(1)
A.
Aquellos que están unidos a Cristo, son llamados eficazmente y regenerados,
teniendo un nuevo corazón y un nuevo espíritu, creados en ellos en virtud de la
muerte y la resurrección de Cristo: Jun. 3:3-8; 1 Jun. 2:29; 3:9,10; Ro. 1:7; 2
Co. 1:1; Ef. 1:1; Fil. 1:1; Col. 3:12; Hch. 20:32; 26:18; Ro. 15:16; 1 Co. 1:2;
6:11; Ro. 6:1-11.
B.
Son aún más santificados de un modo real y personal: 1 Ts. 5:23; Ro. 6:19, 22.
3.
Mediante la misma virtud: 1 Co. 6:11; Hch. 20:32; Fil. 3:10; Ro. 6:5, 6.
C.
Por su Palabra y Espíritu que moran en ellos: Jun. 17:17; Ef. 5:26; 3:16-19;
Ro. 8:13.
D:
El dominio del cuerpo entero del pecado es destruido, y las diversas
concupiscencias del mismo se van debilitando y mortificando más y más, y se van
vivificando y fortaleciendo más y más en todas las virtudes salvadoras, para la
práctica de toda verdadera santidad: Ro. 6:14; Gá. 5:24; Ro. 8:13; Col. 1:11;
Ef. 3:16-19; 2 Co. 7:1; Ro. 6:13; Ef. 4:22-25; Gá. 5:17.
E.
Sin la cual nadie verá al Señor: He 12:14.
(2)
A.
Esta santificación se efectúa en el hombre en su totalidad, aunque es
incompleta en esta vida; todavía quedan algunos remanentes de corrupción en
cada parte: 1 Ts. 5:23; 1 Jun. 1:8,10; Ro. 7:18,23; Fil. 3:12.
B.
De donde surge una continua e irreconciliable guerra: 1 Co.
9:24-27; 1 Ti. 1:18; 6:12; 2 Ti. 4:7.
C.
La carne lucha contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne: Gá. 5:17; 1
P. 2:11.
(3)
A.
En dicha guerra, aunque la corrupción que aún queda prevalezca mucho por algún
tiempo: Ro. 7:23.
B.
La parte regenerada triunfa a través de la continua provisión de fuerzas por
parte del Espíritu santificador de Cristo: Ro. 6:14; 1 Jun. 5:4; Ef. 4:15,16.
C.
Y así los santos crecen en la gracia, perfeccionando la santidad en el temor de
Dios, prosiguiendo una vida celestial, en obediencia evangélica a todos los
mandatos que Cristo, como Cabeza y Rey, les ha prescrito en su Palabra: 2 P.
3:18; 2 Co. 7:1; 3:18; Mt. 28:20.
LA SANTIFICACIÓN
(EL CRECIMIENTO EN LA SEMEJANZA DE CRISTO)
¿CÓMO CRECE USTED EN MADUREZ
CRISTIANA? ¿CUÁLES SON LAS BENDICIONES DEL CRECIMIENTO CRISTIANO?
EXPLICACIÓN Y BASES
BÍBLICAS
En los
capítulos anteriores hemos examinado las varias acciones de Dios que tienen
lugar al comienzo de nuestra vida cristianas: El llamamiento del evangelio (que
Dios nos hace a nosotros), la regeneración (mediante la cual Dios nos imparte
nueva vida), la justificación (mediante la cual Dios no da una posición legal
correcta delante de él), y la adopción (mediante la cual Dios nos hace miembros
de su familia).
También
hemos estudiado la conversión (en que nos arrepentimos de nuestros pecados y
confiamos en Cristo para salvación). Todos estos acontecimientos tienen lugar
al comienzo de nuestra vida cristiana.
Pero
ahora llegamos a una parte de la aplicación de la redención que es una obra
progresiva que continúa a lo largo de nuestra vida en la tierra. Es también una
obra en la que Dios y el hombre cooperan, cada uno en un papel diferente. Esta
parte de la aplicación de la redención la conocemos como la santificación: La
santificación es una obra progresiva de Dios y del hombre que nos lleva a estar
cada vez más libres del pecado y que seamos más semejantes a Cristo en nuestra
vida real.
A. DIFERENCIAS ENTRE LA JUSTIFICACIÓN Y LA
SANTIFICACIÓN
El cuadro siguiente explica varias de las diferencias entre la
justificación y la santificación:
|
JUSTIFICACIÓN
Posición
legal
Una
vez para siempre
Es
por completo obra de Dios
Perfecta
en esta vida
Igual
para todos los cristianos
|
SANTIFICACIÓN
Condición
interna
Continúa
durante toda la Vida
Nosotros
cooperamos
No
es perfecta en esta vida
Más
en unos que en otros
|
Como
indica este cuadro, la santificación es algo que continúa a lo largo de toda
nuestra vida como cristianos. El curso ordinario de una vida cristiana involucrará
el crecimiento continuo en santificación, y es algo en lo que el Nuevo
Testamento nos anima a que le prestemos atención y nos esforcemos en
conseguirlo.
TRES ETAPAS DE LA SANTIFICACIÓN
LA SANTIFICACIÓN TIENE UN COMIENZO DEFINIDO EN LA
REGENERACIÓN.
Un
cambio moral definido tiene lugar en nuestra vida en el momento de la
regeneración, porque
Pablo
habla acerca de: «Nos salvó mediante el lavamiento de la regeneración y de la
renovación por el Espíritu Santo» (Tit 3: 5). Una vez que hemos nacido de nuevo
no podemos continuar pecando como un hábito o estilo de vida (1A Jn
3: 9), porque el poder de la nueva vida espiritual dentro de nosotros nos
guarda de ceder a la vida de pecado.
