doctrina de la salvación. A muchos ha
ayudado el decir en oración:«Señor, si nunca he puesto mi confianza en ti
antes, ahora lo hago.» No se puede experimentar una verdadera seguridad de
salvación si no hay un acto específico de recibir por fe a Cristo como
Salvador.
3. Dudar
de la fidelidad de Dios es también fatal para cualquier experiencia verdadera
de seguridad. Algunos no están seguros de su salvación porque no están seguros
de que Dios los haya recibido y salvado. Este estado mental normalmente es provocado
par la búsqueda de un cambio en los sentimientos en lugar de ponen la mirada en
la fidelidad de Cristo. Los sentimientos y las experiencias tienen su lugar, pero,
coma se dijo antes, la evidencia definitiva de la salvación personal es la veracidad
de Dios. La que El ha dicho, hará, y no es piadoso ni digno de elogio el que una
persona desconfíe de su salvación después de haberse entregado en forma definida
a Cristo.
4. La
seguridad de salvación, consecuente-mente, depende de la comprensión de la naturaleza
de la salvación completa de Dios para quienes ponen su con fianza en Cristo. En
parte, puede hallarse una confirmación en la experiencia cristiana, y normalmente
hay un cambio de vida en la persona que ha confiada en Cristo coma su Salvador.
Es esencial que comprenda que la seguridad de salvación depende de la certeza
de las promesas de Dios y de la seguridad de que el individuo se ha entregado a
Cristo pon fe confiando en que El cumplirá estas promesas. La persona que se ha
entregado de este modo puede descansan en que la fidelidad de Dios, que no
puede mentir, cumplirá su promesa de salvar al creyente par su divino poder y
gracia.
PREGUNTAS
1. ¿Cómo
puede usted distinguir la doctrina de la seguridad presente de la doctrina de
la seguridad eterna?
2. ¿Por
qué es importante la seguridad de la salvación?
3. ¿Cómo
se relaciona la seguridad de la salvación con el significada de la muerte de Cristo?
4. ¿En
qué forma se relaciona la seguridad con el conocimiento de que la salvación es un
dan?
5. ¿En
qué forma se relaciona la seguridad con el conocimiento de que la salvación es por
gracia solamente?
6. ¿Es
razonable suponer que un cristiano sabrá que es salvo?
7. ¿Hasta
qué punto estará sujeto a la pérdida de su seguridad de salvación un cristiano
carnal?
8. ¿En
qué forma se relaciona la seguridad con el conocimiento de que Dios es nuestro
Padre Celestial?
9. ¿En
qué sentido constituye la realidad de la oración una experiencia confirmatoria de
la salvación?
10.
Relacionan la capacidad de entender las Escrituras con la seguridad de la salvación.
11. ¿En
qué sentido se relaciona la percepción de la pecaminosidad del pecado con la seguridad
de la salvación?
12. ¿En
qué forma constituye una base para la seguridad la salvación el amar par los perdidos?
13. ¿Por
qué da seguridad de salvación el amor por otro cristiano?
14.
Relacionan el fruto del Espíritu con la seguridad de salvación.
15. ¿En
qué forma ayuda a la seguridad de la salvación el poner la fe en Cristo en un acto
definido?
16. ¿En
qué forma se relaciona la aceptación de las promesas de salvación en la Biblia con
la seguridad de salvación?
17. ¿Es
necesario saber el momento exacto en que el creyente confió en Cristo?
18. ¿Es
importante saber que ahora uno confía en Cristo coma su Salvador?
19. ¿Qué
debe hacen una persona si no tiene la seguridad de la salvación?
20. ¿Qué
relación hay entre la seguridad de la salvación y la fidelidad de Dios?
LA SEGURIDAD ETERNA DE LA
SALVACIÓN
Aunque
la mayoría de los creyentes en Cristo acepta la doctrina de que pueden tener la
seguridad de su salvación en determinado momento en su experiencia, muchas veces
se hace la pregunta: « ¿Puede perderse una persona que ha sido salva?» Puesto que
el temor de perder la salvación podría afectar seriamente la paz mental de un creyente,
y por cuanto su futuro es tan vital, esta pregunta constituye un aspecto importantísimo
de la doctrina de la salvación.
La
afirmación de que una persona salvada puede perderse nuevamente está basada sobre
ciertos pasajes bíblicos que parecen ofrecer dudas acerca de la continuidad de la
salvación. En la historia de la iglesia ha habido sistemas opuestos de
interpretación conocidos como Calvinismo, en apoyo de la seguridad eterna, y
Arminianismo, en oposición a la seguridad eterna (cada uno denominado según el
nombre de su apologista más célebre, Juan Calvino y Jacobo Arminio).
A. PUNTO DE VISTA ARMINIANO
DE LA SEGURIDAD.
Los que
sustentan el punto de vista Arminiano dan una lista de unos ochenta y cinco pasajes
que sustentan la seguridad condicional. Entre éstos los más importantes son: Mt. 5:13;
6:23; 7:16-19; 13:1-8; 18:23-35; 24:4-5, 11- 13, 23-26; 25:1-13;Lc. 8:11-15; 11:24-28;
12:42-46; Jn. 6:66-71; 8:31, 32, 51; 13:8;15:1-6; Hch. 5:32; 11:21-23; 13:43;
14:21-22; Ro. 6:11-23; 8:12-17; 11:20-22; 14:15-23; 1 Co. 9:23-27; 10:1-21; 11:29-32;
15:1-2;2 Co. 1:24; 11:2-4; 12:21-13:5; Ga. 2:12-16; 3:4-4:1; 5:1-4;6:7-9; Col.