EL CAMBIO MORAL INICIAL
ES LA PRIMERA ETAPA EN LA SANTIFICACIÓN.
En este
sentido hay un cierto traslapo entre la regeneración y la santificación, porque
este cambio moral es en realidad una parte de la regeneración. Pero cuando lo
vemos desde el punto de vista del cambio moral dentro de nosotros, lo podemos
ver también como la primera etapa de la santificación. Pablo mira
retrospectivamente a un suceso completado cuando dice a los corintios: «Pero ya
han sido lavados, ya han sido santificados, ya han sido justificados en el
nombre del Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios» (1a Co
6: 11). Del mismo modo, en Hechos 20: 32 Pablo se puede referir a los
cristianos como los que tienen «herencia entre todos los santificados».
Este
paso inicial en la santificación involucra un rompimiento definido con el poder
dominante y amor al pecado, de manera que el creyente ya no está más controlado
o dominado por el pecado y ya no le gusta pecar. Pablo dice: «De la misma
manera, también ustedes considérense muertos al pecado, pero vivos para Dios en
Cristo Jesús. Así el pecado no tendrá dominio sobre ustedes, porque ya no están
bajo la ley sino bajo la gracia» (Ro 6: 11, 14). Pablo dice que los cristianos
han sido «liberados del pecado» (Ro 6: 18).
En
este contexto, estar muerto al pecado o ser liberado del pecado involucra el
poder para vencer acciones o pautas de comportamiento pecaminoso en nuestra
vida. Pablo les dice a los romanos: «No permitan ustedes que el pecado reine en
su cuerpo mortal, ni obedezcan a sus malos deseos.
No
ofrezcan los miembros de su cuerpo al pecado como instrumentos de injusticia,
ofrézcanse más bien a Dios» (Ro 6: 12-13). Estar muerto al poder dominante del
pecado significa que nosotros como cristianos, en virtud del poder del Espíritu
Santo y la vida de resurrección de Cristo obrando dentro de nosotros, tenemos
el poder de vencer la tentación y la seducción del pecado. El pecado ya no será
nuestro amo como lo era antes de hacemos cristianos.
EN TÉRMINOS PRÁCTICOS,
ESTO SIGNIFICA QUE DEBEMOS AFIRMAR DOS COSAS COMO CIERTAS.
Por un
lado, nunca seremos capaces de decir: «Estoy completamente libre del pecado»,
porque nuestra santificación nunca estará del todo completada (vea abajo). Pero
Por otro lado, un cristiano nunca debiera decir (por ejemplo) «Este pecado me
ha derrotado, me rindo. He tenido un mal temperamento por treinta y siete años
y lo tendré hasta el día que me muera, y las personas me van a tener que
aguantar tal como soy».
LA SANTIFICACIÓN VA AUMENTANDO A LO LARGO DE LA VIDA.
Aunque
el Nuevo Testamento habla de un comienzo definido de la santificación, también
lo ve como un proceso que continúa a lo largo de nuestra vida cristiana. En
general este es el sentido primario en el que se usa hoy santificación en la
teología sistemática y en la conversación cristiana:
Aunque
Pablo dice a sus lectores que han sido liberados del pecado (Ro 6: 18), y que
están «muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús» (Ro 6: 11), él,
no obstante, reconoce que el pecado permanece en sus vidas, de modo que los
insta a que no permitan que reine en ellos y cedan al pecado (Ro 6: 12-13). Su
tarea, por tanto, como cristianos es crecer más y más en la santificación, de
la misma manera que antes habían crecido cada vez más en el pecado. «Hablo en
términos humanos, por las limitaciones de su naturaleza humana.
Antes ofrecían
ustedes los miembros de su cuerpo para servir a la impureza, que lleva más y
más a la maldad; ofrézcanlos ahora para servir a la justicia que lleva a la
santidad» (Ro 6: 19; las expresiones «antes» y «ahora» [gr. hosper houtos]
indican que Pablo quiere que ellos hagan eso de la misma manera: si «antes» se
entregaban cada vez más al pecado, «ahora» ofrézcanse cada vez más a la
justicia por la santificación).
Pablo
dice que a lo largo de la vida cristiana «todos nosotros somos transformados a
su semejanza con más y más gloria por la acción del Señor» (2a Co 3:
18).
Nos
vamos haciendo cada vez más como Cristo al ir avanzando en la vida cristiana.
Por
tanto, él dice: «Hermanos, no pienso que yo mismo lo haya logrado ya. Más bien,
una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y esforzándome por alcanzar lo que
está delante, sigo avanzando hacia la meta para ganar el premio que Dios ofrece
mediante su llamamiento celestial en Cristo Jesús» (Fil 3: 13-14). Con esto el
apóstol no está diciendo que ya sea perfecto, sino que sigue adelante para
alcanzar aquellos propósitos para los cuales Cristo le había salvado (vv.
9-12).
Pablo
les dice a los colosenses: «Dejen de mentirse unos a otros, ahora que se han
quitado el ropaje de la vieja naturaleza con sus vicios, y se han puesto el de
la nueva naturaleza, que se va renovando en conocimiento a imagen de su
Creador» (Col 3:10), mostrando de esa manera que la santificación involucra una
creciente semejanza a Dios en nuestros pensamientos así como en nuestras
palabras y acciones.
El
autor de Hebreos dice a sus lectores: «despojémonos del lastre que nos estorba,
en especial del pecado que nos asedia» (He 12: 1), y «busquen la santidad, sin
la cual nadie verá al Señor» (He 12: 14). Santiago anima a sus lectores: «No se
contenten sólo con escuchar la palabra, pues así se engañan ustedes mismos.
Llévenla a la práctica» (Stg 1: 22), y Pedro les dice a sus lectores: «Más
bien, sean ustedes santos en todo lo que hagan, como también es santo quien los
llamó» (1a P 1: 15).
No es
necesario acumular muchas más citas, porque mucho del Nuevo Testamento está
compuesto de instrucciones a los creyentes en varias iglesias sobre cómo
debieran crecer en la semejanza a Cristo. Todas las exhortaciones morales y los
mandamientos en las epístolas del Nuevo Testamento se aplican aquí, porque
todas ellas exhortan a los creyentes a cultivar un aspecto u otro de una mayor
santificación en sus vidas.
La
expectativa de todos los autores del Nuevo Testamento es que nuestra
santificación aumente a lo largo de nuestra vida cristiana.
LA SANTIFICACIÓN SE COMPLETARÁ EN LA MUERTE (PARA
NUESTRAS ALMAS) Y CUANDO EL SEÑOR REGRESE (PARA NUESTROS CUERPOS).
Debido
a que el pecado todavía permanece en nuestros corazones aunque nos hayamos
hecho cristianos (Ro 6: 12-13; 1a Jn 1: 8), nuestra santificación
nunca se completará en esta vida (vea abajo). Pero una vez que morimos y vamos
a estar con el Señor, entonces nuestra santificación se completará en un
sentido, porque nuestras almas quedarán liberadas del pecado y serán perfectas.
El
autor de Hebreos dice que cuando entramos a la presencia del Señor para adorar
llegamos como «los espíritus de los justos que han llegado a la perfección» (He
12: 23). Esto es apropiado porque es una anticipación del hecho de que «nunca
entrará en ella nada impuro», se refiere a entrar a la presencia de Dios en la
ciudad celestial (Ap 21: 27).
Sin
embargo, cuando apreciamos que la santificación involucra a toda la persona,
incluyendo nuestros cuerpos (vea 2a Co 7:1; 1a s 5: 23),
entonces nos damos cuenta que la santificación no estará del todo completada
hasta que el Señor regrese y recibamos cuerpos nuevos resucitados. Esperamos la
venida de nuestro Señor
Jesucristo
desde el cielo y «él transformará nuestro cuerpo miserable para que sea como su
cuerpo glorioso» (Fil 3: 21). Es «cuando él venga» (1a Co 15: 23)
que recibiremos un cuerpo de resurrección y entonces «llevaremos también la
imagen del [hombre] celestial» (1a Co 15: 49).
(1) Que
hay un comienzo definido de la santificación en el momento de la conversión:
(2) Que la
santificación debiera incrementarse a lo largo de la vida cristiana, y.
(3) Que
la santificación. Se perfecciona en la muerte.
(Por
amor de la simplicidad omitimos de este cuadro la finalización de la
santificación cuando recibimos nuestros cuerpos resucitados.)
He
mostrado en el cuadro el progreso de la santificación como una línea irregular,
indicando que el crecimiento en la santificación no es siempre una línea recta
y ascendente en esta vida, sino que el progreso de la santificación sucede en
algunos momentos, mientras que en otras ocasiones nos damos cuenta de que
estamos teniendo algo de retroceso.
En un
caso extremo, un creyente que hace poco uso de los medios de santificación, y
más bien tiene mala enseñanza, no anda con cristianos y le presta poca atención
a la Palabra de Dios y a la oración, puede pasar muchos años y tener muy poco
progreso en su proceso de santificación, pero esto no es ciertamente lo normal
ni lo que se espera en la vida cristiana. Es en realidad muy anormal.
LA SANTIFICACIÓN NUNCA SE COMPLETA EN ESTA VIDA.
Ha
habido algunos en la historia de la iglesia que han tomado mandamientos tales
como Mateo 5: 48 (Por tanto, sean perfectos, así como su Padre celestial es
perfecto») o 2a Corintios 7: 1 «purifiquémonos de todo lo que
contamina el cuerpo y el espíritu, para completar en el temor de Dios la obra
de nuestra santificación») y han razonado que puesto que Dios nos da estos
mandamientos, él también debe damos la capacidad para obedecerlos
perfectamente.
Por
tanto, han concluido, es posible para nosotros obtener un estado de perfección
impecable en esta vida. Además, apuntan a la oración de Pablo por los
tesalonicenses: «Que Dios mismo, el Dios de paz, los santifique por completo»
(1a Ts 5: 23), e infieren que bien puede ser que la oración de Pablo
se cumpliera en algunos de los cristianos tesalonicenses. De hecho, Juan
incluso dice:
«Todo
el que practica el pecado, no lo ha visto ni lo ha conocido» (1a Jn
3: 6). ¿Están hablando estos versículos de la posibilidad de una perfección
impecable en la vida de algunos cristianos? Es este estudio, usaré la palabra
perfeccionismo para referirme a este punto de vista de que la perfección
impecable es posible en esta vida.
Si
examinamos con detenimiento estos pasajes veremos que no apoyan la posición
perfeccionista. Primero, sencillamente no se enseña en las Escrituras que
cuando Dios da un mandamiento, él también nos da la capacidad para obedecerlo
en cada caso.
Dios
manda a todas las personas en todo lugar que obedezcan todas sus leyes morales
y los tiene como culpables de no obedecerlos, aun cuando las personas no
redimidas son pecadores y, como tales, están muertas en sus delitos y pecados,
y eso les incapacita para obedecer los mandamientos de Dios. Cuando Jesús nos
manda que seamos perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto (Mt 5: 48),
nos está sencillamente diciendo que la pureza moral absoluta de Dios es la meta
hacia la cual debemos apuntar y la norma por la cual Dios nos va a pedir
cuentas.