1:21-23; 2:4-8, 18-19; 1 Ts. 3:5; 1 Ti. 1:3-7, 18- 20; 2:11-15; 4:1-16; 5:5-15;
6:9- 12, 17-21;
2 Ti. 2:11-18, 22-26; 3:13-15; He. 2:1-3; 3:6-19; 4:1-16; 5:8-9; 6:4-20; 10:19-39;
11:13-16; 12:1-17, 25-29; 13:7-17; Stg. 1:12-26; 2:14-26; 4:4-10; 5:19-20; 1 P. 5:9,
13; 2 P. 1:5-11; 2:1- 22; 3:16-17; 1 Jn. 1:5 - 3:11; 5:4-16; 2 Jn. 6-9; Jud.
5-12, 20-21;
Ap. 2:7, 10-11, 17-26; 3:4-5, 8-22; 12:11; 17:14; 21:7-8; 22:18-19.
El
estudio de estos pasajes requiere la consideración de una cierta cantidad de preguntas.
1.
Probablemente la cuestión más importante que enfrenta el intérprete de la
Biblia tocante a este tema es la de poder saber quién es un creyente verdadero.
Muchos de los que se oponen a la doctrina de la seguridad eterna lo hacen sobre
la base de que es posible que una persona tenga una fe intelectual sin haber
llegado realmente a la salvación. Los que se adhieren a la doctrina de la
seguridad eterna están de acuerdo en que una persona puede tener una conversión
superficial, o sufrir un cambio de vida solamente exterior, de pasos externos
como aceptar a Cristo, unirse a la iglesia o bautizarse, y aun llegue a
experimentar un cierto cambio en su patrón de vida, pero sin que haya alcanzado
la salvación en Cristo. Aunque es imposible establecer normas acerca de como
distinguir a una persona salvada de una no salva, obviamente no hay dudas al
respecto en la mente de Dios.
El creyente individual debe asegurarse en primer
lugar de que ha recibido realmente a Cristo como su Salvador. En esto es de
ayuda comprender que recibir a Cristo es un acto de la voluntad que puede
necesitar algún conocimiento del camino de salvación y podría, hasta cierto
punto, tener una expresión emocional, pero la cuestión fundamental es ésta: «
¿He recibido realmente a Jesucristo como mi Salvador personal?» Mientras no se
haya enfrentado honestamente esta pregunta no puede haber, por supuesto, una
base para la seguridad eterna, ni una verdadera seguridad presente de la salvación.
Muchos que niegan la seguridad eterna solo quieren decir que la fe superficial
no es suficiente para salvar. Los que sostienen la seguridad eterna están de
acuerdo con este punto. La forma correcta de plantear el problema es si una
persona que actualmente es salvo y que ha recibido la vida eterna puede perder
lo que Dios ha hecho al salvarlo del pecado.
2. Muchos
de los pasajes citados por los que se oponen a la seguridad eterna se refieren
a las obras humanas o la evidencia de la salvación. El que es verdaderamente
salvo debiera manifestar su nueva vida en Cristo por medio de su carácter y sus
obras. Sin embargo, puede ser engañoso juzgar a una persona por las obras. Hay
quienes no son cristianos y pueden conformarse relativamente a la moralidad de
la vida cristiana, mientras hay cristianos genuinos que pueden caer, a veces,
en la carnalidad y el pecado en un grado tal que no se les puede distinguir de los
inconversos. Todos están de acuerdo en que la sola reforma moral mencionada en Lucas
11:24-26 no es una salvación genuina, y el regreso al estado de vida anterior
no es perder la salvación.
Varios pasajes presentan el importante hecho de que
la profesión cristiana es justificada por sus frutos. Bajo condiciones
normales, la salvación que es de Dios se probará por los frutos que produce
(Jn. 8:31; 15:6; 1 Co. 15:1-2; He. 3:6-14; Stg. 2:14-26; 2 P. 1:10; 1 Jn.
3:10). Sin embargo, no todos los cristianos en todos los tiempos manifiestan
los frutos de la salvación. En consecuencia, los pasajes que tratan las obras
como evidencias de la salvación no afectan necesariamente la doctrina de la
seguridad eterna del creyente, ya que la pregunta decisiva es si Dios mismo
considera que una persona es salva.
3. Muchos
pasajes citados para apoyar la inseguridad de los creyentes son advertencias
contra una creencia superficial en Cristo. En el Nuevo Testamento se advierte a
los judíos que, puesto que los sacrificios han cesado, deben volverse a Cristo
o perderse (He. 10:26). De igual manera, los judíos no salvados, al igual que
los gentiles, reciben la advertencia de no «caer» de la obra iluminadora y
regeneradora del Espíritu (He. 6:4-9). Se advierte a los judíos no espirituales
que ellos no serán recibidos en el reino venidero (Mt. 25:1-13). Se advierte a
los gentiles, grupo opuesto a Israel como grupo, del peligro de perder por su
incredulidad el lugar de bendición que tienen en la era actual (Ro. 11:21).
4.
Algunos pasajes hablan de recompensas y no de la salvación. Una persona que es salva
y que está segura en Cristo puede perder su recompensa (1 Co. 3:15; Col. 1:21- 23)
y recibir una reprobación en cuanto al servicio a Cristo (1 Co.9:27).
5. Un
cristiano genuino también puede perder su comunión con Dios a causa del pecado
(1 Jn. 1:6) y ser privado de alguno de los beneficios presentes del creyente, tales
como el de tener el fruto del Espíritu (Ga. 5:22-23) y el de disfrutar de la satisfacción
de un servicio cristiano efectivo.