El
hecho de que nosotros no seamos capaces de estar a la altura de ese ideal no
significa que va a ser rebajado; más bien, quiere decir que necesitamos la
gracia y el perdón de Dios para vencer lo que queda del pecado en nosotros. Del
mismo modo, cuando Pablo manda a los corintios que completen la obra de la
santificación en el temor del Señor (2a Co 7: 1), o pide en oración
que Dios santifique plenamente a los tesalonicenses (1a Ts 5: 23),
está apuntando a la meta que él quiere que ellos alcancen. No está diciendo que
algunos lo van a conseguir, sino que ese es el ideal moral al que Dios quiere
que todos los creyentes aspiren.
La
declaración de Juan: «Todo aquel que permanece en él, no peca» (1a
Jn 3:6, RVR 1960) no está enseñando que algunos de nosotros vamos a alcanzar la
perfección, porque el tiempo presente de los verbos en griego se traducen mejor
como indicando una acción continuada o actividad habitual: «Todo el que
permanece en él, no practica el pecado. Todo el que practica el pecado, no lo
ha visto ni lo ha conocido» (1a Jn 3: 6, NVI).
Esta
declaración es similar a la que hace Juan unos pocos versículos después:
«Ninguno que haya nacido de Dios practica el pecado, porque la semilla de Dios
permanece en él; no puede practicar el pecado, porque ha nacido de Dios» (1a
Jn 3: 9). Si vamos a tomar estos versículos para probar una perfección
impecable, tendrían que probarla para todos los cristianos, porque están
hablando de lo que es cierto de todos los que son nacidos de Dios, y todo el
que ha visto a Cristo y le ha conocido.'
Por
tanto, no parece haber ningún versículo en las Escrituras que sea convincente
en la enseñanza de que es posible para algún ser humano estar completamente
libre de pecado en esta vida. Por otro lado, hay pasajes tanto en el Antiguo
como en el Nuevo Testamentos que enseñan claramente que no podemos ser
moralmente perfectos en esta vida. En la oración de Salomón durante la
dedicación del templo, él dice: «Ya que no hay ser humano que no peque, si tu
pueblo peca contra ti»(1a R 8: 46).
Del
mismo modo, leemos una pregunta retórica con una respuesta negativa implícita
en Proverbios 20: 9: «¿Quién puede afirmar: "Tengo puro el corazón; estoy
limpio de pecado"?» Y leemos también una declaración explícita en
Eclesiastés 7: 20: «No hay en la tierra nadie tan justo que haga el bien y
nunca peque».
En el
Nuevo Testamento, encontramos a Jesús mandando a sus discípulos que oren así:
«Danos hoy nuestro pan cotidiano. Perdónanos nuestras deudas, como también
nosotros hemos perdonado a nuestros deudores» (Mt 6: 11-12). Así como la
oración pidiendo nuestro pan cotidiano nos provee de un modelo de oración que
debiéramos repetir cada día, así también la petición por el perdón de pecados
está incluida en el tipo de oración que deberíamos hacer cada día de nuestra
vida como creyentes.
Como
indicamos arriba, cuando Pablo habla del nuevo poder sobre el pecado que recibe
el cristiano, no está diciendo que no habrá nada de pecado en la vida del cristiano,
sino solo que el creyente ya no dejará que «reine» en su cuerpo ni «ofrece» sus
miembros al pecado (Ro 6: 12-13). No está diciendo que no pecarán, sino que el
pecado no «tendrá dominio» sobre ellos (Ro 6: 14).
El
mismo hecho de dar estas instrucciones muestra que se daba cuenta que el pecado
continuaría en la vida de los creyentes a lo largo de sus vidas sobre la
tierra. Aun Santiago el hermano del Señor podía decir: «Todos fallamos mucho»
(Stg 3: 2), y si Santiago mismo puede decir eso, entonces nosotros también
debiéramos estar dispuestos a decirlo.
Por
último, en la misma carta en la que Juan declara tantas veces que un hijo de
Dios no continuará en una pauta de comportamiento pecaminoso, él también dice
con claridad: «Si afirmamos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros
mismos y no tenemos la verdad» (1a Jn 1: 8). Aquí Juan está
excluyendo explícitamente la posibilidad de estar libre por completo del pecado
en nuestra vida. De hecho, dice que cualquiera que afirme estar libre de pecado
se está sencillamente engañando a sí mismo, y la verdad no está en él."
Pero
una vez que hemos concluido que la santificación nunca se completará en esta
vida, debemos ejercer sabiduría y cautela pastoral en la manera en que usamos
esta verdad. Algunos pueden tomar este hecho y usarlo como una excusa para no
esforzarse por la santidad o el crecimiento en santificación, lo cual es todo
lo contrario a docenas de otros mandamientos en el Nuevo Testamento.
Otros
pueden pensar acerca del hecho de que no podemos ser perfectos en esta vida y
perder la esperanza de progresar en la vida cristiana, una actitud que es
también contraria a la enseñanza clara de Romanos 6 y otros pasajes acerca del
poder de la resurrección de Cristo para capacitamos para vencer el pecado. Por
tanto, aunque la santificación nunca se completará en esta vida, debemos
también recalcar que no debemos nunca de parar en incrementarla en nuestra
vida.
Además,
a medida que los cristianos crecen en madurez, las clases de pecados que
permanecen en sus vidas a menudo no son tanto pecados de palabras y acciones
que son exteriormente visibles a otros, sino los pecados internos de actitudes
y motivos del corazón, deseos tales como el orgullo y el egoísmo, falta de
valor o de fe, falta de celo y de amar a Dios con todo nuestro corazón y a
nuestro prójimo como a nosotros mismos, y no confiar completamente en Dios en
cuanto a todo lo que él ha prometido para cada circunstancia. ¡Esos pecados
auténticos! Muestran cuán cortos nos quedamos de la perfección moral de Cristo.
Sin
embargo, reconocer la naturaleza de estos pecados que persistirán aun en los
cristianos más maduros también ayuda a guardamos en contra de malos entendidos
cuando decimos que nadie se verá libre del pecado en esta vida. Es ciertamente
posible que muchos cristianos se encuentren libres en muchos momentos a lo
largo del día de actos conscientes de desobediencia a Dios en sus palabras y
acciones.
De
hecho, si los líderes cristianos van a ser un «ejemplo a seguir en la manera de
hablar, en la conducta, y el amor, fe y pureza» (1a Ti 4: 12),
entonces será con frecuencia cierto que sus vidas estarán libres de palabras y
acciones que otras considerarán como censurables. Pero eso está lejos de haber
obtenido libertad total del pecado en nuestros motivos, pensamientos e
intenciones del corazón.
John
Murray nota que cuando el profeta Isaías estaba en la presencia de Dios su
reacción fue: «Entonces grité: ¡Ay de mí, que estoy perdido! Soy un hombre de
labios impuros y vivo en medio de un pueblo de labios blasfemos, Y no obstante
mis ojos han visto al Rey, al Señor Todopoderoso!» (Is 6: 5).
Y
cuando Job, cuya rectitud fue al principio elogiada en la historia de su vida,
cuando se presentó ante el Dios todopoderoso, solo pudo decir: «De oídas había
oído hablar de ti, pero ahora te veo con mis propios ojos. Por tanto, me
retracto de lo que he dicho, y me arrepiento en polvo y ceniza» (Job 42: 5-6).
Murray concluye partiendo de estos ejemplos y el de otros muchos santos a lo
largo de la historia de la iglesia:
En
Verdad, Cuanto Más Santificado Está Un Creyente, Más Conformado Estará A La
Imagen De Su Salvador, Tanto Más Debe Estar En Contra De Toda Falta De
Conformidad Con La Santidad Divina. Cuanto Más Profunda Sea Su Percepción De La
Majestad De Dios, Tanto Más Intenso Será Su Amor Por Dios, Tanto Más
Persistente Su Anhelo Por Alcanzar El Premio De Su Alto Llamamiento De Dios En
Cristo Jesús, Tanto Más Consciente Será De La Gravedad Del Pecado Que Permanece
En Él Y Tanto Mayor Será Su Aborrecimiento Del Mismo. ¿No Fue Este El Efecto De
Todos Los Siervos De Dios Al Estar Cada Vez Más Cerca De La Revelación De La
Santidad De Dios?'
DIOS Y EL HOMBRE COOPERAN EN LA SANTIFICACIÓN
Algunos
(tales como John Murray) objetan a decir que Dios y el hombre «cooperan» en la santificación,
porque ellos quieren insistir en que esa es la obra primaria de Dios y que
nuestra parte en la santificación es solo secundaria (vea fil 2: 12-13). Sin
embargo, si nosotros explicamos con claridad la naturaleza del papel de Dios y
nuestro papel en la santificación, no es inapropiado decir que Dios y el hombre
cooperan en la santificación.
Dios
obra en nuestra santificación y nosotros también, y trabajamos por el mismo
propósito. No estamos diciendo que tenemos participaciones iguales en la santificación
o que ambos trabajamos de la misma forma, sino solo decimos que cooperamos con
Dios en formas que son apropiadas a nuestra condición de criaturas de Dios, Y
el hecho de que las Escrituras enfatizan el papel que nosotros tenemos en la
santificación (con todos los mandamientos morales del Nuevo Testamento), hace
que sea apropiado enseñar que Dios nos llama a cooperar con él en esta
actividad.
LA PARTE DE DIOS EN LA SANTIFICACIÓN.
Puesto
que la santificación es sobre todo obra de Dios, es apropiado que Pablo orara
diciendo: «Que Dios mismo, el Dios de paz, los santifique por completo» (1a
Ts 5: 23). Una de las funciones específicas de Dios el Padre en la
santificación es su proceso de disciplinar a sus hijos (vea He 2: 5-11).
Pablo
les dice a los filipenses: «Pues Dios es quien produce en ustedes tanto el
querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad» (Fil 2: 13),
indicando así algo de la manera en que Dios los santificaba, haciendo que
desearan tanto su voluntad como dándoles el poder para cumplirla.
El
autor de Hebreos nos habla de los papeles del Padre y del Hijo en la bendición
familiar: «El Dios que da la paz. Que él los capacite en todo lo bueno para
hacer su voluntad. Y que, por medio de Jesucristo, Dios cumpla en nosotros lo
que le agrada. A él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén» (He 13:
20-21).
El
papel de Dios el Hijo, Cristo Jesús, en la santificación es, primero, que él
ganó nuestra santificación. Por tanto, Pablo podía decir que Dios hizo a Cristo
«nuestra sabiduría -es decir, nuestra justificación, santificación y redención»
(1a Co 1:30).
Además,
en el proceso de la santificación Jesús es también nuestro ejemplo, porque
debemos correr la carrera de la vida «[fijando] la mirada en Jesús, el
iniciador y perfeccionador de nuestra fe» (He 12: 2). Pedro les dice a sus
lectores: «Cristo sufrió por ustedes, dándoles ejemplo para que sigan sus
pasos» (1a P 2:21). Y Juan dice: «El que afirma que permanece en él,
debe vivir como él vivió» (1a Jn 2:6).
Pero
es Dios el Espíritu Santo quien trabaja específicamente dentro de nosotros para
cambiamos y santificamos, dándonos una mayor santidad de vida. Pedro habla de
la «obra santificadora del Espíritu» (1a P 1: 2), y Pablo habla
también de la «obra santificadora del Espíritu» (2 Ts 2:13).