6. A
causa de su descarrío, un creyente verdadero puede ser castigado o disciplinado
así como un niño es disciplinado por su padre (Jn. 15:2; 1 Co. 11:29-32; 1 Jn.
5:16), y podría llegar al punto de quitarle la vida física. Sin embargo, este
castigo no es evidencia de falta de salvación, antes al contrario, es evidencia
de que es hijo de Dios que está siendo tratado como tal por su Padre Celestial.
7. Según
las Escrituras, también es posible que un creyente esté «caído de la gracia» (Ga.
5:1-4). Debidamente interpretado, esto no se refiere a que un cristiano pierda
la salvación, sino a la caída de una situación de gracia en la vida y la
pérdida de la verdadera libertad que tiene en Cristo por haber regresado a la
esclavitud del legalismo. Esta caída es de un nivel de vida, no de la obra de
la salvación.
8. Muchas
de las dificultades tienen relación con pasajes tomados fuera de su contexto,
especialmente en pasajes que se relacionan con otra dispensación. El Antiguo
Testamento no da una clara visión de la seguridad eterna, aunque puede
suponerse sobre la base de la enseñanza del Nuevo Testamento que un santo del Antiguo
Testamento que era verdaderamente nacido de nuevo estaba tan seguro como un
creyente de la era actual. Sin embargo, los pasajes que se refieren a una dispensación
pasada o futura deben ser interpretados en su contexto, tal como Ezequiel
33:7-8, y pasajes de gran importancia como Deuteronomio 28, que tratan de las
bendiciones y maldiciones que vendrán a Israel por Ia obediencia o
desobediencia de la ley. Otros pasajes se refieren a maestros falsos y no
regenerados de los últimos días (1 Ti. 4:1-2; 2 P. 2:1-22; Jud. 17-19), que son
personas que aunque han hecho una profesión de ser cristianos, jamás han
llegado a tener la salvación.
9. Un
cierto número de pasajes presentados en apoyo de la inseguridad han sido sencillamente
mal interpretados, como Mateo 24:13: «El que persevere hasta el fin, éste será
salvo.» Esto se refiere no a la salvación de la culpa y el poder del pecado, sino
a la liberación de los enemigos y de la persecución. Este versículo se refiere
a los que sobreviven de la tribulación y son rescatados por Jesucristo en su
segunda venida. La Escritura enseña claramente que muchos creyentes verdaderos
morirán como mártires antes de la venida de Cristo y no permanecerán, o
sobrevivirán hasta que Cristo vuelva (Ap. 7:14). Este pasaje ilustra cómo puede
dársele aplicaciones equivocadas a un versículo en relación con la cuestión de
la seguridad e inseguridad.
10. La
respuesta final a la cuestión de la seguridad o inseguridad del creyente está
en la respuesta a la pregunta «¿quién realiza la obra de salvación?». El
concepto de que el creyente una vez salvado es siempre salvo está basado sobre
el principio de que la salvación es obra de Dios y no descansa en mérito alguno
del creyente y no se conserva por ningún esfuerzo del creyente. Si el hombre
fuera el autor de la salvación, ésta sería insegura. Pero siendo la obra de
Dios, es segura.
La
sólida base bíblica para creer que una persona salvada es siempre salva está apoyada
por lo menos por doce argumentos importantes. Cuatro se refieren a la obra del
Padre, cuatro a la del Hijo y cuatro a la del Espíritu Santo.
B. LA OBRA DEL PADRE EN LA
SALVACIÓN
1. La
Escritura revela la soberana promesa de Dios, que es incondicional y promete salvación
eterna a todo aquel que cree en Cristo (Jn. 3:16; 5:24; 6:37). Obviamente Dios
puede cumplir lo que promete, y su voluntad inmutable se revela en Ro. 8:29- 30.
2. El
poder infinito de Dios puede salvar y guardar eternamente (Jn. 10:29; Ro. 4:21;
8:31,
38-39; 14:4; Ef. 1: 19- 21; 3: 20; Fil. 3:21; 2 Ti. 1: 12; He. 7: 25; Jud. 24).
Es
claro que Dios no solamente tiene fidelidad para el cumplimiento de sus
promesas, sino el poder de realizar todo lo que se propone hacer. Las
Escrituras revelan que Él quiere la salvación de los que creen en Cristo.
3. El
amor infinito de Dios no solamente explica el propósito eterno de Dios, sino
que asegura que su propósito se cumplirá (Jn. 3:16; Ro. 5:7-10; Ef. 1:4). En
Romanos 5:8-11 se dice que el amor de Dios por los salvados es mayor que su
amor por los no salvos, y esto asegura su seguridad eterna. El argumento es
sencillo: si amó tanto a los hombres que dio a su Hijo y lo entregó a la muerte
por ellos cuando eran «pecadores» y «enemigos», los amará mucho más cuando por
su gracia redentora sean justificados delante de sus ojos y sean reconciliados
con Él. El sobreabundante amor de Dios por los que ha redimido a un costo
infinito es suficiente garantía de que no permitirá jamás que sean arrebatados
de su mano sin que todos los recursos de su poder infinito se hayan agotado
(Jn. 10: 28-29); y, por descontado, el infinito poder de Dios jamás puede
agotarse. La promesa del Padre, el infinito poder del Padre y el amor infinito
del Padre hacen imposible que una persona que se haya entregado a Dios el Padre
por la fe en Jesucristo pierda la salvación que Dios opero en su vida.