Es el
Espíritu Santo el que produce en nosotros «el fruto del Espíritu» (Gá 5:
22-23), esos rasgos característicos que son parte de una mayor santificación
diaria. Si nosotros crecemos en la santificación «andamos en el Espíritu» y
somos «guiados por el Espíritu» (Gá 5: 16-18; Ro 8: 14), es decir, que somos
cada vez más sensibles a los deseos y estímulos del Espíritu Santo en nuestra
vida y carácter. El Espíritu Santo es el espíritu de santidad, y genera
santidad dentro de nosotros.
NUESTRA PARTE EN LA SANTIFICACIÓN.
La
parte que nosotros cumplimos en la santificación es tanto pasiva en la que
dependemos de Dios para que nos santifique, como activa en el cual nos
esforzamos por obedecer a Dios y dar los pasos necesarios que van a incrementar
nuestra santificación. Vamos a considerar ahora ambos aspectos de nuestro papel
en la santificación.
Primero,
lo que podemos llamar el papel «pasivo» que nosotros tenemos en la
santificación lo vemos en los textos que nos animan a confiar en Dios y a orar
pidiéndole que nos santifique. Pablo les dice a sus lectores: «Ofrézcanse más
bien a Dios como quienes han vuelto de la muerte a la vida» (Ro 6: 13; v. 19),
y dice a cada cristiano en Roma: «Ofrezca su cuerpo como sacrificio vivo, santo
y agradable a Dios» (Ro 12: 1). Pablo se da cuenta que dependemos de la obra
del Espíritu Santo para crecer en santificación, porque él dice: «Si por medio
del Espíritu dan muerte a los malos hábitos del cuerpo, vivirán» (Ro 8: 13).
Lamentablemente,
este papel «pasivo» en la santificación, esta idea de ofrecernos a Dios y
confiar en él para que produzca en nosotros «tanto el querer como el hacer para
que se cumpla su buena voluntad» (Fil 2: 13) se enfatiza tanto hoy que es lo
único que las personas oyen acerca del camino de la santificación.
A
veces la frase popular de «déjalo y déjale a Dios» se presenta como un resumen
de cómo vivir la vida cristiana. Pero esa es una distorsión trágica de la
doctrina de la santificación, porque solo habla de la mitad de la parte que
nosotros debemos realizar y, por sí misma, llevará a los cristianos a ser
perezosos y descuidar el papel activo que las Escrituras nos mandan que
tengamos en nuestra propia santificación.
El
apóstol Pablo nos indica en Romanos 8:13 el papel activo que debemos tener,
cuando dice: «Si por medio del Espíritu dan muerte a los malos hábitos del
cuerpo, vivirán». Pablo reconoce aquí que es por «medio del Espíritu» que somos
capaces de hacerlo. ¡Pero también nos dice que nosotros debemos hacerlo! ¡No le
manda al Espíritu Santo que dé muerte a los malos hábitos del cuerpo, sino al
cristiano!
Del
mismo modo, Pablo les dice a los filipenses: «Así que, mis queridos hermanos,
como han obedecido siempre -no sólo en mi presencia sino mucho más ahora en mi
ausencia-lleven a cabo su salvación con temor y temblor, pues Dios es quien
produce en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena
voluntad» (Fil 2:12-13).
Pablo
les exhorta a obedecer aun más que cuando él estaba presente con ellos. Les
dice que la obediencia es la manera mediante la cual ellos «[llevan] a cabo su
salvación» queriendo decir que deben continuar con la realización de los
beneficios de la salvación en su vida cristiana. Los filipenses tenían que
procurar ese crecimiento en la santificación, y hacerlo con solemnidad y
reverencia (con temor y temblor), porque lo están haciendo en la misma
presencia de Dios.
Pero
hay más: La razón por la que ellos deben trabajar y esperar que su trabajo dé
resultado es porque «Dios es quien produce en ustedes », la obra anterior y
fundamental de Dios en la santificación significa que su propio trabajo queda
fortalecido por Dios; por tanto, merecerá la pena y dará resultados positivos.
Hay
muchos aspectos de este papel activo que nosotros tenemos que jugar en la
santificación. Debemos «[buscar] la santidad, sin la cual nadie verá al Señor
(He 12: 14). Tenemos que apartamos «de la inmoralidad sexual» porque «la
voluntad de Dios es que sean santificados» (1a Ts 4: 3).Juan dice
que los que tienen la esperanza de ser semejantes a Cristo cuando él aparezca
trabajarán activamente en la purificación de su vida: «Todo el que tiene esta
esperanza en Cristo, se purifica así mismo, así como él es puro» (1a
n 3: 3).
Pablo
les dice a los corintios que «huyan de la inmoralidad sexual» (1a Co
6:18), y no se unan «en yugo con los infieles» (2a Co 6:14, RVR
1960).
Luego
les dice: <purifiquémonos de todo lo que contamina el cuerpo y el espíritu,
para completar en el temor de Dios la obra de nuestra santificación» (2a Co
7: 1). Esta clase de lucha por la obediencia y por la santidad puede involucrar
gran esfuerzo de nuestra parte, porque Pedro les dice a sus lectores que se
«esfuercen» por crecer en las características que son conforme a la piedad (2a
P 1:5).
Muchos
pasajes específicos del Nuevo Testamento nos animan a que prestemos detallada
atención a los varios aspectos de la santidad y de la piedad en la vida (vea Ro
12: 1-13: 14; Ef 4:17-6: 20; Fil 4: 4-9; Col 3: 5-4:6; 1a P 2: 1
1-5: 11). Debemos edificar continuamente pautas y hábitos de santidad, porque
una medida de madurez es que los cristianos maduros «tienen la capacidad de
distinguir entre lo bueno y lo malo, pues han ejercitado su facultad de
percepción espiritual» (He 5: 14).
El
Nuevo Testamento no sugiere ningún atajo mediante el cual podamos crecer en
santificación, sino solo nos anima repetidas veces a damos a nosotros mismos a
los medios antiguos y reconocidos de la lectura de la Biblia y la meditación
(Sal 1: 2; Mt 4: 4; Jn 17: 17), la oración (Ef 6: 18; Fil 4:6), la adoración
(Ef 5: 18-20), al testimonio (Mt 28: 19-20), al compañerismo cristiano (He 10:
24-25), a la autodisciplina y al dominio propio (Gá 5: 23; Tit 1: 8).
Es
importante que continuemos creciendo tanto en la confianza pasiva en Dios para
nuestra santificación y en nuestro esfuerzo activo por la santidad y una mayor
obediencia en nuestra vida. Si descuidamos el esfuerzo activo para obedecer a
Dios, nos hacemos cristianos pasivos y perezosos. Si descuidamos el papel
pasivo de confiar en Dios y entregamos a él, nos hacemos orgullosos y
excesivamente confiados en nosotros mismos. En cualquier caso, nuestra
santificación será deficiente.
Debemos
mantener la fe y la diligencia en obedecer al mismo tiempo. El antiguo himno
dice: «Obedecer, y confiar en Jesús, es la regla marcada para andar en la luz».
Debemos
añadir un punto más a nuestro estudio de nuestro papel en la santificación:
La
santificación es por lo general un proceso corporativo en el Nuevo Testamento.
Es
algo que sucede en comunidad. Se nos exhorta: «Preocupémonos los unos por los
otros, a fin de estimulamos al amor y a las buenas obras. No dejemos de
congregamos, como acostumbran hacerlo algunos, sino animémonos unos a otros, y
con mayor razón ahora que vemos que aquel día se acerca» (He 10:24-25).
Los
cristianos juntos «son como piedras vivas, con las cuales se está edificando
una casa espiritual. De este modo llegan a ser un sacerdocio santo» (1a
P 2: 5); juntos son una «nación santa» (1a P 2: 9), juntos se les
insta a «anímense y edifíquense unos a otros, tal como lo vienen haciendo» (1a
Ts 5: 11). Pablo ruega a los hermanos en Éfeso que «vivan de una manera
digna del llamamiento que han recibido» (Ef 4:1) y que vivan de esa manera en
comunidad: «siempre humildes y amables, pacientes, tolerantes unos con otros en
amor.
Esfuércense
por mantener la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz» (Ef. 4:2-3).
Cuando eso ocurre, el cuerpo de Cristo funciona como un todo unido, cada parte
trabajando debidamente, de modo que la santificación corporativa sucede al
tiempo que «todo el cuerpo crece y se edifica en amor» (Ef 4:16; 1a
Co 12: 12-26; Gá. 6: 1-2).
Es
significativo que el fruto del Espíritu incluye muchas cosas que sirven para
edificar la comunidad (amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad,
fidelidad, humildad y dominio propio», Gá 5: 22-23), mientras que las «obras de
la naturaleza pecaminosa» destruyen la comunidad (inmoralidad sexual, impureza
y libertinaje; idolatría y brujería; odio, discordia, celos, arrebatos de ira,
rivalidades, disensiones, sectarismos y envidia; borracheras, orgías, y otras
cosas parecidas», Gá 5: 19-21).
LA SANTIFICACIÓN AFECTA A TODA LA PERSONA
Vemos
que la santificación afecta nuestro intelecto e inteligencia cuando Pablo dice
que debemos vestirnos de la nueva naturaleza «que se va renovando en
conocimiento a imagen de su Creador» (Col 3: 10). Él ora pidiendo que los
filipenses puedan ver que su amor «abunde cada vez más en conocimiento y en
buen juicio« (Fil1: 9). E insta a los cristianos de Roma a que «sean
transformados mediante la renovación de su mente» (Ro 12: 2).
Aunque
nuestro conocimiento de Dios es más que conocimiento intelectual, hay
ciertamente una componente intelectual en ello, y Pablo dice que este
conocimiento de Dios debiera aumentar a lo largo de nuestra vida «para que
vivan de manera digna del Señor, agradándole en todo» (Col 1: 10).
La
santificación de nuestros intelectos involucrará crecimiento en sabiduría y
conocimiento al ir progresivamente «[llevando] cautivo todo pensamiento para
que se someta a Cristo» (2a Ca 10:5) y encontrar que nuestros
pensamientos son cada vez los pensamientos que Dios mismo nos imparte por medio
de su Palabra.
Además,
el crecimiento en santificación afectará nuestras emociones. Veremos en forma
creciente en nuestra vida emociones tales como el «amor, gozo, paz paciencia»
(Gá 5: 22). Nos veremos cada vez más capacitados para obedecer el mandamiento
de Pedro de apartamos de los «deseos pecaminosos que combaten contra la vida»
(1a P 2: 11).
Encontraremos
cada vez más que «no [amamos] el mundo ni nada de lo que hay en él» (1a Jn
2: 15), sino que nosotros, como nuestro Salvador, nos gozamos en la voluntad de
Dios. En una medida cada vez más creciente nos «[someteremos de corazón a la
enseñanza que les fue transmitida» (Ro 6: 17), y abandonaremos las emociones
negativas de la «amargura, ira y enojo, gritos y calumnias, y toda forma de
malicia» (Ef 4: 31).
Además,
la santificación afectará nuestra voluntad, la facultad de la toma de
decisiones, porque Dios está obrando en nosotros, «pues Dios es quien produce
en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad»
(Fil 2: 13). Al ir creciendo en santificación, nuestra voluntad se conformará
cada vez más a la voluntad de nuestro buen Padre celestial.