4. La
justicia de Dios también garantiza la seguridad eterna de quienes han con fiado
en Cristo porque las demandas de la justicia divina han sido completamente satisfechas
por la muerte de Cristo, porque El murió por los pecados de todo el mundo (1
Jn. 2:2). Al perdonar el pecado y prometer la salvación eterna, Dios esta actuando
sobre una base perfectamente justa.
Al
salvar al pecador, Dios no lo hace sobre la base de la lenidad y es
perfectamente justo al perdonar no solamente a los del Antiguo Testamento que
vivieron antes de la cruz de Cristo, sino a todos los que vivan después de la
cruz de Cristo (Ro. 3:25-26). Consecuentemente, no se puede dudar de la
seguridad eterna del creyente sin poner en tela de juicio la justicia de Dios.
Así tenemos que se combinan su fidelidad a sus promesas, su poder infinito, su amor
infinito y su justicia infinita, para dar al creyente la absoluta seguridad de
su salvación.
C. LA OBRA DEL HIJO
1. La
muerte vicaria de Jesucristo en la cruz es garantía absoluta de la seguridad
del creyente. La muerte de Cristo es la respuesta suficiente al poder
condenatorio del pecado (Ro 8:34). Cuando se alega que el salvado puede
perderse nuevamente, generalmente se hace sobre la base de algún posible
pecado. Esta suposición necesariamente procede del supuesto de que Cristo no
llevo todos los pecados que el creyente cometa, y que Dios, habiendo salvado un
alma, puede verse sorprendido y desengañado por un pecado inesperado cometido
después de la salvación. Por el contrario, la omnisciencia de Dios es perfecta.
El conoce de antemano todo pecado o pensamiento secreto que pueda oscurecer la
vida de un hijo suyo, y la sangre expiatoria y suficiente de Cristo fue
derramada por aquellos pecados y Dios ha sido propiciado por la sangre (1 Jn.
2:2). Gracias a la sangre, que alcanza para los pecados de los salvados y no
salvados, Dios está en libertad de continuar su gracia salvadora hacia los que
no tienen méritos. El los guarda para siempre, no por amor a ellos solamente,
sino para satisfacer su propio amor y manifestar su propia gracia (Ro. 5:8; Ef.
2:7-10). Toda condenación es quitada para siempre por el hecho de que la
salvación y la preservación dependen solamente del sacrificio y los méritos del
Hijo de Dios (Jn.3:18; 5:24; Ro. 8:1; 1 Co. 11:31-32).
2. La
resurrección de Cristo, cono sello de Dios sobre la muerte de Cristo, garantiza
la resurrección y la vida de los creyentes (Jn. 3:16; 10:28; Ef. 2:6). Dos
hechos vitales conectados con la resurrección de Cristo hacen que la seguridad
eterna del creyente sea cierta. El don de Dios es vida eterna (Ro. 6:23), y
esta vida es la vida de Cristo resucitado (Col. 2:12; 3:1). Esta vida es eterna
como Cristo es eterno y no se puede disolver ni destruir así como Cristo no
puede disolverse ni destruirse. El hijo de Dios también es hecho parte de la
nueva creación en la resurrección de Cristo por el bautismo del Espíritu y la
recepción de la vida eterna. Como objeto soberano de la obra creativa de Dios,
la criatura no puede hacer que el proceso de creación vuelva atrás, y por
cuanto está en Cristo como el último Adán, no puede caer, porque Cristo no puede
caer. Aunque son evidentes los fracasos en la vida y experiencia cristiana, éstos
no afectan la posición del creyente en Cristo que es santo merced a la gracia
de Dios y a la muerte y resurrección de Cristo.
3. La
obra de Cristo como nuestro abogado en los cielos también garantiza nuestra seguridad
eterna (Ro. 8:34; He. 9:24; 1 Jn. 2:1). En su obra de abogado o representante
legal del creyente, Cristo invoca la suficiencia de su obra en la cruz como
base para la propiciación, o satisfacción de todas las demandas de Dios al pecador,
y así efectuar la reconciliación del pecador con Dios por medio de Jesucristo.
Dado que la obra de Cristo es perfecta, el creyente verdadero puede descansar
en la seguridad de la perfección de la obra de Cristo presentada por El mismo
como representante del creyente en el cielo.
4. La
obra de Cristo como nuestro intercesor suplementa y confirma su obra como abogado
nuestro (Jn. 17:1-26; Ro. 8:34; He. 7:23-25). El ministerio actual de Cristo en
la gloria tiene que ver con la seguridad eterna de los que en la tierra son
salvos. Cristo, al mismo tiempo, intercede y es nuestro abogado. Como
intercesor, tiene en cuenta la debilidad, la ignorancia y la inmadurez del
creyente, cosas acerca de las cuales no hay culpa. En este ministerio Cristo no
solamente ora por los suyos que están en el mundo y por todas sus necesidades
(Lc. 22:31- 32; Jn. 17:9, 15, 20; Ro. 8:34), sino que, sobre la base de su
propia suficiencia en su sacerdocio inmutable, garantiza que serán conservados
salvos para siempre (Jn. 14:19; Ro. 5:10; He. 7:25).
Tomada
como un todo, la obra de Cristo en su muerte, resurrección, abogacía e intercesión
proporciona una seguridad absoluta para quien está de este modo representado
por Cristo en la cruz y en el cielo. Si la salvación es una obra de Dios para
el hombre y no una obra del hombre para Dios, su resultado es cierto y seguro y
se cumplirá la promesa de Juan 5:24 de que el creyente no <<vendrá a
condenación’.
D. OBRA DEL ESPÍRITU SANTO
1. La
obra de regeneración o nuevo nacimiento en que el creyente es hecho participe de
la naturaleza divina es un proceso irreversible y obra de Dios (Jn. 1:13;
3:3-6; Tit. 3: 4-6; 1 P. 1:23; 2 P. 1:4; 1 Jn. 3:9). Así como no hay reversión
para el proceso de creación, no puede haber reversión para el proceso del nuevo
nacimiento. Por cuanto es una obra de Dios y no del hombre, y se realiza
completamente sobre el principio de la gracia, no hay una base justa o razón
por la que no deba continuar para siempre.
2. La
presencia interior del Espíritu en el creyente es una posesión permanente del creyente
durante La edad presente (Jn. 7:37-39; Ro. 5:5; 8:9; 1 Co. 2:12; 6:19; 1 Jn. 2:27).
En las épocas anteriores a Pentecostés no todos los creyentes poseían el Espíritu
en su interior aun cuando estaban seguros de su salvación; sin embargo, en la era
actual el hecho de que el cuerpo del creyente, aunque sea pecador y corrupto,
es templo de Dios, se constituye en otra evidencia confirmatoria del inmutable propósito
de Dios de acabar lo que comenzó al salvar al creyente. Aunque el Espíritu pueda
ser contristado por pecados no confesados (Ef. 4:30) y pueda ser apagado en el sentido
de ser resistido (1 Ts. 5:19), jamás se insinúa que estos actos causen la pérdida
de la salvación en el creyente. Antes bien, ocurre que el mismo hecho de la salvación
y de la presencia continua del Espíritu Santo en el corazón se constituye en la
base para el llamado a volver a caminar en comunión y conformidad con la voluntad
de Dios.
3. La
obra del Espíritu en el bautismo, por La cual el creyente es unido a Cristo y
al cuerpo de Cristo eternamente, es otra evidencia de la seguridad. Por el
ministerio bautismal del Espíritu, el creyente es unido al cuerpo del cual
Cristo es la Cabeza (1 Co. 6:17; 12:13; Ga. 3:27) y, por lo tanto, se dice que
está en Cristo. Estar en Cristo constituye una unión que es a la vez vital y
permanente. En aquella unión las cosas viejas “posición y relaciones que eran
base de la condenación” pasaron, y todas las posiciones y relaciones se han
hecho nuevas y son de Dios (2 Co. 5:17, 18). Al ser aceptado para siempre en el
amado, el hijo de Dios está tan seguro como aquél en quien está, y en quien
permanece.
4. La
presencia del Espíritu Santo en el creyente se dice que es el sello de Dios que
durará hasta el día de la redención, el día de La traslación o resurrección del
creyente (2 Co. 1:22; Ef. 1:13-14; 4:30). El sello del Espíritu Santo es obra
de Dios y representa la salvación y seguridad de la persona así sellada hasta que
Dios complete su propósito de presentar al creyente perfecto en el cielo; por
lo tanto, es otra evidencia de que una vez salvado el creyente es siempre
salvo.
Tomada
como un todo, la seguridad eterna del creyente descansa sobre la naturaleza de
la salvación. Es obra de Dios, no. obra de hombres. Descansa en el poder y la fidelidad
de Dios, no en la fortaleza y fidelidad del hombre. Si la salvación fuera por obras,
o si la salvación fuera una recompensa por la fe como una buena obra, seria comprensible
que se pusiera en dudas la seguridad del hombre. Pero, puesto que descansa
sobre la gracia, y las promesas de Dios, el creyente puede estar confiado en su
seguridad y, con Pablo, estar «persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros
la buena obra la perfeccionará hasta el día de Jesucristo» (Fil. 1:6).
Entonces
se puede concluir, de este gran cuerpo de verdad, que el propósito eterno de
Dios, que es para preservación de los suyos, no podrá jamás ser derrotado. Con este
fin ha previsto cualquier obstáculo posible. El pecado, que podría producir, separación,
ha sido llevado por un sustituto que, con el fin de que el creyente sea guardado,
invoca la eficacia de su muerte ante el trono de Dios. La voluntad del creyente
queda bajo el control divino (Fil. 2:13), y toda prueba o tentación es templada
por la infinita gracia y sabiduría de Dios (1 Co. 10:13).
No se
puede enfatizar con suficiente fuerza que, aunque en este capítulo se han tratado
la salvación y la preservación en la salvación como empresas divinas separadas,
como una adaptación a la forma usual de hablar, la Biblia no hace tal distinción.
Según las Escrituras, no hay salvación propuesta, ofrecida a emprendida baja la
gracia, que no sea infinitamente perfecta y permanezca para siempre.
PREGUNTAS-
1. ¿Por
qué es importante para el creyente la cuestión de la seguridad eterna?
2.
¿Cuáles son las posiciones opuestas del calvinismo y el arminianismo en la
cuestión de la seguridad eterna?
3.
Aproximadamente, ¿cuántos pasajes presentan los arminianos diciendo que enseñan
la doctrina de la seguridad condicional?
4. ¿Al
estudiar estos pasajes, ¿cuál es la pregunta más importante?
5. ¿En
qué están de acuerdo todas las partes en la cuestión de la seguridad?
6. ¿Hay
dudas en la mente de Dios acerca de quiénes son salvos?
7. ¿Es
cierto que la fe superficial no basta para salvarse?
8. ¿Como
evalúa los diversos pasajes citados en oposición a la seguridad eterna y que presentan
las obras humanas coma evidencia de la salvación?
9. ¿Deben
considerarse las advertencias contra una fe superficial como advertencias contra
la posibilidad de perder la salvación?
10. ¿Es
posible que un cristiano pierda su recompensa en el cielo y aún sea salvo?