La
santificación afectará también a nuestro espíritu, la parte no física de
nuestros seres. Nosotros debemos «[purificamos] de todo lo que contamina el
cuerpo y el espíritu, para completar en el temor de Dios la obra de nuestra
santificación» (2a Co 7:1), y Pablo nos dice que la preocupación por
«las cosas del Señor» lleva a «consagrarse al Señor tanto en cuerpo como en
espíritu» (1a Co 7: 34).
Por
último, la santificación afecta a nuestros cuerpos físicos. Pablo dice: «Que
Dios mismo, el Dios de paz, los santifique por completo, y conserve todo su ser
espíritu, alma y cuerpo irreprochable para la venida de nuestro Señor
Jesucristo» (1a Ts 5: 23). Además, Pablo les anima a los corintios a
purificarse «de todo lo que contamina el cuerpo y el espíritu, para completar
en el temor de Dios la obra de nuestra santificación» (2a Co 7: 1;
d. 1a Co 7: 34). Al ir quedando más santificados en nuestros
cuerpos, éstos son cada vez siervos más útiles de Dios, más receptivos a la
voluntad de Dios y a los deseos del Espíritu Santo (1a Co 9: 27).
No
permitiremos que el pecado reine en nuestros cuerpos (Ro 6: 12) ni tampoco que
participen en ninguna forma de inmoralidad (1a Co 6:13), sino que
trataremos a nuestros cuerpos con cuidado y reconoceremos que son medios a través
de los cuales el Espíritu Santo trabaja en nuestra vida.
Por
tanto, no serán abusados o maltratados negligentemente, sino que procuraremos
que sean útiles y sensibles a la voluntad de Dios: «¿Acaso no saben que su
cuerpo es templo del Espíritu Santo, quien está en ustedes y al que han
recibido de parte de Dios? Ustedes no son sus propios dueños; fueron comprados
por un precio. Por tanto, honren con su cuerpo a Dios» (1a Co
6:19-20).
MOTIVOS PARA OBEDECER A DIOS EN LA VIDA CRISTIANA
Los
cristianos a veces no reconocen la amplia variedad de motivos para obedecer a
Dios que encontramos en el Nuevo Testamento.
(1) Es
verdad que el deseo de agradar a Dios y expresar nuestro amor por él es un
motivo muy importante para obedecerle. Jesús dijo: «Si ustedes me aman,
obedecerán mis mandamientos» Jn 14:15), y «¿Quién es el que me ama? El que hace
suyos mis mandamientos y los obedece» Jn 14:21; 1A Jn 5: 3). Pero
también se nos dan otros muchos motivos:
(2) La
necesidad de mantener una limpia conciencia delante de Dios (Ro 13:5; 1 Ti 1:5;
19: 2; 2A Ti 1: 3; 1A P 3:16):
(3) El
deseo de ser vasos «para los usos más nobles» y tener una eficacia creciente
para la obra del reino de Dios (2 Ti 2:20-21);
(4) El
deseo de ver que los incrédulos acuden a Cristo por medio del testimonio de
nuestra vida (1A P 3: 1-2, 15-16);
(5) El
deseo de recibir bendiciones presentes de Dios en nuestra vida y ministerio (1A
P 3 :9-12);
(6) El
deseo de evitar el desagrado o disciplina de Dios en nuestra vida (que a veces
se llama «el temor de Dios») (Hch 5: 11; 9: 31; 2a Co 5:11; 7:1; Ef.
4: 30; Fil 2: 12; 1a Ti 5: 20; He, 12: 3-11; 1a P 1:17; 2:17; el
estado de los incrédulos en Ro 3: 18);
(7) El
deseo de buscar una recompensa celestial superior (Mt 6:19-21; Lc 19:17-19; 1a
Co 3: 12-15; 2A Co 5:9-10);
(8) El
deseo de caminar de una forma más íntima con Dios (Mt 5: 8; Jn 14:21; 1a
Jn 1: 6; 3: 21-22; y en el Antiguo Testamento, Sal 66: 18; Is 59: 2);
(9) El
deseo que los ángeles glorifiquen a Dios por nuestra obediencia (1a
Ti 5: 21; 1A P 1: 12);
(10) El
deseo de paz (Fil 4:9) y gozo (He 12: 1-2) en nuestra vida; y
(11) El
deseo de hacer lo que Dios nos manda, simplemente porque sus mandamientos son
rectos, y nosotros nos deleitamos en hacer lo que es correcto (Fil 4:8; Sal 40:
8)
LA BELLEZA Y EL GOZO DE LA SANTIFICACIÓN
No
sería correcto terminar este estudio sin notar que la santificación nos trae a
gran gozo. Cuanto más crecemos a la semejanza de Cristo, tanto más
experimentaremos personalmente el «gozo» y la «paz» que son parte del fruto del
Espíritu Santo (Gá 5: 22), y tanto más nos acercaremos a la clase de vida que
tendremos en el cielo.
Pablo
dice que a medida que crecemos en la obediencia a Dios, cosechamos «la santidad
que conduce a la vida eterna» (Ro 6: 22). Él se da cuenta que esta es la fuente
del verdadero gozo. «Porque el reino de Dios no es cuestión de comidas o
bebidas sino de justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo» (Ro 14: 17).
Al ir
creciendo en santidad vamos creciendo en conformidad a la imagen de Cristo, y
cada vez se va viendo más de su carácter en nuestra vida. Esta es la meta de la
perfecta santificación que esperamos y anhelamos, y que será nuestra cuando
Cristo regrese.
«Todo
el que tiene esta esperanza en Cristo, se purifica a sí mismo, así como él es
puro» (1a Jn 3: 3).