11. ¿Es
posible que un cristiano genuino pierda la comunión con Dios y todavía sea salvo?
12. ¿Es
posible que un creyente verdadero sea castigado a disciplinado y todavía sea salvo?
13. ¿Como
explica usted la expresión «caer de la gracia» en relación con la salvación cristiana?
14. ¿Por
qué hay dificultad en pasajes del Antiguo Testamento en la cuestión de la seguridad
eterna?
15. ¿Cómo
explica usted Mateo 24:13?
16. ¿Por
qué la seguridad a inseguridad dependen de la pregunta «¿Quién realiza la obra
de salvación?»
17.
¿Cuáles son las cuatro obras del Padre que apoyan la seguridad eterna?
18. ¿Por
qué las obras de Dios Padre en la salvación por sí solas garantizan la seguridad
eterna?
19.
¿Cuáles son las cuatro obras de Dios el Hijo que apoyan la doctrina de la seguridad
eterna?
20. ¿Cómo
se relaciona la muerte de Cristo con la seguridad eterna?
21. ¿Cómo
se relaciona la resurrección de Cristo con la seguridad eterna?
22. ¿Cómo
se relacionan las obras de Cristo coma intercesor y abogado con la seguridad
eterna?
23.
¿Cuáles son las cuatro obras del Espíritu Santo en relación con la seguridad eterna?
24. ¿Es el
nuevo nacimiento un proceso reversible?
25.
¿Existe el caso de alguien que haya nacido de nuevo más de una vez en las Escrituras?
26. ¿Como
se relaciona la presencia interior permanente del Espíritu con la seguridad eterna?
27. ¿Puede
perder el Espíritu un creyente de la era actual?
28. ¿Qué
se consigue por obra del Espíritu en el bautismo en relación con la seguridad?
29. ¿En
qué forma es una promesa de seguridad la promesa del Espíritu como sello hasta
el día de la redención?
30.
¿Resumir las razones para que la seguridad eterna descansa sobre la naturaleza
de la salvación coma obra de Dios?
31. ¿En
qué forma incluye el aspecto de la seguridad del creyente la naturaleza de la salvación?
LA ELECCIÓN DIVINA
A. DEFINICIÓN DE ELECCIÓN
Las
Escrituras revelan a Dios como un soberano absoluto que por su propia voluntad quiso
crear el universo y dirigir su historia de acuerdo con un plan pre-ordenado. El
concepto de un Dios infinito y omnipotente concuerda con el hecho de que El sea
soberano y tenga poder para ejecutar su programa en la forma que El lo quiso determinar.
Sin embargo, la comprensión de ese plan por parte del hombre presenta innumerables
problemas y, en particular, el de cómo puede el hombre obrar libre y responsablemente
en un universo programado.
Los
sistemas humanos de pensamiento han tenido la tendencia a ir a los dos extremos,
uno en que el propósito soberano de Dios se presenta como absoluto, o el otro
en que se magnifica la libertad del hombre hasta el punto de que Dios ya no tiene
control sobre las cosas. Al tratar de resolver esa dificultad, la única
solución es acudir a la revelación divina y tratar de interpretar la experiencia
humana sobre la base de lo que la Biblia enseña.
En las
Escrituras, el propósito soberano de Dios se extiende a naciones e individuos.
Se hace
referencia a Israel como nación elegida (Is. 45:4; 65:9, 22). La palabra «electo»
se aplica con frecuencia a individuos que son elegidos para salvación (Mt. 24:22,
24, 31; Mr. 13:20, 22, 27; Lc. 18:7; Ro. 8:33; Col. 3:12; 1 Ti. 5:21; 2 Ti.
2:10; Tit.
1:1; 1 P. 1:2; 5:13; 2 Jn. 1, 13). La misma expresión se usa para referirse a
Cristo (Is. 42:1; 1 P. 2:6). Además de la palabra elegido, se menciona el hecho
de la elección (Ro. 9:11; 11:5, 7, 28; 1 Ts. 1:4; 2 P. 1:10). El pensamiento de
la elección es que la persona o grupo mencionado han sido elegidos para un
propósito divino generalmente relacionado con la salvación.
La
palabra <<escogido> es sinónimo de la palabra <<elegido>>.
Se aplica a Israel (Is. 44:1), a la iglesia (Ef. 1:4; 2 Ts. 2:13; 1 P. 2:9), y
también a los apóstoles (Jn. 6:70; 13:18; Hch. 1:2).
Una
cantidad de expresiones están relacionadas con el concepto de elección o ser escogido,
tales como <destinado>> (1 P. 1:20) y <predestinación>> (Ro.
8:29, 30; Ef. 1:5, 11). El pensamiento es el de determinar de antemano, como en
Hechos 4:28, u ordenar de antemano como en Judas 4 y Efesios 2:10. Además, hay
una referencia frecuente a este concepto en la Biblia, donde se usa la palabra
<decretado> (2 Cr. 25:16), <acordó> (Is. 19:17),
<determinado> (Lc. 22:22), <prefijado> (Hch. 17:26). El pensamiento
en todas estas expresiones es que la elección de Dios precede al acto y es
determinado por su voluntad soberana.
La
elección, la pre-ordenación y la predestinación se han hecho según el divino propósito
de Dios (Ef. 1:9; 3:11), y en las Escrituras están relacionadas con la presciencia
de Dios (Hch. 2:23; Ro. 8:29; 11:2; 1 P. 1:2). Otra palabra relacionada es la
palabra <llamar>, como en Romanos 8:30 y muchos otros pasajes (1 Co. 1:9;
7:18, 20, 21,
22, 24; 15:9; Ga-5:13; Ef. 4:1, 4; Col. 3:15; 1 Ti. 6:12; He. 5:4; 9:15; 1 P. 2:21;
3:9; 1 Jn. 3:1). En Jn. 12:32 nuestro Señor se refirió al llamamiento como la acción
de atraer los hombres a Dios (cf. con Jn. 6:44). Todos estos pasajes implican que
un Dios soberano está llevando a cabo su propósito; en su propósito ciertos hombres
han sido escogidos para salvación, y ciertas naciones, especialmente Israel, han
sido escogidas para cumplir un propósito divino especial
B. EL HECHO DE LA ELECCIÓN
DIVINA
Aunque
la doctrina de la elección escapa a la comprensión humana, está claramente enseñada
en las Escrituras. En virtud de la elección divina, Dios ha escogido a ciertos individuos
para salvación y los predestinó para que fuesen conformados según eh carácter
de su Hijo Jesucristo (Ro. 16:13; Ef. 1:4-5; 2 Ts. 2:13; 1 P. 1:2). Es claro
que la elección tiene su origen en Dios y que esta elección es parte del plan
eterno de Dios.
La
elección divina no es un acto de Dios en el tiempo, sino una parte de su
propósito eterno. Esto aparece en numerosos pasajes tales como Efesios 1:4 que
dice: "Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que
fuésemos santos y sin mancha delante de él en amor." Según 2 Timoteo 1:9,
nuestra elección es "según el propósito suyo y gracia que nos fue dada en
Cristo antes de los tiempos de los siglos".
Por
cuanto el plan de Dios es eterno, la elección, como parte esencial del plan,
debe ser eterna. Un problema difícil de resolver en la doctrina de la elección
es la relación entre la elección y la presciencia. Una forma de interpretación
que tiende a suavizar el concepto de elección se levanta sobre la idea de que
Dios sabía quiénes iban a recibir a Cristo, y sobre la base de ese conocimiento
los eligió para salvación. Sin embargo, este concepto tiene problemas
inherentes porque hace que Dios esté sujeto a un plan en el cual Él no es
soberano. Aunque la elección y la presciencia son co-extensivas, la presciencia
en sí no sería determinativa.
Aunque
los teólogos han luchado con estos problemas y no han llegado a conclusiones satisfactorias,
una solución posible es comenzar por reconocer que Dios es omnisciente, esto
es, que Él tenía conocimiento de todos los planes posibles para el universo. De
todos los planes posibles con sus infinitas variantes Dios escogió un plan.
Habiendo
escogido un plan y conociéndolo en todos sus detalles, Dios podía conocer anticipadamente
quiénes iban a ser salvos o electos y todos los detalles acerca de la salvación
de ellos.
Sin
embargo, el problema inmediato que se presenta al intérprete es el de la
libertad humana. Por la experiencia y según las Escrituras, parece evidente que
el hombre tiene decisiones que hacer. ¿Cómo se puede evitar la llegada a un
sistema fatalista en que todo está predeterminado y no quedan elecciones
morales que realizar? ¿Es la responsabilidad humana una burla, o es real? Estos
son los problemas que enfrenta el intérprete de las Escrituras en relación con
esta difícil doctrina.
Aunque
los teólogos no han podido resolver completamente el problema de la elección
divina en relación a las decisiones humanas y a la responsabilidad moral del hombre,
la respuesta parece ser que, al elegir un plan Dios, escogió el plan como un todo,
no parte por parte. El sabía de antemano, antes de la elección del plan, quién sería
salvo y quién no serla salvo en tal plan. Por fe debemos suponer que Dios
eligió el mejor plan posible, y que si hubiera habido un plan mejor, éste
habría sido puesto en operación porque Dios lo habría elegido. El plan incluía
muchas cosas que Dios mismo haría, tales como la creación y el establecimiento
de la ley natural incluía lo que Dios soberanamente escogió hacer por sí mismo,
tal como el revelarse por medio de profetas e influir sobre los hombres en sus
elecciones aun cuando ellos siguen siendo responsables por las elecciones que
hacen.
En
otras palabras, el plan incluía dar al hombre cierta libertad de elección, y de
ello sería responsable. El hecho de que Dios supiera bajo cada plan qué haría
cada hombre no significa que Dios forzase al hombre a hacer algo contra su
voluntad para luego castigarlo por ello.
En el
notable ejemplo de la crucifixión de Cristo, en torno a la cual giraba todo el plan
de Dios, Dilato libremente escogió crucificar a Cristo y fue hecho responsable
de ello. Judas Iscariote decidió libremente traicionar a Cristo y fue tenido
por responsable de ello. Sin embargo, las decisiones de Pilato y de Judas eran
parte esencial del programa de Dios y eran cosa cierta antes que ellos las
ejecutaran.
En
consecuencia, aunque hay problemas de comprensión humana, la mejor solución es
aceptar lo que la Biblia enseña, sea que entendamos o no. A veces las mejores traducciones
ayudan, como en 1 Pedro 1:1-2, donde dice que los cristianos son <<elegidos
según la presciencia de Dios Padre>, lo que hace que la elección esté sujeta
al conocimiento anticipado de Dios. Sin embargo, la palabra elegidos>> califica
a la palabra <<expatriados>> del versículo 1, y no está enseñando
el orden lógico de la elección en relación con la presciencia, sino el hecho de
que son co-extensivas.
Alguna
ayuda se puede hallar en el hecho de que todo el proceso del propósito divino,
elección y presciencia son eternos. Todo lo que el hombre puede hacer es tratar
de establecer una relación lógica, pero todas estas cosas han sido verdaderas en
la mente de Dios, y Dios no llegó a sus decisiones después de considerar largamente
las dificultades de cada plan. En otras palabras, jamás hubo otro plan, y así
todos los aspectos del propósito eterno de Dios son igualmente eternos.
Entonces
debemos llegar a la conclusión de que la elección y los términos relacionados
se enseñan claramente en la Biblia, y que significa que algunos fueron escogidos
para salvación y los demás, al no ser elegidos, fueron pasados por alto. La elección
es eterna y no es un acto de Dios realizado en el tiempo. En la elección Dios no
se ajusta a la presciencia, aunque la elección procede de la omnisciencia
divina.
Aunque
hay serios problemas en la comprensión humana de esta doctrina, debemos someternos
a la revelación divina aun cuando no podamos comprenderla completamente.
C. DEFENSA DE LA DOCTRINA
DE LA ELECCIÓN
Aunque
algunos teólogos, para resolver el problema, han tratado de dar explicaciones
que suprimen la doctrina de la elección, en realidad, al negar lo que la Escritura
enseña, los argumentos presentados en contra de la elección divina proceden de
malentendidos. A veces se afirma que sostener la elección es afirmar que Dios
es arbitrario. Por supuesto, esto surge de la incredulidad. Dios es soberano, pero
su soberanía es siempre sabia, santa, buena y llena de amor.
Otra
objeción que se presenta con frecuencia es que esta doctrina hace a Dios
injusto al no incluir a todos en su propósito de salvación. En este punto,
debemos observar que Dios no está obligado a salvar a ninguno y que solo salva
a los que quieren creer.
Aunque
la obra de Dios en la salvación de un individuo es inescrutable —ya que obviamente
hay un acto de gracia cuando una persona cree en Cristo y es salva—, la Biblia
claramente ordena al hombre que crea Hech. 16:31). Nadie es salvado contra su
voluntad, y nadie deja de creer contra su voluntad.
Una
objeción muy común a esta doctrina es que desalienta el esfuerzo misionero de llevar
el evangelio a los perdidos y desalienta a los que desean ser salvos. La respuesta
es que Dios ha incluido en su plan que el evangelio sea predicado a toda criatura
y que Dios desea la salvación de todos (2 P. 3:9). Sin embargo, al establecer un
universo moral en que los hombres escojan entre creer o no creer, es inevitable
que algunos se pierdan.
Otra
objeción es que si algunos son elegidos para salvación y otros son elegidos
para que no se salven, éstos no tienen esperanza en su estado de perdición. Las
Escrituras claramente enfatizan que algunos son elegidos para salvación, y que
los inconversos están destinados a su suerte, no porque los hombres que deseaban
ser salvos no pudieron obtener la salvación, sino siempre sobre la base de que
los que no se salvan escogieron no ser salvos. La misericordia de Dios se
muestra en su paciencia, como en Romanos 9:21-22 y 2 Pedro 3:9. Nadie podrá
jamás ponerse delante de Dios y decirle: «Yo quería ser salvo, pero no pude
porque no fui elegido.»
Aunque
los grandes sabios y los estudiantes de la Biblia en general seguirán luchando con
esta difícil doctrina, el hecho de la elección divina está claramente
presentado en las Escrituras, y los que son salvos, aunque no estaban enterados
de la doctrina cuando aceptaron a Cristo, pueden gloriarse en el hecho de que
estaban en el plan de Dios desde la eternidad pasada y que su salvación es una
suprema ilustración de la gracia de Dios. Un Dios que es soberano y eterno
lógicamente debe tener un programa planeado. Sobre la base de la revelación
bíblica, el creyente en Cristo solo puede concluir que el plan de Dios es
santo, sabio y bueno, que Dios es un Dios paciente y que está preocupado por el
estado perdido de los que rechazan la salvación, para preparar la cual Cristo
murió.
PREGUNTAS
1. ¿Por
qué es razonable suponer que Dios tiene un plan soberano para el universo?
2. ¿Cuáles
son los dos extremos a que ha tendido el pensamiento humano en relación con el
propósito soberano de Dios?
3. ¿Cómo
se puede demostrar que el propósito soberano de Dios se extiende a individuos y
naciones así como a otros grupos?
4.
¿Cuá1es son las diversas palabras usadas para expresar la idea de elección?
5. ¿Cuál
es la idea central de todas las expresiones usadas en relación con la elección?
6. ¿Qué
es lo que se lleva a cabo por la elección divina?
7. ¿Qué
evidencia apoya la idea de que la elección divina fue desde la eternidad pasada?
8. ¿En
qué forma se relaciona la elección con la presciencia?
9. ¿Cómo
se puede resolver el problema de la relación que hay entre la libertad humana y
la elección divina?
10.
Explicar cómo se ha incluido en el plan divino la libertad humana.
11.
Explicar en qué es la crucifixión de Cristo una ilustración sobresaliente de la
libertad humana y del plan de Dios.
12. ¿Por
qué debe un individuo aceptar la doctrina de la elección aun si no la entiende?
13. ¿Cómo
se pueden responder las objeciones a la elección en que se alega que se hace a
Dios arbitrario e injusto?
14. ¿Cómo
respondería usted a las objeciones de que la doctrina de la elección se opone a
los esfuerzos misioneros?
15. ¿Por
qué era necesario en el plan de Dios que algunos fueran perdidos?
16. ¿Da la
doctrina de la elección una excusa a los perdidos para no salvarse?
17. ¿Hay
evidencia de que el plan de Dios es santo, sabio y bueno y que Dios es paciente
y está realmente preocupado por el estado de perdición de los que se niegan a
recibir la salvación?